58 Muestra | ‘Amar, beber y cantar’: Abajo el telón

La última cinta del Alain Resnais se aleja bastante de ser un digno epígrafe. Amar, beber y cantar (Aimer, boire et chante, 2013) es una adaptación cinematográfica a la pieza teatral Life of Riley de Alan Ayckbourn, tercera ocasión que el director francés recurre a dicho autor. En medio de los ensayos de una obra de teatro amateur, Colin (Hippolyte Girardot) y Kathryn (Sabine Azéma) reciben la noticia de que a su amigo George Riley le quedan pocos meses de vida. El matrimonio lo invita a que se una a ellos en la obra, lo que desatará un torbellino de emociones, no sólo para Kathryn –quien fuera el primer amor de George–, sino también para Mónica (Sandrine Kiberlain) exesposa de George, así como para Jack (Michel Vuillermoz), su esposa Tamara (Caroline Silhol) y su tambaleante matrimonio.

George es un personaje que nunca vemos, un ente del que sólo conocemos por medio de los demás. Un ser que comienza la cinta siendo admirado y amado, termina, además de muerto, lleno de odio y rencores. Nada es gratuito, pues George comienza a manipular a las mujeres a su alrededor, para obtener una satisfacción personal o eso es lo que parece. La muerte de George parece ser el motor que necesitan sus allegados para rencontrar el sentido de su vida, su matrimonio y su relación con el mundo. Él les hace descubrir los pormenores de su cotidianidad, que ha acabo por engullirlos; la fuerza de su ego los ha cegado y no les permite ver que aún tienen mucho por vivir.

La cinta habla de la madurez, de lo pesado de la vida y el tiempo. Los personajes son de una edad avanzada, entre la vejez y la vida adulta. Los años les pesan en los hombros, el tiempo que está por consumirse, ya hay más anécdotas pasadas que historias por vivir. Lo compara con la adolescencia, con la vitalidad que ellos ya no develan, pero que él, George, parece adquirir. Entonces el próximo occiso se vuelve omnipotente, objeto de deseo, y punto de comparación.

Resnais juega con la puesta en escena teatral, los decorados de la cinta son un telón pintado, y la escenografía es acartonada. Hay tres actos bien delimitados por intertítulos, y la dirección actoral va de la farsa al drama, pasando por la entrada y salida de la comedia de puertas. A pesar del colorido que rodea todos los fotogramas del film, el humor negro es constante, un humor ácido que pega en el ego de los hombres, y también, en el de las mujeres.

Sin embargo, la cinta es bastante sosa. Se comienza a caer a pedazos conforme avanza, y aunque al final logra reconstruirse parcialmente, no cumple lo que promete. Las risas se vuelven toscas, el tono irrita, y la música, que comienza en buena forma, termina pareciendo cortilla de una sitcom de los años 90. Eso es lo que resulta ser a final de cuentas, una comedia de esposos y esposas, plástica y simple, más semejante a la televisión que al teatro, y sólo cercana al cine en la fotografía y los encuadres de gran formato.

Una epilogo flojo, que no consuma la carrera de Alain Resnais de buena manera, y no es que el director lo necesitara, pero merecía una mejor manera de despedirse. No es una de las indispensables de la Muestra, a menos que usted esté en la crisis de los 50.

Por Ali López (@al_lee1)

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