‘Mi universo en minúsculas’: Una delicada ópera prima en la urbe del DF

Todo ser humano tiene curiosidad sobre sus orígenes familiares. Algunos tienen la dicha de saberlo de antemano, al mantener una vida funcional y tranquila. Otros, negados para tenerla, se ven obligados a indagar al respecto. La búsqueda de un progenitor tras desprenderse de su compañía a temprana edad es el eje central de Mi universo en minúsculas (2011), ópera prima mexicana de Hatuey Viveros.

Aina (Aida Folch), una muchacha extranjera, arriba a la Ciudad de México para localizar a su padre, de quien únicamente tiene como referencia una vieja fotografía con la nota “nuestra casa en el 37 de la calle Juárez” escrita en el anverso. Contando con una Guía Roji en la que irá marcando sus hallazgos e impresiones, dará la vuelta por la ajetreada metrópoli en busca de la mencionada vivienda, y en el transcurso del viaje conocerá algunas buenas personas, entre ellas Josefina (Diana Bracho), una amable mesera de una cafetería que le brindará apoyo en el transcurso de su estadía.

Ganadora a Mejor Largometraje Mexicano Ópera Prima en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato en 2012 y competidora en diversos festivales (entre ellos el de Morelia en 2011), la cinta sigue la odisea por encontrar la calle Juárez dentro de un complicado y enorme Distrito Federal, recorriéndolo en Metro, microbuses y a pie. Cada rincón chilango está realzado con destacadas tomas que asoman la agitada vida ciudadana, con pasajeros de transporte público incluidos, aunque es un elemento un tanto reiterativo que diera la sensación de comer tiempo en pantalla.

Así, se le da una correcta metáfora al título de la película: un universo urbano plasmado en una pequeña guía. Puede apreciarse desde la colonia Centro (con todo y transeúntes del Eje Central) y el segundo piso del Periférico, hasta el aeropuerto y un conjunto de modestas viviendas sociales en lo más apartado de la capital.

El guión, de Ana Mata e Inti Aldasoro, retrata de manera optimista el viaje personal de una joven, moviéndose en un lugar del que no posee recuerdo alguno, enfrentando la adversidad (pierde su equipaje por un descuido de ella, gracias a un robo) y el desconocimiento de la ciudad, armándose de esperanza para cumplir su propósito (un ejemplo, cuando Aina intenta visualizar a su padre a través de hombres que se le parecen físicamente).

La solidaridad es otro de los temas explorados en Mi universo en minúsculas, invitando a creer que, aún ante la deshonestidad, existe la bondad en el mundo. Cada personaje cumple una función determinada para auxiliar a la protagonista: el humilde Miguel (Harold Torres), joven obligado a criar a su sobrino tras el abandono de su hermana; Gloria (Eugenia de la O), mujer de la tercera edad aficionada al danzón y Josefina, una madura mesera que enfrenta problemas con un préstamo.

No obstante, el argumento lineal, que pudo haberse resuelto en un tiempo menor a los 90 minutos que dura la película, no otorga la oportunidad suficiente para explorar más de fondo ni a los partícipes de la historia ni mucho menos a Aina. Jamás explica la razón de la separación de sus padres, la causa de la muerte de su madre ni el motivo principal de su búsqueda, provocando que no logre entablar una conexión absoluta con la audiencia.

Hatuey Viveros despliega un talento para recrear un aura intimista y dirige a sus actores con eficacia, todos brindando trabajos sensibles y cumplidores, destacando Diana Bracho como Josefina. Es grato ver a la experimentada actriz en un papel que despliega fe y humanidad, fuera de los terrenos de las telenovelas y del convencionalismo de las villanas, deseando vérsele con más frecuencia en el cine y con mayor variedad de personajes. Aida Folch sostiene aceptablemente el peso de la película, su desempeño mejorando conforme avanza el relato, dotando de perseverancia, simpatía y perseverancia a Aina.

Si bien es un buen intento para otorgar otro ángulo distinto en la búsqueda de las raíces familiares, Mi universo en minúsculas se extiende innecesariamente en tiempo para llegar a su desenlace y tambalea para adentrar por completo al espectador en un traslado rumbo a un descubrimiento personal. Una película mexicana con una sutil bocanada de ternura de principio a fin.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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