‘El Hobbit: Un viaje inesperado’: …o una aventura sin fin

Recuerdo que durante tres años tuve flores en la ventana… ehm, disculpen, eso es de otro texto. Recuerdo que a lo largo de tres navidades la tradición con mis primos era ir a ver El Señor de los Anillos el 25, después del recalentado  de Navidad. Han pasado más de diez años desde que me adentré en la Tierra Media por primera vez y muchas cosas han cambiado —Fox ya no es presidente, la novela de moda ya no es Harry Potter, Ben Affleck se convirtió en un director con potencial, etc.—, algunas otras permanecen inmutables —como el gusto de Peter Jackson por las películas que pasan de las dos horas y mi gusto por las piñas coladas—.

El Hobbit: Un viaje inesperado’ (‘The Hobbit: An Unexpected Journey’, 2012) nos lleva varias décadas antes de los sucesos mostrados en la trilogía de El Señor de los Anillos. Bilbo Baggins (Martin Freeman) emprende una aventura convencido por Gandalf El Gris (Ian McKellen). El tío de Frodo se une a un grupo de enanos que busca recuperar su hogar, el cual les fue arrebatado por el despiadado dragón Smaug.

El tono de la novela original de J.R.R. Tolkien es más ligero en comparación con su obra más conocida y Peter Jackson, director de la cinta, trata de llevar ese acento a la pantalla. Si lo que están buscando es solemnidad y épica medieval, compraron boleto para la película equivocada. Aunque a veces el respeto y el amor que el cineasta siente por la obra de Tolkien permea de más.

Una de las decisiones más controvertidas de este proyecto fue la de transformar un libro más pequeño en una trilogía y sin duda es algo que termina por afectar a ‘Un viaje inesperado’. Ante la necesidad de extender el argumento, se inserta pelea tras pelea, escena de acción tras escena de acción, en una interminable sucesión de viñetas llenas de movimiento y filmadas sólo como Jackson puede hacerlo.

Dichas secuencias llenan el ojo, pero bien se le podrían quitar 40 minutos al producto final y no se notaría. Esta situación se ha repetido en otros trabajos de Jackson: la podadora de ‘Dead Alive’ (1992), la sangrienta matanza final de ‘Meet the Feebles’ (1989) o la extensa batalla entre el gorila gigante y los dinosaurios en ‘King Kong’ (2005). Todas son una demostración de la facilidad del neozelandés para crear escenas trepidantes y vistosas.

Algunos, como Lucero Solórzanoaquí—, acusan a un error de casting el incluir a Martin Freeman como el hobbit protagonista de esta historia. Asegura que es gris y que “nunca alcanza a conectarse con el público como lo hicieran los otros hobbits” —en referencia a las actuaciones de Elijah Wood y Sean Astin en la primera trilogía—.

Pienso que, aquellos que piensan igual que la señora Solórzano malinterpretaron las intenciones del Bilbo de Freeman. Al ser una cinta mucho más ligera, el protagonista no podría mostrarse vulnerable y afligido por la misión que le ha caído entre las manos como lo hacían Frodo y Sam. Bilbo funciona como válvula cómica en la trama, después de todo su aventura comienza después de que él es picado por la curiosidad del mundo exterior, su cotidianeidad se ve interrumpida por la llegada de los enanos y el mago. Su evolución es parecida a la de un niño que por primera vez deja su cuna y va descubriendo poco a poco lo que le rodea, guardadas las distancias, claro.

Reforzando ese aspecto más ligero y cómico está la actuación de Ian McKellen como Gandalf El Gris, personaje que sólo apareció en la primera parte de la saga anterior. Si recordamos,  Gandalf El Blanco es una figura más espiritual, un guerrero que funge como guía en la lucha contra el mal. Su versión más percudida gusta de hacer bromas y fumar grandes cantidades de lo que sea que ponga en su pipa, se toma la vida más a la ligera. Asimismo es notorio que McKellen se siente como pez en el agua y eso se refleja en la empatía que logra con el público.

Sobre el grupo de enanos que busca recuperar su hogar hay poco que decir. Son el elemento más débil del reparto, vienen en manada y, a menos de que también se hable Klingon o élfico, aprenderse los nombres no es una opción. Así todo termina por reducirse a la mera presencia física de cada uno de ellos y no más, incluyendo a Richard Armitage como Thorin II Oakenshield, el malhumorado líder del clan enano.

Es aquí donde brilla por su ausencia el maravilloso trabajo de guión de la trilogía pasada, cada personaje se iba desarrollando poco a poco, se añadían historias secundarias que enriquecen la historia personal, algo que en El Hobbit no termina de cuajar.

Es curioso comparar ‘El Hobbit: Una aventura inesperada’ y ‘El Señor de los Anillos: La comunidad del anillo’, ya que ambos guiones presentan casi al unísono los conflictos en la historia. Quizá se deba a que ambas películas comparten guionistas —Fran Walsh, Philippa Boyens y el mismo Jackson— y a que jugaron a lo conocido sin arriesgar.

Guillermo del Toro es incluido como guionista de ‘An Unexpected Journey’, pero es dificil saber hasta qué punto penetró su influencia más allá del diseño de algunos personajes y esa secuencia en que un par de gigantes de roca pelean mientras nuestros héroes los esquivan. Siempre quedará la pregunta de ¿qué hubiera pasado si el mexicano hubiese dirigido el largometraje? Nunca lo sabremos.

El tipo de película de aventura que plantea Jackson probablemente esté pasada de moda, algo similar a lo que hacía Spielberg en los 80 con la franquicia de Indiana Jones y que ambos directores trataron de ejecutar con ‘Las aventuras de Tintín’ (2011) con resultados más bien mixtos de la crítica y el público. Quizá los espectadores ya no busquen este modelo de filme en cartelera a pesar de lo bien ejecutado que esté.

Tendremos que esperar 6 horas más de celuloide y un par de años para juzgar en su totalidad la saga de El Hobbit —igual y nos tenemos que esperar a las versiones extendidas—, lo que sí podemos decir es que el regreso a la Tierra Media no pudo haber sido más entretenido.

Por Rafael Paz (@pazespa)

Publicado en Esto no es una reseña para El Financiero.

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