‘Cuando las luces se apagan’: Oscuridad fugaz

Ante una latente falta de creatividad en la mayor parte de los filmes de terror que salen de manera constante en las carteleras, hay meritorias propuestas que intentan dar un respiro de originalidad. Como el acecho de un desconocido ser tras un encuentro sexual en Está detrás de ti (It Follows, 2015). Nuevas propuestas que retoman preceptos de cintas clásicas que lograron provocar incertidumbre e incomodidad por la existencia de lo sobrenatural en un mundo acostumbrado a creer en lo que los ojos pueden ver.

Cuando las luces se apagan (Lights Out, 2016) es una de aquellas búsquedas en provocar sustos más allá de la ya acostumbrada y reiterativa presencia de zombies, casas malditas y fantasmas. La joven Rebecca (Teresa Palmer) estará obligada a regresar a la casa de sus padres para averiguar sobre “Diana”, el demoníaco “ente” que acosa a su pequeño hermano Martin (Gabriel Bateman) mientras las luces están apagadas, tratándose del mismo ser que la asustaba cuando era pequeña.

Producida por James Wan e inspirado en su propio cortometraje Lights Out (2013), el realizador sueco David F. Sanberg retoma la premisa principal, agregando un contexto dramático de manual en el que la inestabilidad mental de Sophie (Maria Bello) es la encargada de ensalzar los lazos familiares y su importancia en el desarrollo de los sucesos en torno al misterio que guarda su pasado.

La oscuridad interna en cuestión es la encargada de dañar y determinar la acción de los personajes estelares, cada uno con pérdidas y sin saber cómo manejar la depresión permanente de la madre (una destacada Maria Bello), aquella que cobra mayor importancia conforme avanza el relato, cerniendo el peligro latente para Rebecca (Teresa Palmer cumpliendo en el papel), Martin y ella misma.

Sanberg recurre a una técnica tradicional en la que realiza un bien librado juego de oscuridad e ingenio en el enfrentamiento al ente por medio de diferentes manifestaciones de luz, con un par de sustos bien colocados e inspirados de la vieja escuela del terror: el acecho de la criatura, los jaloneos en el aire y la ambientación en una casa antigua.

Si bien el origen de la presencia del ser maligno resulta por momentos efectivo, es preponderante y la trama peca de momentos muy sobrados en el análisis psicológico que pretende efectuar. Algunos de los personajes quedan olvidados en el transcurso del relato, además de tener características unidimensionales que nunca evolucionan.

Con escenas innecesarias en su introducción, la verdadera relevancia de Cuando las luces se apagan ocurre en el clímax, con las dosis de terror mucho más efectivas que en la primera parte, sucumbiendo en ritmo inicial y con la revelación de una interesante, pero abrupta resolución concerniente a la recuperación de la cordura.

Como resultado, la idea original de David F. Sanberg es una oscuridad sobrada que asusta a ratos al apagar sus luces, terminando por perder interés al iluminarse una vez más.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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