Cannes, día 4: Los latidos de un cuadrado

El tercer día de competencia trajo consigo otro evento para el anecdotario, con el desalojo del Palais antes del pase de prensa de Redoubtable, la nueva película de Hazanavicius que comentaremos mañana, por la presencia de un paquete sospechoso en la Sala Debussy. Al final todo resultó en una falsa alarma que por unos minutos nos hizo sentir la tensión de un America-Pumas a la salida cuando contingentes de la Monumental y la Rebel se encuentran a las puertas de CU.

De vuelta en la Croisette, pudimos ver 120 battements par minute, la tercera película del cineasta francs Robin Campillo que presenta la historia del ACT UP en Paris a inicios de los años 90 (un movimiento activista de pacientes con VIH), a través de las historias de sus miembros y poniendo énfasis en el tórrido romance entre Nathan (Arnaud Valois) y Sean (Nahuel Perez Biscayart). Campillo ya había demostrado en su película anterior, Eastern Boys (2013), una tersa mano para presentar con sofisticación formal y una envidiable fluidez narrativa la intimidad que pueden alcanzar dos hombres en una relación de pareja.

En esta película parece pesar el fantasma de La vida de Adele (Kechiche, 2013),  y  aunque queda un poco distante de alcanzar esos registros, encuentra un sólido anclaje en  la presencia del joven Perez Biscayart, quien en Sean crea el personaje más vistoso de la galería de activistas: una iracunda diva de una profunda nobleza que es consumido lenta y devastadoramente por la enfermedad. La progresión de la historia justifica su irritante cólera y desesperación al inicio de la película, y nos da motivos suficientes para compartir la indignación. Contando con momentos formales de una belleza extraordinaria como el plano del Rio Sena teñido de rojo o discretos homenajes a Resnais (Hiroshima, mon amour, 1959), la película pierde fuerza al querer abarcar demasiado. Sin duda estará figurando dentro del palmarés.

Del otro lado, con aguda mordacidad y opulento minimalismo, el cineasta sueco Ruben Östlund regresa a Cannes con The Square, donde sigue explorando una fuente inacabable del más puro humor absurdista: la psique masculina. En la película vemos el cotidiano de Christian (Claes Bang), gerente de una galería de arte contemporáneo en Suecia que a raíz de una nueva exposición, llamada The Square, comienza a experimentar una hecatombe de ridículas tragedias.

Estructurada como una serie de viñetas cuyo humor y construcción cubren un rango que va de Luis Buñuel (Le Fantome de la Liberte, 1974) a J.G. Ballard o Roy Andersson, Östlund continúa desmenuzando sin piedad los mitos de la masculinidad contemporánea, construida por la publicidad, en todas sus facetas. Resulta desafortunado que la cinta cierra con mucha debilidad y usa su mejor material en la primera parte. Destaca una secuencia o happening en una fastuosa cena en la que el artista Thierry Notary entrega la mejor interpretación de un mico, una que hace parecer a la de Andy Serkis en la saga del Planeta de los Simios como aspirante al CEA. Dicha escena condensa la película perfectamente, con todas sus atractivas virtudes y sus marcados defectos.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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