Del perro al gato sólo hay un… acepto

Irremediablemente, todos los días de nuestras vidas empezarán con una interacción social. Cierto, aunque no tan consciente, es el hecho de que pasamos la existencia obligados al incesante intercambio de mensajes con otros humanos y, aunque vivir en sociedad se vuelve un ejercicio común, no es hasta el momento en que nos enfrentamos a  una de las más creativas –por no decir extravagantes–  abstracciones en la historia de la humanidad, que la idea de sujeción se vuelve evidentemente caótica: el matrimonio.

Precisamente, la complejidad de este festivo evento –exclusivo de la invención humana– ha dado mucho en materia de cine: desde la comedia (Casarse… está en griego, Joel Zwick, 2002) hasta el drama (Vicky, Cristina, Barcelona, Woody Allen, 2008). Tan popular es el tema, que más allá de tratar de encontrar respuestas, en este texto nos enfocaremos a buscar perspectivas.

Una pareja firma su divorcio en un juzgado de París, para después encontrarse en la aparente consumación del trámite, con la intención de interactuar sexualmente por última ocasión en un hotel; así inicia el filme 5×2, del director francés François Ozon (Tiempo de vivir, 2005), quien, antes de cualquier atisbo de intriga, nos muestra el desenlace de la historia. Se trata del infeliz matrimonio entre Marion (Valeria Bruni-Tedeschi) y Gilles (Stéphane Freiss), contado en la regresión de los sucesos que los llevaron a la separación.

Si algo se puede encontrar en este filme de Ozon es la particular manera de insertar la trama en el histrionismo de sus personajes. Lector: no estoy temporalmente fuera de la razón, en realidad, la historia adquiere un sentido, no gracias a las circunstancias que vive este matrimonio –que después de todo no son nada diferentes a la de cualquier pareja en picada– , más bien, a través del carácter de estos personajes en constate confrontación.

A pesar de que podría pensarse que Gilles es una persona con problemas para comprometerse (disculpen, pero… ¿quién no lo es?) porque se va del hospital en que su querida esposa expulsa de su vientre al pequeño Nicolás, lo cierto es que Marion tampoco termina de estar segura de su relación, pues, en la noche de bodas, el afortunado protagonista de la luna de miel no es el novio.

En la última escena, primera en la vida de este matrimonio, Gilles es cuestionado por su entonces novia Monique (Françoise Fabian), sobre la sensual Marion y su deseo por poseerla para, acto seguido, encontrarse con esta misteriosa extraña en la orilla de una hermosa bahía italiana (ya sabemos cómo resulto eso).  Por tal razón, no parece extraño que Gilles hubiese encontrado a alguien más antes del divorcio con Marion.

Ozon muestra a través de cinco periodos en la vida de un matrimonio francés el camino hacía el hastío, la desilusión ante las falsas expectativas y un lenguaje cinematográfico encaminado al letargo –además de que la idea de contar una historia al revés no es nada innovadora (Irreversible, 2002) – sin embargo, la última parte del filme deja un mensaje terriblemente cierto: el ser humano nunca cambia, quizá  de pose en el juego de la adaptación y sobrevivencia, ¡sonté!, pero jamás el hábito que compone el capullo cultural de algo que llamamos personalidad.

El tema de las relaciones financieras-amorosas-familiares que se pueden gestar entre dos personas bajo un contrato matrimonial ha hostigado tanto las mentes de la humanidad que sigue encontrando cabida en muchas formas de expresión, persistiendo como un cuestión inconclusa, más allá de la conjetura universal de que casarse es enteramente complicado.

Pero si sabemos algo del matrimonio, por el puro gusto del observador empírico y la experiencia ajena es que, como lo dice Danny De Vito en su filme –a propósito sobre el divorcio de una pareja– La Guerra de los Roses (1989): personas de perro no pertenecen con personas de gato.

Por Adele S.

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