La expectativa era alta para Happy End (2017), película que marcaba el regreso del cineasta austríaco Michael Haneke a la escena internacional después de 5 años de ausencia y con la estela del éxito de Amour y su segunda Palma de Oro frescas en la memoria. Lo que Haneke describiría como un retrato de la burguesía europea contemporánea resultó ser uno de sus trabajos menos logrados y quizá, la obra más débil en su carrera cinematográfica.

Con un elenco de lujo encabezado por Isabelle Huppert, Mathieu Kassovitz y el legendario Jean Louis Trintignant, la película es una sucesión de escenas en la vida de una afluente familia francesa en la que cada miembro representa, en una alegoría rudimentaria y obvia, distintos males que aquejan a Europa en la actualidad. Haneke pone foco en el uso de la tecnología como un mecanismo desensibilizador que desvanece todo asomo de humanidad en los puntos más altos de la película, sin embargo termina por sentirse involuntariamente autoparódico y hasta blando. Los pronósticos de una tercera Palma se esfumaron rápidamente.

En otra arista del mismo triángulo, con una expectativa y presión similar, el cineasta griego Yorgos Lanthimos arrivó a la competencia con The Killing of a Sacred Deer (2017), en la que un cirujano interpretado por Colin Farrell ve como su familia es amenazada con la mera presencia de un perturbado joven (Barry Kheogan), hijo de un paciente que ha fallecido a causa suya. Lanthimos adapta la tragedia de Ifigenia y la inyecta con una elegante dosis de aires a la Kubrick, particularmente el sugestivo horror y la ominosidad de los espacios de El Resplandor musicalizado con numerosas partituras de Ligeti y Penderecki, compositores también presentes en la ya mencionada película.

Con destellos de humor negro y del característico patetismo de los diálogos de Lanthimos, la película no soporta la finamente construida tensión de la primera parte y termina por sacrificarse a sí misma hacia el último acto, de manera atropellada e irregular. Resultan esenciales para el funcionamiento de la tensión el triángulo actoral de Colin Farrell, Nicole Kidman y Barry Kheogan, los tres extraordinarios.

La siguiente película en competencia, Hikari, de la cineasta japonesa Naomi Kawase, rápidamente se convirtió en uno de los títulos con mayor número de aplausos, más por inercia que por mérito, dado que su sensibilidad fungió como necesario contrapeso a la sombría competencia que habíamos tenido hasta ahora.

La película cuenta la historia de un fotógrafo que está perdiendo la vista y el romance que sostiene con una joven que hace versiones de películas para los débiles visuales. La mayoría de las veces cae en el sentimentalismo y en ocasiones en rampante cursilería, aunque se trata de uno de los trabajos más logrados de la cineasta nipona en bastante tiempo y cuenta con contados momentos y escenas logrados. Particularmente los que se llevan a cabo en una sala de cine, que resultan profundamente conmovedores.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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