GIFF | La soledad y la muerte: Los largometrajes de Anton Corbijn

Con tres largometrajes en su carrera –uno de ellos, El hombre más buscado (A Most Wanted Man, 2014), todavía por estrenarse–, Anton Corbijn ha creado una obra aún por llegar a lo magistral, pero consistente en sus temas y su belleza fotográfica. Las cintas de Corbijn son una efectiva amalgama de la contemplación y el dramatismo, que se observa con mayor claridad en su manera de editar. Acaso la expectativa más recurrente en cuanto al trabajo de un fotógrafo convertido en cineasta es un intento por hacer perceptible el tiempo: darle densidad mediante la quietud para tocarlo, observarlo, sentir su presencia que mata, pero Corbijn aprendió de su experiencia dirigiendo videos musicales que la estática captura el tiempo pero no el ritmo. La velocidad con que Corbijn cambia de una imagen a otra sorprende, pues implica una omisión que el fotógrafo en general encuentra deleznable: la de la inspección. Las tomas largas permiten explorar la imagen; las cortas, discernir su unidad rítmica y la amplitud del espacio. La edición y el movimiento de la cámara generan una tridimensionalidad que la fotografía nos niega pero que Corbijn asume como esencial en la creación cinematográfica. Sin movimiento no hay cine. El privilegio pertenece al espacio y no a su captura, sino a la posibilidad de moverse dentro de él para esculpir y afirmar el espacio mismo.

En su segundo largometraje, El ocaso de un asesino (The American, 2010), Corbijn opta por una estética más quieta en las primeras imágenes, que reflejan la calma de su protagonista, Jack (George Clooney), y conforme se enturbia la trama, se hacen más volátiles, más inestables. En esta cinta, Corbijn atrae mayor subjetividad a su estética visual que en Control (2007), donde la expresión del interior de Ian Curtis recae en la narración y la interpretación de Sam Riley. Por supuesto, el blanco y negro es una elección que responde a la naturaleza introspectiva de un joven solitario y destructivo, pero también a una preferencia personal. A lo largo de su carrera como fotógrafo de U2 y Depeche Mode, Anton Corbijn le dio una estricta preferencia al blanco y negro, como lo atestiguan los libretos de los álbumes War, The Unforgettable Fire o The Joshua Tree. Desde estos trabajos se percibe una fascinación por la distancia, la fragmentación del objetivo y la sombra como una desfiguración que resalta los rasgos, y una extensión de la forma humana y de su espíritu. La única sorpresa al respecto de Control fue su éxito a pesar de la corrosiva imagen de Ian, completamente desinteresada en complacer a los fanáticos.

La historia del cantante de Joy Division se presta a ser narrada por el estilo de Corbijn porque el carácter enajenado e hiriente de Ian exige el abrigo de la oscuridad, que resalta sus escasas sonrisas a la vez que convierte su ser en un ambiente donde los demás personajes se ven consumidos. Ian, como lo muestra Corbijn, se condena a sí mismo a la muerte, y a sus seres queridos a la pérdida, de manera similar a Jack, en El ocaso de un asesino. La distinción entre ambos radica en la voluntad de vivir, disipada en Ian, y rechazada en Jack hasta que descubre la transformadora experiencia del amor. Son parásitos melancólicos en busca del cambio, pero perseguidos por la inevitable consecuencia. Ian reflexiona en sus canciones sobre el temor y la desesperación, y en su última carta a su amante, Annik (Alexandra Maria Lara), lamenta la imposibilidad de olvidar errores de cuatro o cinco años antes, cuando se casó siendo todavía un adolescente, pues su familia se manifiesta a diario como una evidencia ineludible de su costosa elección. 

Después de que Jack, en El ocaso de un asesino, tiene que matar a la mujer con quien vive en una cabaña, Pavel (Johan Leysen) le advierte: “No hagas amigos, Jack, solías saber eso”. El pasado, en el cine de Corbijn, es un castigo; un coro de almas muertas que, como las que describe Ian Curtis en una canción de Joy Division, no dejan de llamar. Los protagonistas de Corbijn son Orestes, perseguido por las Furias, pero mientras el héroe griego encontró la redención en el templo de Atenea, Ian Curtis y Jack caen en las fauces abiertas de la muerte. En el abandono y la pérdida, Corbijn encuentra la disolución de la vida. La muerte es una ausencia y una huida. ¿Hacia qué? Corbijn no se lo pregunta; su interés se concentra en el mundo material, donde la soledad es una tortura constante que se rompe junto con la existencia. La vida, sin embargo, no es en sí horrible. Es la experiencia de hombres que han elegido mal lo que ahuyenta a una simbólica mariposa o complica una separación. Corbijn no pretende asustarnos de la vida; él nos advierte de la consecuencia y el significado de los actos, que por más que un hombre insista en aislar de los demás, siempre repercuten como balas perdidas.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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