DocsMX | El agente topo y la praxis de la plenitud

A mi mamá, a mi papá y a mi abuelita,
que nos comparten su presencia plena

El culto exacerbado por la juventud ha decantado en el perfeccionamiento de la frontera entre aquello que es deseable, bello y productivo, y entre aquello que es repulsivo, sucio, y desechable. Entre más alejados estemos de la vejez y de la enfermedad, más codiciables, más rebosantes y más felices nos encontrarán. La vejez estorba porque ya no es productiva y quien deja de producir es un lastre. El capitalismo en la posmodernidad nos invita al olvido que desprecia.

El agente topo es el quinto documental de Maite Alberdi (Chile, 2020) y pareciera que el prólogo es una película distinta, una especie de docuficción que plantea cómo una agencia de espionaje contrata a Don Sergio, de 83 años, para entrar de encubierto en la Casa de retiro San Francisco y descubrir si una de sus residentes está siendo maltratada o de alguna forma abandonada. El apunte crítico está presente desde el inicio, incluso cuando Alberdi divaga entre imágenes y premisas diluidas que desembocarán en un segundo documental, uno en donde la narración encuentra su propio ritmo y se coloca al servicio de Don Sergio.

Don Sergio no es el Philip Marlow de Raymond Chandler, ni el Humphrey Bogart de John Huston, ni el Orson Welles de Orson Welles; está, más bien, cerca de Arturo Belano y Ulises Lima de Roberto Bolaño o de Mulder y Scully. Si para robar un banco Bolaño invocaría a una banda de poetas; para investigar un caso difícil, yo convocaría a una banda de Don Sergios. Su fortaleza es ser meticuloso, disciplinado, comprometido y cariñoso; la responsabilidad con la que aborda su trabajo lo hace ser el mejor detective de la cuadra y ¿a quién le interesaría ser el mejor detective del mundo cuando la vida se juega en la geografía inmediata?

Don Sergio debe reportar sus pesquisas a través de mensajes de voz y videollamadas al exterior; sus manos aprenden a dominar un teléfono celular con la suavidad con la que Belano bebe un café con leche. Ser meticuloso no es suficiente, su tarea es abordada desde el reconocimiento del otro y desde el cariño; Don Sergio es un viento con luz de otoño y frescura de mar. Su caminar es movimiento y ese movimiento activará otras respiraciones, otros corazones, otras memorias y otros cuerpos.

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La Casa de Retiro San Francisco es un caso en sí mismo que no puede resolverse, porque no hay nadie para atestiguarlo. Por ello, cuando la cámara de Pablo Valdés encuentra su espacio dentro del asilo y deja a un lado los juegos teóricos, El agente topo se vuelve el espacio de reconocimiento, el espacio en el que los casos se vuelven a abrir, donde los casos aún no se resuelven y Don Sergio nos coloca la gabardina, el sombrero y nos ofrece libretas para hacer nuestras propias anotaciones.

La vejez no es homogénea, aunque pareciera que “todas las señoras me parecen iguales”, y aunque parezca una obviedad, es relevante cuestionar nuestra prisa y nuestra desesperación para encontrar el ritmo de aquellos que pierden la memoria a corto plazo en un parpadeo, de aquellos que requieren ayuda para caminar o para comer. El agente topo tiene el gran acierto que no se coloca desde la verticalidad que subestima, que trata desde la superioridad a aquellos que ya ofrecieron su fuerza productiva. Se coloca, más bien en el mismo suelo en que Doña Berta se enamora y quiere casarse, en donde Doña Petita alegra los días con sus composiciones endecasílabas y que riman bien, en donde la señora Rubira día a día busca recuperar las memorias empañadas, en donde Marta busca escapar a diario porque no le gusta estar encerrada, pero que tampoco tiene un lugar a donde ir; nadie la visita, nadie pregunta por ella.

El trabajo de Alberdi no derrocha a la manera de Antes de partir (The Bucket List, Rob Reiner, 2007) ni busca esas epifanías; tampoco intenta diluirse desde los lugares grandilocuentes de Club Eutanasia (Agustín Tapia, 2005), no requiere de ornamentos porque cada residente de la casa San Francisco tiene un poder narrativo, una sabiduría ganada a pulso y sobre todo, un fuego que se oxigena con el amor, con el cuidado, con la amistad y la escucha. Don Sergio es un cuidador —un cuidador siempre abierto como el entrañable Tío Iroh (Avatar, la leyenda de Aang, Michael Dante DiMartino, Bryan Konietzko, 2005)— que se responsabiliza de aquellxs con los que convive. Su praxis no sólo tiene esa rarísima cualidad de saber escuchar, sino que busca poner al servicio sus recursos para que los casos de cada residente puedan ser resueltos; sin embargo, hay un lugar en donde su presencia no llega y es ahí donde la responsabilidad es colectiva: “los residentes se sienten solos, abandonados. El caso está resuelto. La soledad es lo más grave de este lugar”.

Don Sergio plantea el problema ético al preguntarse por la clienta que contrató a la agencia para ver si en el asilo cuidaban bien de su madre: “¿Dónde está la preocupación?”, porque claramente el cuidado económico está presente, pero no el cuidado de la presencia, de la escucha, de la palabra y de las caricias. Don Sergio coloca en el centro de su praxis el cuidado que pertenece a una forma distinta de asumir el tiempo, una en la que la presencia es lo fundamental; en donde el tiempo no es relevante para producir, sino para compartir. Una presencia plena en donde el reconocimiento es horizontal y ahí, donde nos compartimos plenamente, sólo puede haber cuidado y amor.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@mariodelacerna)

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