Existe un miedo cada vez más tangible cuyo significado se pervierte con velocidad inusitada: la noción cada vez más difusa de la ‘adultez’. La idea de la maduración asociada a este concepto ha llegado a un punto bajo. Los adultos de ahora parecen vivir en una constante nostalgia y añoranza de dulces recuerdos de infancia y se crea una fijación paralizante: los vicios cambian, pero la actitud permea el tiempo. Toda una generación se empeña en mostrar en pantalla sus más grandes ansiedades, miedos y neonizadas fantasías. El adulto joven de hoy vive en perpetua parálisis emocional de acuerdo al nuevo (y probablemente pasajero) canon hollywoodense aderezado de una tendencia a suspirar con locura por la parafernalia setentera y ochentera. Ted es el ejemplo más reciente de esta nueva tendencia.

La idea del el oso de peluche, objeto transicional por excelencia, como compañero de vida es la fantasía más perfecta del ‘adultescente’ y también el símbolo inequívoco de un doloroso proceso que marca el paso de una etapa a otra. Freud definió estos objetos como remanentes de ideas de estabilidad, seguridad y cobijo emocional; no es casual que los ositos sean pachoncitos (apelando a la textura suave del seno materno) y que sean con frecuencia animales antropomórficos, a modo de generar una empatía totalmente integrada. La fijación hacia éstos nunca se olvida, pero su abandono implica el crecimiento de relaciones sociales estables fuera de la diada Yo-objeto, el oso recibe todas nuestras proyecciones y se transforma en un alter ego o una ‘sombra’ (como lo llamaría Jung) de nosotros mismos. El osito de Ted no es más que la proyección de un niño solitario, socialmente cretino y vulgar… ese joven es Marky Mark.

Ted es una cinta del creador de la relativamente exitosa serie gringa Family Guy, proveniente de la hiperactiva imaginación de otro gran inmaduro funcional, Seth Mcfarlane, quien dota de una identidad falible, genuina y corriente a un producto asociado a la ternura, la infancia y la inocencia: un oso de peluche. El gran logro de McFarlane (que funge como director, escritor y productor de la cinta) consiste en una exitosa subversión de símbolos posmodernos propios del capitalismo para niños que busca capitalizar con las necesidades afectivas y la nostalgia. McFarlane muestra que nuestra niñez no es producto de una interacción social más que de una interacción mediática en la que los grandes héroes de antaño (Sam Jones en Flash) son en la actualidad tan inmaduros y pueriles como sus seguidores. Las alusiones a todas esas figuras y las largas horas dedicadas a la contemplación de basura televisiva acompañado de una enorme pipa confirman este inamovible estado de dulce letargo.

El peso de Ted es tan grande que prácticamente elimina del mapa a todos los humanos que se mueven a su alrededor. El elenco se limita a cumplir sus papeles unidimensionales que parecen, junto a la estructura de la cinta, provenientes de la semiótica televisiva. Mark Wahlberg bien podría ser alguno de los protagonistas animados de las series de McFarlane sin la gracia de alguno de los anteriores, con lo que confirmamos que Wahlberg tiene dos canales de actuación: tipo idiota de Boston o tipo enojado de Boston. Mila Kunis es mucho más agradable pero no se sale de la rayita que debe colorear; lo mismo para Joel McHale, quien funge como el ‘villano’ de la historia, creo que Niles, el mayordomo de La Niñera era más atemorizante.

En esta misma línea, la estructura de Ted evidencia la formación televisiva de McFarlane, ya que la estructura narrativa es propia de una sitcom medianamente sustanciosa y emitida por cable (gracias a las constantes referencias a eyaculación facial). El emblemático tema de la cinta, Everybody needs a best friend interpretado por Norah Jones bien pudo haber venido de una teleserie ochentera, cada situación esta delimitada por un variación de la misma canción, enmarcando cada segmento de la historia en el que vemos a Ted en diferentes y ‘locas’ situaciones (Ted con traje! Ted trabaja! Ted cogiendo! Ted en la bañera!) incluyendo cameos con los que el público reacciona locamente. McFarlane conoce los vericuetos de la narración televisiva, sin embargo, el celuloide no permite el tiempo necesario para crear un vínculo fuerte con sus personajes.

A pesar de contar con un concepto interesante, Ted se ve limitada por el humor localista, referencial y en ocasiones ofensivo de McFarlane, cosa que funcionaría excelentemente en TV pero que queda chico para una narrativa limitada a 90 minutos. Incluyendo personajes levemente dibujados, antagonistas estúpidamente psicologizados, un acto final terriblemente inconsistente, la gracia salvadora de Ted radica en nunca tomarse a sí misma en serio, pero el problema del payaso que se ríe de sí mismo es que nunca alcanzara la trascendencia. El humor necesita un poco de seriedad, aunque sea un ‘fucking teddy bear’.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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