El segundo día de actividades de la décima edición del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM) presentó un par de películas que hicieron de la improvisación su razón de existir, un constante empuje de los márgenes cinematográficos como desafío a los espectadores, una actitud que también comparte, aunque de manera diametralmente opuesta en su calculada presentación, la tercera cinta de este resumen.

Derechos del hombre (2018)
Dir. Juan Rodrigáñez
Sección: Atlas

Después de tomar la decisión de no continuar con un proyecto anterior que se complicó más de lo que imaginó, Juan Rodrigáñez filmó Derechos del hombre (2018) en cuatro semanas y en 16 milímetros, con nada más que un grupo de actores y artistas del performance, una vieja carpa de circo y los exteriores de un pequeño pueblo.

El espíritu austero de la película está presente desde su guión, inexistente hasta después de diez días de rodaje, cuando ellos mismos, los actores y el director, lo escribieron en conjunto a partir de una sinopsis con los arquetipos de los personajes que durante setenta y seis minutos se construyen en la pantalla: el domador de osos, la mujer barbuda, el hombre del fuego, la clarividente, la contorsionista y un maestro de ceremonias que pretende crear algo en medio de la nada.

El resultado, para el espectador, es un conjunto de diálogos precisos que nos cuentan la historia de una compañía circense y su proceso creativo para montar un espectáculo, llamado también Derechos del hombre, a tan solo unos días del estreno. A través de la sinceridad de sus planos abiertos y su luz natural, esta ficción se siente real y nos sienta, por momentos, del otro lado, como si fuéramos ahora los espectadores de ese circo que nos presenta ahí mismo, frente a nuestros ojos, el proceso creativo de un artista verdadero. (Leslie Solís/@leslie_solis)

Se escuchan aullidos (2020)
Dir. Julio Hernández Cordón
Sección: Ahora México

Un rechazo provocó la génesis de la que, probablemente, sea la película más libre de Julio Hernández Cordón (Te prometo anarquía, Las marimbas del infierno). El realizador llevaba un par de años buscando fondos para un proyecto enfocado en el tlatoani más famoso de Texcoco, Nezahualcóyotl, sin embargo, éste fue rechazado una y otra vez. La situación motivó a Hernández Cordón a tomar su cámara, llamar a varios a amigos y salir a filmar al lugar que lo vio crecer.

El resultado es Se escuchan aullidos donde una joven (Fabiana Hernández Guinea, hija del cineasta) recorre los lugares que su padre visitó en su infancia, el espíritu de Nezahualcóyotl, una mujer lobo y el actor Francisco Barreiro (haciendo nueve papeles) la acompañan… aunque en realidad, la historia misma del largometraje no es más que un pretexto para que Cordón realice un divertido y poco estructurado homenaje al barrio que considera propio.

Es notorio el espíritu de improvisación en el desarrollo de la película y el oficio del director para hacer de esta colección de viñetas algo más que un curioso rompecabezas. Se escuchan aullidos da la apariencia de ser una película de transición en la filmografía de Julio Hernández Cordón que nutrirá algún proyecto a futuro con sus lances estilísticos, de manera similar a como Atrás hay relámpagos (2017) alimentó Cómprame un revólver (2018). (Rafael Paz/@pazespa)

La casa señorial (Malmkrog, 2020)
Dir. Cristi Puiu
Sección: Atlas

El trabajo más reciente detrás de la cámara del rumano Cristi Puiu (Aurora, La muerte del señor Lazarescu) pone en el centro del relato a la palabra y a cinco aristócratas que discuten sobre nacionalismo, religión, clase, cultura, idioma y militarismo en una aislada mansión envuelta por la nieve.

Siguiendo (hasta cierto punto) la estética planteada en Sieranevada (2016), Puiu nos pone al centro de las acaloradas discusiones de sus protagonistas y, sobre todo, de sus contradicciones. El cineasta rumano toma un punto de vista ambivalente respecto de sus retratados, la cámara no juzga o apunta, más bien observa dejando en el espectador la decisión de la sentencia. (¿Es un thriller intelectual?)

El juego contrasta con el de Luis Buñuel en El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972) –¿nadie puede comer mientras discute?–, quien abiertamente decide satirizar a los aristócratas que protagonizan la película, después de todo burlarse de la burguesía y los privilegiados era el deporte favorito del español. Puiu parece estar buscando una reflexión histórica y muy personal sobre el desarrollo de Europa, además de la forma en que la cultura europea permeó al mundo, con un libro en la mano y un fusil en la otra, listo, dispuesto a imponer ahí donde la palabra falle.

Los personajes de La casa señorial bien podrían ser espíritus deambulando en la fastuosa mansión, cavilando eternamente sobre aquellos temas que los fascinaron en vida y las contradicciones inherentes de dichas fascinaciones. Por ejemplo, quien más aboga por la multiculturalidad y el laicismo, termina por asomar cierta actitud fascista detrás de su comportamiento. Puiu ha creado una de las películas más desafiantes del año, no sólo por su duración (cerca de 200 minutos), sino porque las palabras escupidas por este aristocracia decadente nos enfrentan con nosotros mismos. (@pazespa)

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