‘Jurassic Park’: El precio de los sueños

Hace 22 años nos invitaron a un parque extraordinario, una realidad modelada por Steven Spielberg y embellecida por los acordes de John Williams. Dicho espectáculo tuvo un impacto multigeneracional y trascendió más allá de las aplicaciones cinematográficas y mercadotécnicas. Sólo bastó con una secuencia de braqueosaurios en la lejanía para estremecernos en una nostalgia indeleble, constituida por las criaturas que seguimos anhelando presenciar en carne propia.

Después de una agobiante espera, el verano de 2015 trae consigo una nueva oportunidad de regresar a la Isla Nublar y vivir una nueva perspectiva. Claramente, a mis cuatro años resultaba imposible poder comprender la exacta narrativa de Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993); yo sólo quería ver dinosaurios, por lo que visitar de nuevo la trilogía siempre resulta una grata aventura.

Si bien el asombro ante lo imposible nos puede llevar al borde de las lágrimas, considero que existen dos hilos conectores dentro de la saga: la avaricia y la falta de respeto a la naturaleza. Parque Jurásico, se nutre de la controversia que representa el jugar a ser una divinidad creadora y la alteración del flujo evolutivo, una actitud que lleva a pensar que todo está bajo control, pero tan frágil para que una oscura decisión de un obeso operador sea suficiente para destruir el sueño.

El interés económico se extiende durante El mundo perdido (The Lost World: Jurassic Park, 1997), donde el hombre decide mostrar una supuesta superioridad, cazando dinosaurios como un deporte y pretendiendo hacer un zoológico en San Diego. A menor escala, durante la tercera cinta, la trama se complica cuando un paleontólogo emprendedor decide robar un huevo de velocirraptor, con la ilusa finalidad de patrocinar sus investigaciones. Lo anterior activa una constante que no sólo es particular en este mundo de dinosaurios: la humanidad siempre es ciega ante la consecuencia de sus actos y el método científico se estanca en la espiral del error.

Tomando en cuenta que estamos en una época dorada del blockbuster, no resulta sorpresiva la reaparición de la franquicia y el deseo por expandirla. Se agradece que no sea un reboot y el simple hecho de ver el logotipo de Jurassic Park despierta toda clase de emociones. Por lo pronto, prefiero llegar un poco escéptico ante el trabajo de Colin Trevorrow como cabeza del proyecto y esperar a que la cinta no sea una metáfora de los errores de INGEN: abrazar la nostalgia de varias generaciones y distorsionarla para satisfacer los intereses de unos cuantos inversionistas.

Por Oscar Rodríguez (@sadpizza)

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