Diarios del GIFF: La liberación de ‘Maquinaria Panamericana’

La propuesta es sencilla. Parece un día normal en la empresa homónima del título. Los trabajadores llegan, acomodan sus cosas, imprimen sus cárteles de gatitos, checan las tuberías, se peinan, parten un pastel. Luce en verdad, como un día cualquiera. La rutina se ejecuta en Maquinaria Panamericana al pie de la letra.

Sin embargo hay un cambio, imperceptible al inicio, pero que se cierne sobre todos poco a poco. El jefe no ha llegado. Extraño, porque siempre es el primero en estar listo y el último en irse. ¡Vive en la fabrica! Esa es la primera señal de un día que está a punto de descontrolarse.

Maquinaria Panamericana (2016), el primer largometraje de Joaquín del Paso, es una mirada, por momentos irónica, a veces justiciera, a la situación laboral del mexicano promedio, sometido al tedio de una oficina. Donde por igual se siente cautivo y seguro, esclavo de la rutina e inseguro de su valor fuera del engranaje.

Los empleados de este consorcio se comportan como una sola unidad, como hormigas que durante años han aprendido su función. Dueñas de un espacio que piensan suyo sólo por decreto de la longevidad (¿Qué voy a hacer? Llevo 40 años aquí). Es el momento en que alguien abre la puerta a la libertad cuando descubren el engaño en que han vivido.

La situación de locura por la que atraviesan recuerda a Locuras de una primavera (Milou en mai, 1990) de Louis Malle, donde unos riquillos de la provincia francesa se dejan llevar por la fiesta y los deseos de libertad de mayo del 68; o a esa pieza de culto titulada La mansión de la locura (The Mansion of Madness, 1973), donde el gran Juan López Moctezuma canaliza a Edgar Allan Poe para darle a unos locos el control de un manicomio.

Los protagonistas de la película tienen ante sí “el primer día del resto de sus vidas”, como gusta decir en todos los rincones de la propiedad su líder: un contador pelmazo que ante la vejez del excéntrico patrón ha dilapidado los recursos de la compañía. Ese pequeño líder (portador de una corbata y un bigote dignos del Nuevo PRI) pretende restablecer el orden, imponer un nuevo modelo donde los empleados “conserven lo suyo” alejados de la civilización, a puertas cerradas e imponiendo mano dura contra los disidentes (¿El señor de las moscas?). En especial uno que incluso en plena revolución busca que sus compañeros tomen un curso de duelo, para llevar mejor la partida del patrón: “estamos atascados en la fase cuatro del duelo, muchachos”.

Del Paso aprovecha los espacios abiertos y la poca experiencia actoral de sus intérpretes para dotar a su cinta de una juguetona fluidez, aprovechando unas pocas pinceladas para definir la personalidad de cada uno de ellos. Tal vez no resulten tan profundos, porque responden a esquemas plenamente identificados de cualquier oficina (la secretaria guapa, el de sistemas, los del archivo, los relamidos del departamento legal, etc.), sin embargo eso ayuda a la empatía.

Si la apuesta pusiera a rostros conocidos (los Silverios Palacios o Jesús Ochoas de nuestro panteón nacional de actores) los trabajadores perderían con la masa, así, en el anonimato, su situación podría ser la de cualquiera. Maquinaria Panamericana no piensa en individualidades, sino en colectivos, en familias ficticias que viven bajo un manto de supuesta (falsa) cercanía. Nos vemos las caras diario, seguro nos conocemos bien.

Por eso cuando se abre la puerta para enfrentar la realidad no están listos, necesitamos el encierro, el compañerismo, los pasteles de la oficina para sentir que formamos parte de algo. Aun cuando siempre sea intangible o tenga fecha de caducidad.

En mi traje soy alguien, por pequeño que sea, allá afuera… ni quién se acuerde de festejarme mi cumpleaños.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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