63 Muestra | ‘Zama’: El hogar de la espera

-Los cocos no valen nada
-No importa, me los quedo igual

Reflejar y expresar las sutilezas o matices de un estado mental ha sido una de las grandes ventajas que la literatura ha mantenido sobre cualquier medio audiovisual, particularmente el cine, que, a pesar de loables esfuerzos, no había encontrado una adaptación tan literal como sensual… como la que entrega la cineasta argentina Lucrecia Martel en Zama. Más que adaptación, sublimación de la novela homónima de Antonio de Benedetto.

La película presenta a Don Diego de Zama (Daniel Giménez Cacho), un oficial español del S. XVII que espera pacientemente en Asunción su traslado a Buenos Aires con el favor de su majestad. Se trata de la historia de una espera, lo que le da a Zama un carácter de impaciencia pero también de resignación, transmitidos en la cuidadosa construcción de cada cuadro, muchos de ellos reminiscentes de la pintura costumbrista española.

Como en aquellos bodegones propios del costumbrismo, Zama ilustra con sofisticado detalle la vida cotidiana en una colonia sudamericana, así como las dinámicas de dominación racial y poder simbólico que son ejercidas aquí con sutileza –sin usar la espada– y como éstas mismas crean estados de alienación, tanto en los amos como en los siervos. Alienación que pareciera querer ser aliviada con la teatralidad de pelucas, ropajes, pintura en el cuerpo y exacerbado lenguaje corporal, algo que el cineasta y etnógrafo francés Jean Rouch documentó en su magistral Les maitres fous (1959).

Las atmosferas visuales y aurales de la película gradualmente se van ofuscando, se vuelven opresivas y generan hastío y desasosiego, pero al mismo tiempo ejercen una suerte de hechizo visual que como al desesperado Don Diego, terminan por absorber hasta llegar casi al punto de mimetizarse, física y anímicamente, con el lugar y el estado de espera perpetua, creando una extraña zona entre presencia y ausencia.

Ese estado es creado por la alienación que experimentan tanto el colonizador –americanos que quieren parecer y no son lo que son– y los colonizados –no está muda, tiene su lengua– y la relación que se da entre ambos. En ese sentido, la película de Martel remite a las complejas dinámicas exploradas por Claire Denis (Chocolat, 1988; White Material, 2009) pero Martel, una cineasta con preocupaciones similares a las de Denis, lleva sus reflexiones a un plano extra físico.

En Zama, así como en la filmografía de Lucrecia Martel, la anécdota es menos importante que lo que provoca en sus personajes, centrándose en la relación de estos con su medio y la total y completa dominación de este último. La película es un paisaje impresionista de sonidos, imágenes y agudos diálogos –recogidos de la novela original– que logran dejar la impresión de que no estamos viendo una película, sino leyéndola.

En ese acto de leer se involucra una experiencia nueva, que demanda atención, apertura y que probablemente eludirá e irritará a muchos espectadores. Definitivamente Zama no busca atraer, sino inducir a su audiencias a un estado específico que es equiparable solo a la lectura de una novela, placer también ya en vías de caducidad.

Haz hijos, no libros, condena uno de los altos funcionarios de la Corona a Don Diego, situación que retrasa aún más el tan anhelado traslado y que condensa la impronta colonial: produce gente, no conocimiento, pero el colonizador es ingenuo al pensar que él es quien toma el espacio, cuando Zama nos demuestra que es el espacio, real, narrado o representado, el que coloniza el territorio más preciado: la mente.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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