66 Muestra | ‘La camarista’ de Lila Avilés

Los hoteles de lujo son una puesta en escena. Puertas traseras por donde los empleados entran y salen, pasillos para transportar la basura, luces y texturas que cambian abismalmente detrás de bambalinas. Las habitaciones y las zonas para los huéspedes que mantienen un ambiente de comodidad y descanso son sostenidos por toda una maquinaria cuyo objetivo es preservar la ilusión. Son espacios pensados y construidos para que los hilos pasen desapercibidos.

La camarista (2018) visibiliza estos rincones escondidos a través de Eve, una mujer joven cuya historia conocemos sólo en función de sus horas laborales. Lo que sucede cuando emprende el trayecto de vuelta a casa también debe ocultarse para mantener la ilusión, sólo es durante un par de llamadas telefónicas que podemos asomarnos brevemente a su realidad fuera de su jornada, una realidad que es abismalmente distinta a la ilusión que sostiene con su labor.

Eve (Gabriela Cartol) se desdibuja mientras observa en silencio y con cierta curiosidad las dinámicas de los huéspedes, desde el señor arrogante que acumula compulsivamente los objetos de cortesía que el hotel provee, hasta la señora argentina que le pide que cuide a su hijo durante un ratito de todos los días de su estancia. Ella está ahí en función de su mirada, a pesar de ser un agente cuya vida transcurre en gran medida en el mismo espacio, entiende bien que su papel también consiste en desaparecer.

Mientras los huéspedes llegan y se van, Eve y sus compañeros permanecen, se conocen y se relacionan, compiten, aprenden, construyen sus planes y deseos en función del lugar donde trabajan. El hotel es así un espacio ambivalente de tránsito y permanencia cuyos testigos son los ojos de los que se quedan, de quienes terminan borrando las huellas de quien se fue para así poder mantener la ilusión para alguien más.

Sin necesidad de entretejer una trama dramática o lastimera, Lila Avilés comprende que sólo siendo una especie de cómplice de su personaje puede adentrarse en un mundo oculto por definición. Es aquí donde yace el gran acierto de La camarista: en su habilidad para sostener la mirada sobre aquello que está orquestado para escapar a la vista.

Por Ana Laura Pérez Flores (@ay_ana_laura)

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