‘Aniquilación’: Fractal genético

La hibridación se ha convertido en una de las tendencias más recurrentes en la cultura audiovisual contemporánea, particularmente en la construcción de los llamados tentpoles, producciones multimillonarias comisionadas por los jefes de estudio con la esperanza de generar suficiente rentabilidad para convertirse en franquicias. En casos anómalos, tales responsabilidades suelen dárseles a cineastas con una visión particular del mundo, ideas sólidas o estilos visuales idiosincráticos y personales, tal es el caso de Alex Garland y su nuevo largometraje Aniquilación, originalmente pensado para estrenarse internacionalmente en cines, pero cuyos derechos de distribución fueron finalmente vendidos a Netflix.

Después de explorar ideas potentes alrededor de la inteligencia artificial y el contacto humano en la austeramente sofisticada Ex Machina (2015), Garland adaptó el primero de una serie de libros de Jeff VanderMeer sobre la  peligrosa misión de un equipo de científicas liderada por una bióloga (Natalie Portman) en una zona de devastación ecológica en gradual expansión identificada como “El resplandor” donde las leyes de la naturaleza parecen verse alteradas.

Al igual que muchas de las criaturas y organismos que habitan en dicha zona, Aniquilación es una amalgama de ADN fílmico apreciable a simple vista, sin necesidad de la microscopio o análisis de laboratorio. Desde la paleta de colores reminiscente de la Pandora de Cameron en Avatar (2009); el tufo tarkovskiano de Solaris (1972) y Stalker (1979) en su atmosfera y temas; hasta la violencia dantesca de Event Horizon (1997); o la corporalidad alienígena de Under the Skin (2013). Aniquilación es una célula compleja de asimilar, un cuerpo extraño que por momentos se siente orgánico y en otros profundamente sintético.

Víctima de la homologación visual a la que son sujetos todos los contenidos de Netflix, Garland logra mantener momentos de apabullante y tétrica belleza visual y abrumador diseño sonoro, todos ellos concentrados en el acto final de la película que ilustran uno de los temas centrales de la película: la refracción, no solo como fenómeno óptico sino genético, una forma distinta de construir mundos. En sus mejores momentos, Aniquilación cambia las disertaciones filosóficas por imágenes y en los peores, los cambia por narrativa y acción francamente mediocre.

La naturaleza híbrida del cine cobra un sentido ambivalente en Aniquilación, una ambiciosa película con un fabuloso ensamble femenino, ideas sólidas, diluidas en la imperiosa necesidad de ser condescendiente con la audiencia, de no confundir, cuestionar o retar más allá de ciertos límites permitidos, por que a mayor dinero, mayores compromisos. Aniquilar connota destrucción, pero en la película de Garland, el término se usa para describir un nuevo orden, uno en el que todo colisiona y se mezcla entre sí, permitiendo que en el mismo mundo exista la belleza y la abominación. Quizá ya vivimos en esa misteriosa zona de devastación.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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