‘El hombre de acero’: La pasión de Kal-El

“No soy un hombre de plegarias, pero si estás allá arriba…
¡Sálvame, Superman!”
Homero Simpson

El planeta de Kal-El es uno donde hay una abrumadora presencia de elementos fálicos y donde se determina un claro dominio masculino. Desde el diseño de las naves, el hogar de Jor-El (Russell Crowe), el vehículo en el que escapa el recién nacido y la paleta de colores sabemos que estamos en un mundo plagado de testosterona donde cada explosión eyacula fuego y humo con potencia, un paraíso destruido por un condecorado militar, el General Zod (Michael Shannon) con una agenda nacionalista que busca la preservación y la pureza de su raza. Es en ese caótico ambiente abrumadoramente masculino donde se da el primer parto natural en un planeta donde el destino estaba predeterminado, pero ni la supuesta libertad de la expulsión vaginal librarán al pequeño Kal-El de ser el Mesías Pop de la generación Millennial.

Zack Snyder, responsable creativo de la homoerótica golpiza de testosterona que fue 300 (2006), de la extravagante glossificación de los míticos héroes de Watchmen (2009) y de la masturbatoria fantasía videoclipera de Sucker Punch (2011) deja de lado su recargado estilo visual en pos de la solemne e hiperseria voz de su productor, el británico Christopher Nolan (ha hecho un par de cintas decentes) quien ahora nos da un reboot de la historia de Clark Kent/Kal- El (por favor no le digan Superman, eso es para niños moja calzón y vagabundos seniles), ahondando en el paralelismo con la figura de acción más popular de la historia y que ha vendido más libros que Dan Brown y Danielle Steel juntos, el pilar de la fe católica, Jesucristo y su sacrificio para salvar a los hombres.

Y vaya que el argumento de David S. Goyer (escritor de las cintas de The Dark Knight) no juega a ser tímido con los paralelismos y referencias divinas, desde los pacíficos despegues del hombre de acero en forma de cruz, a su familia humana, su monotonal parsimonia (cortesía de un impresionante maniquí, Henry Cavill), presentándonos a un mesías que se encuentra totalmente abrumado por sus poderes.

Se trata de un paria social desde pequeño que, gracias a la prudencia y lecciones de padre terrenal (un fantástico Kevin Costner) quien como el José carpintero, adopta al pequeño Kal y junto a la madre, Martha (subutilizada Diane Lane) minimizan el matriarcado católico para erigir un poderoso patriarcado, desafiado por la asertividad de Lois Lane (Amy Adams en auto pilot), quien amenaza la honrosa castidad de aquél que debe sacrificarse y entregarse por la humanidad ante un villano fascistoide que siempre nos remite al enemigo original de Superman, la depresión económica, los enemigos políticos de Estados Unidos en los albores de los años 40, fecha en la que se publicó el primer número del comic.

En El hombre de acero (Man of Steel, 2013) se sigue una narrativa tradicional y lineal con una estructura que regresa en el tiempo gracias a una serie de transiciones líricas a la Malick (para muestra la toma del niño con la capa roja que desde este momento está adornando una cantidad obscena de wallpapers de computadora) que nos llevan del origen a un punto en el presente, para constantemente volver, mediante fugaces flashbacks a la historia de cómo creció Clark Kent.

Aunque por momentos esta decisión puede resultar confusa para la audiencia, nos ahorra una primera parte que fácilmente pudo haber caído en el gastadísimo recurso de mostrar al héroe haciendo sus pininos con sus superpoderes, recibiendo lecciones de un padre putativo y afrontando con dificultades el hecho de “ser diferente”. Todos estos momentos están presentes en la cinta, nada diferente ahí, la idea es utilizarlos como momentos de oxígeno entre cada orgía explosiva de las opulentas escenas de acción. Una decisión ciertamente arriesgada para los estándares narrativos clásicos esperados de un blockbuster, pero esto lo vimos con anterioridad en cintas como Batman Begins (2005) de un señor que se apellida Nolan.

En Man of Steel presenciamos una inversión de lo que había desmenuzado el semiólogo italiano Umberto Eco en su libro Apocalípticos e Integrados, en el que dice que la mitología de Superman es exitosa porque de pasar a ser Clark Kent, el hombre tímido, mediocre y gris puede nacer el superhombre nietzcheano. Aquí es diferente, el mesías de historieta quiere ser un americano de Kansas, inundarse en el anonimato, él aspira a ser como el hombre promedio, hundirse y no sobresalir a pesar de saberse con enorme potencial.

Esta subversión del mito original nos instala en una situación estática, no queramos volar mientras sigamos caminando. Lo ideal es ser y pensar como los demás, un discurso temiblemente uniformizante detrás de nuestro mesías consentido, el que destruye toda la ciudad en pos de la paz y cuyo eje supremo es la institución familiar, que cuando se ve amenazada, se recurre a la violencia más cruda, aquella que es a mano limpia, necesaria mas nunca legítima… a menos que seas de otro planeta.

Mientras el cómic habla con diálogos por momentos insulsos, la Biblia otorga su mitología religiosa y la pone al servicio de las franquicias narrativas que nos han dado a superhéroes conflictuados, oscuros y solemnes hasta el tuétano.

Man of Steel continua con la tradición de un género que a casi 15 años de su revitalización se está topando con los límites de su propia génesis: ¿puede el cómic ser literatura? Argumentos innumerables se han hecho a favor de esta pregunta, pero cuando menos Kal-El está dispuesto a darles una Biblia policromática a todos los fieles con su pasión y su resurrección como Clark Kent.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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