‘La fiesta de las salchichas’: Más sexo y menos religión

Cuando Trey Parker y Matt Stone decidieron retirase del cine después de Team America: Policia mundial (Team America: World Police, 2004) –su memorable cinta de marionetas que supuso una filmación tormentosa–, dejaron un gran vacío en la animación para adultos, el cual se ha llenado hasta ahora, gracias a Seth Rogen y Evan Goldberg, quienes reclutaron a su pandilla usual (Michael Cera, Jonah Hill, James Franco, Bill Hader, etc.) y a los directores Greg Tiernan y Conrad Vernon para su debut en este difícil género. No es coincidencia que La fiesta de las salchichas (Sausage Party, 2016) se convirtió en la película animada para adultos más exitosa desde, precisamente, South Park: Más grande, más larga y sin censura (South Park: Bigger, Longer & Uncut, 1999). Su ADN es similar, con mucho que decir sobre el mundo actual, pero, antes que todo, el deseo de provocar risas, con humor vulgar y que no se limita a burlarse de sólo un grupo de personas.

La referencia a Pixar –el nombre del estudio aparece en el sticker de un carro–, tampoco es casualidad. Para su aventura animada, Rogen y Goldberg trabajaron la formula que el estudio responsable de Toy Story (1995) ha llevado al mainstream durante los últimos años: mostrar la “vida secreta” de objetos o animales, aunque ciertamente en este caso desde un punto de vista no apto para infantes. ¿Qué mejor para el doble sentido que una salchicha y un voluptuoso pan de hot dog como la pareja protagonista?

La regla de este universo es que cualquier cosa que encontramos en el supermercado tiene conciencia, desde los vegetales y las bebidas alcohólicas hasta las duchas vaginales, los tampones, el papel de baño y los condones. Sí, estamos ante otra peculiar mezcla entre caricaturas y sexo que recuerda a la propia Team America: Policía mundial, pero la vulgaridad característica que Rogen y Goldberg vienen explorando como guionistas desde Supercool (Superbad, 2007), llega a su punto más interesante. Los gags siguen transpirando adolescencia, marihuana y autorreferencia, no se equivoquen, pero ahora ayudan a exponer un tema que ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos: la religión.

Por medio de sus personajes centrales –la salchicha Frank (Rogen), el pan Brenda (Kristen Wiig), el taco Teresa (Salma Hayek), entre otros–, se presenta la noción de la necesidad de los individuos de creer en algo superior para tratar de comprender su existencia; además su entorno (un complejo de una cadena de supermercados) funciona como un micro universo inspirado en la historia de la humanidad, donde la religión se ha corrompido y llegado a los extremos, siendo parte fundamental de conflictos como el de Israel y Palestina o del Holocausto. La “vida secreta del supermercado” se parece más de lo que pensamos a nuestro mundo.

Los productos esperan felices ser adquiridos por los humanos porque su vida entera se basa en una creencia que nadie puede comprobar, pero aún así es lo único en lo que todos coinciden: ser comprados por las personas (sus dioses) significa la entrada al paraíso. El camino del héroe Frank da inicio cuando conoce a un frasco de mostaza dulce que estuvo en “el más allá” pero fue devuelto a la tienda no sin antes descubrir el verdadero y cruel destino de los alimentos; el paraíso no existe y los llamados dioses son “asesinos” que se los devorarán sin piedad. Así, una idea simple y condescendiente sobre el significado de la vida se rompe y comienzan a surgir todo tipo de cuestionamientos, aunque para la carismática salchicha no será fácil lograr que el resto de creyentes puedan/quieran ver la realidad.

La fiesta de las salchichas, como ya mencioné, tiene el logro de comentar sobre estos temas siendo una caricatura, y al mismo tiempo funciona por saber aprovechar su universo para el efecto cómico. Como lo han hecho sus antecesores (de Pixar a South Park pasando por Los Simpson) en repetidas ocasiones, el toque cinematográfico recae en recrear con sus propios personajes momentos de películas de guerra, horror o vaqueros. El gag constante es que las salchichas y demás alimentos viven con demasiada intensidad su aventura, pero en los ojos de los humanos nada raro sucede cuando tiran los productos del carrito del super, pelan una papa o hierven tocino.

No es la primera vez que Rogen y Goldberg trasladan su comedia a un contexto sociopolítico, pero me parece que La fiesta de las salchichas es más hilarante que Una loca entrevista (The Interview, 2014) ya desde su formato, o sea la ingeniosa manera para trasladar la realidad al supermercado animado: productos alemanes que buscan la exterminación de los jugos (porque en inglés juices suena como jews); el bagel (judío) y el pan lavash (árabe) que no se toleran a pesar de compartir estante; y otras referencias que no son netamente religiosas, unas de temas igualmente controversiales (como el racial con los productos ilegales mexicanos, o los de origen negro y nativo americano siendo desplazados por las galletas blancas) y otras que son genialmente obvias (el villano de la historia es literalmente un douche, las frutas son homosexuales, Meat Loaf tiene un cameo…).

El discurso de La fiesta de las salchichas es anti-religión, sí, porque la desnuda como el producto de una vil mentira; pero al mismo tiempo está en contra del sermoneo (de cualquier vertiente) y sobre todo condena la corrupción de la necesidad inicial de los individuos por creer en algo más. Finalmente es este el problema de los productos en el filme. Ellos viven engañados, con miedos (i.e. Brenda teme que tener pensamientos “sucios” podría hacer enojar a los seres supremos) y prejuicios. Ellos verán como “monstruos” a los humanos sin darse cuenta que, poco a poco, han pasado a actuar de una manera similar. Aquí la solución se simplifica a que sería mejor olvidarse de todo, de esos “dioses” que no dejan actuar libremente, y dar paso a disfrutar de lo mejor de la vida (resumido por la cinta en el sexo). El mundo real debería funcionar así pero esto es algo que jamás pasará, por eso funciona mejor expresar dicha noción con un montón de alimentos calenturientos y ansiosos por el deleite sin límites.

Por Eric Ortiz (@ElMachoBionico)

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