Noches de Julio y el temor de la desilusión

Ilusionarse propone un dilema. Atreverse o resignarse, son las opciones. Vivimos recordando las ocasiones que decidimos actuar ante la ilusión y lamentando aquellas que permitimos pasar. Decidir entre ambas opciones nos paraliza, en ocasiones, de manera permanente.

Así parece vivir Julio (Hoze Meléndez), quien trabaja en una tintorería y es el protagonista de Noches de Julio (2018, la ópera prima como director del sonidista mexicano Axel Muñoz Barba. Julio es un muchacho callado, introspectivo, un hombre miradas a quien constantemente su jefa (Laura de Ita canalizando las mejores maneras del charrismo sindical) le recuerda lo poco social que es en su lugar de trabajo.

Sin embargo, Julio tiene un hobby: entrar a las casas de sus clientes en la tintorería, habitar su espacio vacío para, al menos, vivir unos minutos como ellos. Permitir al tacto conocer la intimidad del otro. Ocupar la oquedad para infundir un poco de brío al vacío propio. La aparición de una misteriosa mujer (Florencia Ríos) romperá la rutina de Julio.

Axel Muñoz Barba, y su guionista Claudia Garibaldi (Aranzazú, un recuerdo de ruinas), han creado una película sobre las dificultades de relacionarse en la actualidad, donde el temor a ser lastimado y la pérdida evita las conexiones humanas. Julio, a pesar de las críticas de su jefa, parece vivir tranquilo, resignado a su soledad y a los remedios que ha encontrado para ésta. Anhela el contacto humano, pero no se atreve a buscarlo.

La ilusión cambiará su interés, aunque, no su temor al fracaso. Es un sentimiento que comparten los otros personajes del largometraje. Sofía (Johanna Murillo), una de las clientas habituales de la tintorería, es una mujer solitaria autosuficiente que al intentar paliar su soledad con Julio sólo descubre que éste no cumplirá con sus ilusiones. Lo mismo sucede con el cliente que, a pesar de su aparente éxito sexual con las mujeres, no puede evitar pasar sus noches viendo pornografía. Optando por la ilusión y no lo tangible, la ensoñación segura antes de la realidad lastimosa.

Estas ideas se refuerzan por los espacios que ocupa cada personaje y los sonidos que se escuchan en ellos. Desinteresado por la vida, Julio vive como un asceta, en una cama maltrecha y un buró como solitarios compañeros. Sofía, de apariencia controladora, ocupa un departamento moderno, blanco, amplio, sin una falla en su diseño.

Es un juego que funciona en sentido contrario al de Yorgos Lanthimos en Alps (2011) –donde un grupo de personas ofrecía sus servicios para reemplazar a seres queridos recién fallecidos, una ilusión que también terminaba por mostrar las fútil intentar evadir la realidad–; además de alejarse completamente de los escenarios más cercanos al cine de horror, como el planteado por Jaume Balagueró en Mientras duermes (2011), la invasión de Julio a los espacios ajenos es más cercana al acto de revisar el perfil de redes sociales de la persona que nos resulta atractiva.

La tragedia de Julio no es fracasar al romper la inercia de su rutina, ni descubrir que la ilusión imaginada no corresponde con la realidad de la otra persona, sino que por temor no tuvo el arrojo de hacerlo antes.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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