FICM | 3 de la competencia mexicana

Penumbra de Eduardo Villanueva

Acreedora al premio Hivos Tiger en el selecto Festival de Cine de Rotterdam y exhibida ya en el marco del pasado FICUNAM, la cinta de Eduardo Villanueva presenta la vida de una pareja de ancianos que espera pacientemente por la muerte, buscando llenar el tiempo con taciturna quietud. Durante el transcurso del filme seguimos al cazador Adelelmo Jiménez, que pone trampas para simbólicos y salvajes animales. La cinta tiene una deuda enorme con el legado fílmico de cineastas como Lisandro Alonso (jurado en la pasada edición del Festival) aderezado con un bien logrado y asfixiante juego de sombras.

Filmada entre las costas de Jalisco y Colima, Penumbra es un filme profundamente estoico, angustiante y agonizante, explotando candorosamente sus modestos claroscuros y fugaces y controladas explosiones líricas. A pesar de contar con un velado mensaje de pluralidad étnica demolida, el filme rápidamente se sumerge en su propia oscuridad para no volverse a hallar a sí mismo.

La vida después de David Pablos

Una cinta que se une a la extensa tradición de road movies de tono melancólico que vio un relativo éxito en ediciones anteriores del Festival con la delicadeza de cintas como Las lágrimas (2012) de Pablo Delgado o Un mundo solitario (2012) de Gabriel M. En esta ocasión, el egresado del CCC y participante del prestigioso Talent Campus de la Berlinale, David Pablos entrega su más reciente obra, de intensa quietud y zozobrante fuerza, La vida después.

Protagonizada por María René Prudencio, la cinta narra la historia de los hermanos Rodrigo y Samuel en dos momentos diferentes. El primer movimiento de la cinta, de una textura cuasi lírica y de sublimada agudeza presenta la primera parte, la erótica, de un sencillo díptico: Dos niños con una madre inestable conviven en la playa mientras acuden al funeral del padre. Toda esperanza es aniquilada en la simbólica muerte de una tortuga.

En la segunda parte, tanática, los hermanos ahora han crecido para convertirse en la ambivalencia de su madre, quien decide abandonarlos dejando tras de sí una desconcertante nota de “Adiós”. Hace su entrada el road trip de rigor, de tintes simbólicos y con interludios íntimamente operáticos que buscan reforzar y dinamizar una narrativa que hemos visto con anterioridad. La vida después resalta por su silente fuerza simbólica, su sólido trabajo actoral y una solvente fotografía. Así como uno de los  pequeños protagonistas que cuando anda desnudo cree ser invisible, la cinta aniquila su prometedora magia para demolerla con inquietante apatía.

La jaula de oro de Diego Quemada Diez

Seleccionada para representar a México en la entrega de los premios Goya en España, esta valiosa cinta avienta una necesaria luz sobre la otra migración, igual de salvaje, cruda y denigrante que la que aqueja a nuestros paisanos en el norte. El devenir de una bestia tapizada de ingenuidad, candor y miedo que seduce irremediablemente a la tragedia en diferentes modalidades.

La cinta abre presentándonos la metamorfosis no sólo de una nacionalidad, sino del mismo género, Sara, una joven guatemalteca que decide cambiar su identidad para incrementar sus posibilidades de llegar hasta tierras norteamericanas y montarse en el conocido tren denominado “La Bestia” que habrá de llevarla a saborear el anhelado éxito material que su tierra “le niega”. En el camino se le une un intempestivo e iracundo muchacho llamado Juan y un introvertido y noble joven de ascendencia indígena llamado Chauk. Los tres habrán de formar una versión del Jules et Jim de Truffaut en tiempos de acérrima globalización.

La jaula de oro es un filme integral que abarca el fenómeno de la migración vinculándolo sutilmente con la ansiedad juvenil, los confusos deseos e impulsos, rivalidades y confrontándolos con la árida impotencia de los parajes que habrán de llevarlos a la soñada tierra donde nieva: Norteamérica. Evitando el sensacionalismo y explorando de manera realista la experiencia migrante, con una menor estilización que el cineasta estadunidense Cary Fukunaga en la cinta Sin nombre (2009).

Quemada Diez logra un equilibrio en su representación y sus personajes crecen de manera orgánica, llevándolos a percatarse, en diferente medida, que el escape de una realidad opresora irremediablemente te conduce a otra cárcel, una que te nutre de la constante fantasía de éxito, pero estas aves lo único que devoran sin cesar son semillas de un fruto podrido que nunca habrá de madurar. La jaula de oro no esta en un país en sí, sino en las fantasías alimentadas por todo un sistema, esa maravillosa prisión existe solamente en nuestra cabeza.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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