Ascensos y caídas: 40 años de la Cineteca Nacional

Si hubo algo que distinguió al gobierno del ex-presidente Luis Echeverría Álvarez (además de la saludablemente deportiva inclinación del mandatario por el genocidio) era esa suerte de ánimo teatral y/o escenográfico por brindar a las audiencias discursos cataclísmicos en situaciones espectaculares, los cuales terminaban por encontrar un reflejo fiel en la puesta en marcha, mediante cuantiosos e ilimitados recursos a su entera disposición, de magnas obras arquitectónicas, en la búsqueda perenne  del reconocimiento a su gestión y la lambisconería más evidente y atroz.

Orgullo legítimo y noble contraparte del régimen del nefasto personaje (ejemplo mayúsculo de lo que en México se entiende por un representante de la izquierda política que no se quedó nomás en el intento)  las obras de construcción de la Cineteca Nacional dieron inicio el 3 de noviembre de 1971, después de una ceremonia entre bombo y platillo, en la que estuvieron presentes personalidades como Luis Buñuel, Cantinflas, Fernando Soler, Dolores del Río, Lupita Tovar (a quien se le entregó una copia de Santa, la primera película sonora filmada en territorio nacional) entre muchos otros.

Las actividades en el recinto dieron inicio el 17 de enero de 1974. La Cineteca contaba en ese entonces con cinco salas. Las dos más grandes eran la Fernando de Fuentes y el Salón Rojo, ambas equipadas con sistemas de proyección de 35 y 70 mm, (ésta última, llegó a contar con el ‘visto bueno’ del obsesivo y genial cineasta Stanley Kubrick para exhibir allí sus filmes) y una pequeña que era la Salvador Toscano. La Godard y la Fellini, destinadas a la investigación, en realidad (según dicen las malas lenguas) eran usadas por los censores que mutilaban secuencias completas de filmes de contenido provocador o molestas para el régimen en turno. La Cineteca se acondicionó en lo que eran los foros 14 y 15 de los estudios Churubusco, y además de las salas, ésta contaba con bóvedas refrigeradas, una biblioteca muy bien surtida y, lo más importante, un acervo fílmico compuesto por poco más de 7,000 títulos, en su mayoría, de películas mexicanas.

Durante este primer periodo, la Cineteca supo encontrar un correcto balance entre lo nacional y extranjero, así como una rápida consolidación como punto de referencia para el cinéfilo empedernido. En 1977 la Cineteca ingresó a la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), a pesar de la carencia de una política sólida de conservación; en este sentido, hubo algunos llamados de alerta desde el año de 1978 por parte de algunos especialistas quienes daban cuenta de las precarias condiciones de seguridad del lugar, sin embargo, éstos dieron al traste ante las autoridades de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), quienes hicieron caso omiso del asunto. Lamentablemente, la tragedia ocurrida aquella tarde del miércoles 24 de marzo de 1982 vino a confirmar las sospechas de que las instalaciones eran tan eficientes y seguras como las de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora.

Según los primeros peritajes, la explosión y el posterior incendio se debieron a que un corto circuito había hecho estallar 15 litros de los peligrosísimos materiales de nitrato de plata que se resguardaban en una de las bóvedas, a lo que se le debe sumar la carencia de un correcto sistema de aire acondicionado (lo que nadie nunca se tomó la molestia de explicar, es el por qué chingados se dio la explosión en el completamente ajeno a las bóvedas muro de ladrillos que se encontraba detrás de la pantalla de la sala Fernando de Fuentes), por lo que el desastre (se supone) se dio de manera natural.

Gracias a la negligencia (o complicidad) de las personas encargadas del mantenimiento y, especialmente, a la sordera de la ‘carismática’ Doña Margarita López Portillo (hermana del presidente en turno, encargada en aquél entonces de la dirección del R.T.C. y cariñosamente conocida en el medio como ‘La pésima musa’) perecieron (oficialmente) 36 personas durante el incendio, se perdió la totalidad del acervo fílmico ‘resguardado’ hasta ese momento, compuesto por cientos de copias únicas sin catalogar, archivos de prensa de los presidentes Alemán, Calles, Obregón, dibujos de Sergei M. Eisenstein, originales de Diego Rivera donados a la institución por Emilio Fernández, programas originales de Un perro andaluz firmados por Luis Buñuel, materiales de nitrato que incluían películas porno finiseculares y muchos otros de indudable interés histórico. De esta manera, siete decenios de la cinematografía nacional parecían haberse perdido para siempre, además, en circunstancias nunca aclaradas del todo.

Durante los meses posteriores al incendio del 24 de marzo del 82, en un animo por curarse en salud, Doña Margara López Portillo puso en marcha el Comité Pro-Reconstrucción de la Cineteca, en el que participaron productores, distribuidores, sindicatos y diversos organismos con la meta de obtener dinero para construir la nueva Cineteca y recuperar el material perdido. El día viernes 24 de agosto de 1984, en medio de salas invadidas por goteras, la incredulidad y desconfianza de algunos productores privados que se negaban a ceder nuevamente alguna copia de sus películas y con un acervo minúsculo, la Cineteca Nacional reinició las actividades en su nueva sede, ubicada en la Plaza de los Compositores de la Avenida México-Coyoacán, la cual fue cedida por la Sociedad de Autores y Compositores de Música, contando dicha sede con cuatro salas de exhibición con capacidad para recibir a 550 espectadores cada una y equipos de proyección en 35 mm.

No han sido pocos los altibajos que ha debido sortear la Cineteca desde el reinicio de sus actividades en aquél ya lejano 1984. Desde un punto de vista de recreación sociológica se trata de un lugar curiosísimo (como seguramente deben de serlo muchos de sus similares alrededor del mundo) ya que, a través de los años, el recinto se ha ido consagrando como punto de reunión obligatorio para lo mas ‘selecto’, ‘culto’ y ‘conocedor’ de la cinefilia del Distrito Federal, sin que deje de ser (bueno, a veces) la fauna que suele asistir al lugar tan curiosa o interesante como los materiales allí proyectados.

Por sus características, es el único recinto cinematográfico en el que sí se ofrece una función, digamos, dedicada al cine chino, al francés, al indio, al polaco, o al de cualquier otra nacionalidad que ustedes gusten y manden, donde además de ser posible percatarse de la presencia de ciudadanos de dichas nacionalidades entre los asistentes, también es risiblemente fácil apreciar la manera en que los cinéfilos de hueso colorado del rumbo allí reunidos, por eso de cumplir con las normas de la etiqueta, no dudan en aplaudir al termino de cada función aunque la película así haya resultado ser una gran obra o una soberana pendejada, rindiendo con ello culto y pleitesía a films o directores de probada o dudosa capacidad.

No obstante, parte del encanto lo constituye también lo común que resulta toparse allí a grandes personalidades del medio nacional e incluso, haber tenido la oportunidad de asistir a ilustrativamente divertidas platicas con renombradas personalidades internacionales que han sido recibidas en el lugar como Peter Greenaway, David Cronenberg, Werner Herzog, Monica Belucci y Hanna Schygulla, entre muchos otros.

Desafortunadamente, para que un lugar de tales características funcione, no todo el asunto depende del glamour. A pesar de los continuos banquetes y vinos de honor, los grandes invitados y demás eventos especiales, los encargados de las subsecuentes administraciones del recinto comenzaron a perder de vista lo más importante: la calidad tanto en el servicio como en la programación. A principios de los noventa, paralelo al surgimiento de los primeros (y muy adelantados tecnológicamente hablando) complejos multiplex en la república mexicana, las cintas exhibidas en la Cineteca comenzaron a mostrar signos alarmantes de una paulatina pérdida de su interés.

Si bien es cierto que eventos como la Muestra Internacional de Cine (casi) nunca dejaron de nutrir a todos aquellos espectadores ávidos de presenciar propuestas diferentes al común de lo que las salas de cine comerciales ofrecen, lo cierto es que los encargados del departamento de programación y difusión en turno comenzaron a privilegiar todo aquello que asegurase la rentabilidad en las taquillas del lugar antes que las obras de genuina expresión personal, de esta manera, no era poco frecuente toparse allí con (esencialmente inútiles en lo artístico/intelectual, pero muy provechosas en lo económico) premieres de blockbusters tales como Parque Jurásico, Batman Regresa, matinées infantiles compuestas por horrores como Liberen a Willy, películas de Walt Disney y sus competidores ya vistas hasta el cansancio, además de intrascendentes ciclos de películas nominadas al Oscar de la Academia de Hollywood. (Quizá el asunto terminó de tocar fondo cuando a estos cabrones se les ocurrió llevar a cabo, bajo los ‘generosos’ auspicios de Columbia Pictures, la “espectacular” premiere de gala de… Soldado Universal. Sí, la de Jean Claude Van Damme.)

Si a todo esto le sumamos los vetustos equipos de proyección (con un desempeño al 30%) y las desventajosas e incómodas condiciones del lugar frente al servicio de vanguardia de sus competidores (de antología las muestras de inconformidad de algunos espectadores, las cuales no pocas veces, llegaban incluso a los madrazos), puede afirmarse que, durante ese lapso, lo único que diferenciaba a la Cineteca de las salas comerciales era que en las segundas, además de que las películas se veían y se escuchaban  más chingón… las palomitas sabían mucho más sabrosas.

Por Venimos, los jodimos y nos fuimos (@venimosjodimos)
Ésta es una reedición de nuestro especial dedicado a Cineteca Nacional.

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