FICG | ‘El complot mongol’: La novela que nunca fue película

Es evidente la admiración del cineasta mexicano Sebastián del Amo por el cine mexicano  y la cultura popular de los años 40 y 50, para bien y para mal. Desde su opera prima El fantástico mundo de Juan Orol (2012), el acercamiento de Del Amo a la historia del cine mexicano popular ha sido la de un revisionismo modernista, tratar de traer a la actualidad figuras clásicas como Juan Orol o Cantinflas bajo los términos de las reglas narrativas y esquemas audiovisuales contemporáneos pero siempre desde la superficie. Las películas de Orol y de Cantinflas (2014) continúan vigentes en parte por el peso de la nostalgia, una cualidad que usa Del Amo para cubrir sus evidentes deficiencias como cineasta.

En el caso de El complot mongol, la adaptación de la hilarante novela homónima de Rafael Bernal, Del Amo hace uso de todos los recursos posibles para hacer atractiva la película a las audiencias mexicanas, usando íconos de la televisión mexicana, como Xavier López “Chabelo” o el ahora híper exitoso Eugenio Derbez, en papeles pequeños y, desde luego, haciendo protagonista a Damián Alcázar, quien al parecer continúa con el reto de perfeccionar su interpretación de “Damián Alcázar”.

Las decisiones de Del Amo van en detrimento de la película, cuya tendencia a la estilización gratuita se hace patente en la caracterización “asiática” de Salvador Sánchez, Gustavo Sánchez Parra o la infamia que es la Martita Fong de Bárbara Mori, quién a pesar de su terrible caracterización, resulta ser el personaje más sólido de toda la película junto al borrachín licenciado de Roberto Sosa. Por otro lado, aunque el trabajo de Alejandro Cantú en la fotografía es como siempre impecable, la paleta de color y la aséptica iluminación está lejos de evocar la atmósfera urbana y sucia de la novela de Bernal.

A diferencia de la sobria adaptación realizada por Antonio Eceiza en 1978 –estelarizada por Pedro Armendáriz y Blanca Guerra–, y muy afín a las tendencias de aquellos años, Del Amo opta por darle peso al tono cómico, pero el humor parece estar más diseñado para encajar en un modelo importable de consumo que en darle peso a lo que hace la novela de Bernal tan efectiva: la cercanía. Del Amo, más que adaptar la novela de Bernal únicamente se limita a ilustrarla, siempre desde la superficie, conformándose con crear una serie de imágenes “bien hechas” que eluden lo imperfecto, lo sucio.

Quizá la intención era interesar a audiencias contemporáneas en la novela de Bernal (o hacer algún dinerillo, ¡pinches chales!), pero al igual que todos los intentos de la industria por renovar propiedad intelectual, hay un problema básico en las fallas de este tipo de productos: la traición, distorsión y/o cosmetización al espíritu de la obra original. Aquí la única intriga digna de resolver es por qué El complot mongol no es, en realidad, El complot mongol.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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