Nightstream | Dinner in America y la atracción de los invisibles

La cena, según ha retratado muchas veces la cultura de Estados Unidos, es el espacio donde la familia se encuentra. El momento en el que la convivencia se impone y las diferencias se disipan. Es una imagen cálida, reconfortante en sus posibilidades. Sin embargo, la realidad dista de acercarse a la fantasía familiar porque cada comida es, también, una oportunidad de dirimir rencillas, echar en cara chismes o, simplemente, recoger los frutos que las semillas de la confrontación han madurado con el tiempo.

Dinner in America (2020), cuarto largometraje de Adam Rehmeier –incluido en la programación del primer Nightstream Fest–, tiene como uno de sus temas principales destruir la imagen idílica de la cena familiar. Los personajes se sientan a la mesa, deseosos de terminar lo más rápido posible con el ritual o, dependiendo del caso, de permitirse responder a sus instintos más primarios, sean amorosos o belicosos.

La primera ocasión que nos encontramos con Simón (Kyle Gallner), éste participa en un experimento médico con poco éxito. En unas pocas pinceladas, la paupérrima situación de Simón se hace notoria: vive al día, lo persigue la policía, tiene un talento especial para disolver reuniones familiares y aprovechará cualquier oportunidad para sacar unos dólares, además, si alguna chica siente atracción por él puede tener por seguro que pronto lo tendrá comiendo en su casa.

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Patty (Emily Skeggs), por su lado, es la sobajada dependienta de una tienda de mascotas. A lo largo de su vida (se infiere) ha tenido que soportar insultos y maltratos gracias a su introversión, que más de uno confunde con retraso mental. En la privacidad de su cuarto, Patty se permite ser ella misma, disfrutando de lleno a su banda de punk favorita y enviando sugerentes fotos acompañadas de melancólicas cartas al líder de la misma, un anónimo punketo que está cero interesado en ser una estrella de rock.

Simon y Patty, a su manera, son un par de invisibles, a la búsqueda de alguien que los entienda. Esta balada de inadaptados recuerda por momentos a Mundo fantasma (Ghost World, 2001), como si ésta hubiera sido filmada por el Alex Cox de Sid & Nancy (1986). La pareja protagonista encontrará en su incomodidad social el punto de encuentro para el nacimiento de su relación.

Rehmeier los coloca una y otra vez en la mesa para subrayar cómo el único lugar dónde verdaderamente encajan es el uno con el otro, además de que estas interacciones jugarán con el papel que desempeñan cada uno. En la cena familiar de Patty, por ejemplo, será Simon el que encuentre la manera de protegerla y, de paso, destruir la integración de la familia. Cuando la cena se traslada a la opulenta casa de los padres de Simon, será Patty la que salga a defender a su amado. Finalmente será en la mesa de una cadena de hamburguesas que la atracción física los una, para escándalo de las miradas que los rodean.

El realizador parece decir que la aspiración de la clase media y alta norteamericana, quienes han hecho de los suburbios una bandera de lucha política, cometen un error al aspirar a la creación de la unidad familiar perfecta, porque esa fachada ilusoria terminará por caer ante las fisuras provocadas por los miembros de cada clan, empecinados en mantenerla. La opción de Patty y Simon luce, en comparación, genuina, su atracción no es sino otra forma de hacer familia, una donde tus fallas sean abrazadas y el entendimiento fluye en ambas direcciones.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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