‘Mudbound’ y el color del racismo

Desde hace algunos años, Netflix inició un camino cinematográfico para acoger cintas con potencial para llegar a temporada de premios, dando su primer intento a través de los horrores de la guerra bajo el punto de vista de un niño en Beasts of No Nation (2015). Tras debutar en el Festival de Cannes con la notable Okja (2017) y las brechas generacionales de Noah Baumbach en The Meyerowitz Stories (2017), la distribuidora logró el ansiado objetivo con Mudbound: El color de la guerra (Mudbound, 2017), representación de las secuelas bélicas en el terreno sureño de Estados Unidos.

Después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Ronsel Jackson (Jason Mitchell) y Jamie McAllan (Garrett Hedlund) regresan a casa en la zona rural de Mississippi, donde residen las familias de ambos: los Jackson trabajan para la granja de los McAllan, encargada de la siembra de algodones. Los ex soldados entablarán una amistad que será cuestionada por algunos lugareños e intentarán adaptarse a una nueva vida.

Basada en la novela de la escritora estadounidense Hillary Jordan, Mudbound presenta las perspectivas de algunos de los integrantes de las familias retratadas, sus interacciones entre sí y sus acciones antes de la guerra, recurriendo en gran medida a la voz en off que resta ritmo al relato. En el lado de los Jackson se presentan las adversidades de Hap (Rob Morgan) y Florence (Mary J. Blige), quienes buscan salir del pueblo para establecer una mejor vida a pesar de sufrir los estragos del racismo. Para los McAllan significa una difícil adaptación en un territorio desconocido que acentúa su crisis económica y sus instintos racistas, como en Pappy (Jonathan Banks) y en Henry (Jason Clarke), o en el despertar de la resiliencia de la ama de casa acostumbrada a la tranquilidad citadina, reflejado en la joven Laura (Carey Mulligan).

La realizadora Dee Rees (Bessie) ofrece, dentro de la variabilidad de puntos de vista de sus personajes, contados vestigios del conflicto bélico que no resaltan de manera redonda la temática presentada, contrastando con crudeza la oscuridad humana y los momentos de esperanza reflejados en el sueño americano de obtener una tierra propia y establecer una buena vida. No obstante, el sobrecargado primer acto va adquiriendo de poco en poco una eficaz fluidez narrativa al confrontar la latencia del racismo, la pobreza de la región sureña y el empoderamiento de los hombres blancos.

La amistad de Jamie y Ronsel entrevé, con realismo, las secuelas postraumáticas de la guerra que ambos enfrentan, creando en ellos una falta de sentido de pertenencia en casa que los lleva a compartir sus momentos difíciles en el ejército, el primero atormentado por la muerte de un compañero y el segundo asimilando que no es nadie en su pueblo de origen a pesar de ser un héroe de guerra, desatándose una violenta observación a la intolerancia racial.

Mudbound no puede escapar de algunos desatinos, como la innecesaria reiteración de la bondad del entorno de los Jackson y la penumbra de los McAllan, pero ofrece una humana recreación de la tolerancia, la inutilidad de los actos racistas y de la búsqueda de la mujer por actuar como un adecuado líder dentro del núcleo de la familia, tocando aspectos sociales que, a pesar de los años, aún continúan vigentes en el mundo.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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