FICM | ‘La danza del hipocampo’: Esquirlas de pensamiento

La aparición del daguerrotipo y, posteriormente, de las cámaras fotográficas y cinematográficas modificó la percepción de la realidad hasta crear un mundo de simultaneidad e ilusiones. La vida mental se derramó en nuestra percepción hasta convertir el mundo en una suposición, un rumor del entendimiento o, incluso, una pobre versión de la intensa vida en el celuloide. El cine debilitó a la realidad, y con él Gabriela Ruvalcaba intenta recuperarla. El arma asesina se convierte en herramienta de la reconstrucción en La danza del hipocampo (2014), pero de una forma tan personal que excluye a la audiencia. En el intento de Ruvalcaba por recuperarse a sí misma, desaparece el espectador, incapaz de encontrarse en una vida ajena.

Acaso la recurrencia de imágenes de video familiares nos recuerda incesantemente que Ruvalcaba es una y los espectadores otros. El ejercicio de reencontrarse no está definido por una búsqueda universal de la realidad en un tiempo que se fabrica en la televisión y las salas de cine, sino en la necesidad de recordar, lo cual sólo puede hacer uno mismo en soledad. Escuchar el murmullo del pasado requiere haberlo vivido, y sólo la directora vivió su vida. “Qué sorpresa la memoria”, dice la narración, “me han contado las cosas tanto, que los recuerdos parecen míos”; sin embargo, sus recuerdos nunca nos poseen con la naturalidad de la coincidencia, sino que nos repelen con las barreras de la individualidad. La especificidad de las anécdotas, como el día en que Ruvalcaba se cayó jugando o la tarde que pasó con el abuelo escuchando a su memoria hablar de aserraderos y trabajadores, puede parecernos cercana, pero no nuestra.

El esfuerzo poético de Ruvalcaba no excusa sus faltas pero sí las justifica ante sí mismo, es decir, crea un marco donde el hermetismo de la narrativa se convierte en una necesidad. Las meditaciones sobre la memoria, los objetos con que la contenemos y la naturaleza de la realidad, palian la particularidad e intentan incluirnos al descubrirnos en sus descubrimientos. Lo que ella aprende sobre su vida se convierte en una reflexión que acompaña nuestras preocupaciones sobre la edad moderna, como la contradicción de vivir en un tiempo cuando la memoria se devalúa ante la posibilidad de transferírsela a un aparato. Pero este punto expone un error de la directora: al final ella elige recordar en vez de revivir en las grabaciones, aunque lo hace mediante un testamento fílmico. Ruvalcaba concuerda con los indígenas chiapanecos, que se esconden de las cámaras porque creen que les pueden robar el alma, pero los filma; concluye que el recuerdo es mejor que la imagen, pero es gracias a ésta que comienza su documental y que comparte sus ideas. Su intrincada voluntad no acepta la contradicción; la deja pasar en espera de que la ignoremos nosotros.

La danza del hipocampo 2

De esta manera, el documental se presenta como un ensayo sin revisión, un flujo desmemoriado que ilustra el camino a la revelación y que culmina no con un atisbo de la verdad, sino como una afirmación de la persona y de la creencia. Aunque explora los mismos temas que Harun Farocki en Videogramas de una revolución (Videogramme einer Revolution, 1992), Ruvalcaba no llega a una conclusión antes de construir la cinta, sino que filma el proceso para hacerla, de forma que, accidentalmente, la obra se trata de sí misma y se critica a sí misma. La autonegación, emblema de la posmodernidad, no se asoma como una postura crítica, sino como un desliz alrededor del cual la directora ha creado una película que se considera obsoleta. Estamos viendo nada.

“El recuerdo”, explica la narración, “es como una película que no puede cambiar pero cambia porque tú cambias cada vez que la ves”, pero La danza del hipocampo cambia mientras la estamos viendo: de la celebración a la cámara a su rechazo incontrovertible, Ruvalcaba carece de la coherencia de Farocki, quien empieza a filmar cuando su razonamiento está definido. Ella piensa frente a nosotros y ello explica las digresiones y la forzada mención del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Preguntándose sobre la posibilidad de que los lugares alberguen recuerdos, en la mente de la directora y en la película se atraviesa el movimiento guerrillero, que ella considera una lucha por la memoria, por la “dignidad de un pueblo”. El tema de La danza del hipocampo no es la presencia mnemónica en los movimientos de las sociedades, sino en las desfiguraciones de la realidad que son las filmaciones y las fotografías. Ruvalcaba, insistamos, está pensando, asociando libremente frente a nosotros. Su indecisión ineludible en la discusión consigo misma, que no soliloquio, nos presenta fragmentos de un pensamiento, esquirlas de ideas que se dispersan en el espacio de una mente que se esfuerza en estar lejos de nosotros.

Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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