GIFF | Summer of Soul y los dientes apretados de un verano ceremonial

En 1969, durante seis fines de semana, se llevó a cabo el Harlem Cultural Festival. Summer of Soul (2021) es el trabajo documental de Ahmir Questlove Thompson, un músico y productor de Filadelfia que después de 50 años recupera el material registrado en aquel verano.

El documental está prácticamente hecho, no sólo porque hay una narrativa interesante, sino porque ya existe el registro completo; sin embargo, es en el montaje donde Questlove se juega su mirada y la relevancia de tremendo monstruo de festival.

La segunda mitad de la década de los sesenta fue un incendio de mandíbulas apretadas, de inteligencias afiladas y nudillos levantados. La rabia, como en tantas vueltas del espiral, se tradujo de manera teórica, plástica, musical, en activismo y en transgresión de las propias prácticas cotidianas. La relectura que hace Questlove del Harlem Cultural Festival se vuelve relevante porque es una mirada a la sombra del espejo, al revés del brillo casi cegador de Woodstock. Mientras la miel de Joe Cocker, The Who, Santana, Janis Joplin o Neil Young corría por la colmena de la contracultura en envolturas de dulce ácido, en nubes de tehachecé y en códigos de amor libre, en Harlem se reunían todxs aquellxs que no alcanzaban a desglosarse dentro de una categoría ya de por sí crítica.

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Tony Lawrence convocó a B B King, Stevie Wonder, The Chambers Brothers, Herbie Mann, The 5th Dimension, Max Roach Hugh Masekela y Nina Simone; la división de los pesos gallos latinos Ray Barreto y Mongo Santamaria; y la división de pesos pesados del gospel: The Edwin Hawkings Singers, Pop Staples & The Staples Singers, Prof. Herman Stevens & The Voices of Faith, Clara Walker & The Gospel Redeemers, Ben Branch & The Operation Breadbasket Orchestra & Choir y Mahalia Jackson, para que tocaran del otro lado de la acera, el lado de la banqueta que siempre se quiere evitar. Custodiados por las Panteras Negras, los asistentes al Mount Morris Park escucharon una disrupción en tonos de blues, R&B, jazz y gospel, ¿cómo fue entonces que un festival con tanto poder en los puños pasó desapercibido en las décadas siguientes?

El olvido –tan antiguo como la humanidad, pero revitalizado por el liberalismo– fue la estrategia para ocultar una narración de la comunidad afrodescendiente. Sistemático, paciente y eficaz, el progreso sabe que sus pilares están fundamentados en la muerte y el olvido. Las políticas progresistas de JFK fueron arrebatadas con su asesinato en 1963 (el último trabajo documental de Oliver Stone, Through the Looking Glass –2021–, lee con filo crítico este asesinato), la praxis de riñones, hígado, pólvora y derechos humanos de Malcolm X fueron arrebatados con su asesinato en 1965 (la ficción de Spike Lee de 1992, Malcolm X es una gestualidad necesaria en un Hollywood que busca mantenerse impoluto), la voz de fuego y corazón de amatista de Martin Luther King fueron arrebatados en 1968 (Judas and the Black Messiah de Shaka King –2021– contextualiza las estrategias de inteligencia de las instituciones gubernamentales para desarticular las células organizadas); progresivamente el progreso busca un retroceso de todo aquello que no sea propio reflejo, un jorobado que juega al ajedrez en la casa de los espejos.

No es necesario hacer una apología de un festival que aconteció durante la guerra de Vietnam, durante el pico de consumo de heroína y durante la temporalidad del primer hombre en la Luna. Para pensar en el espíritu, primero se necesita pan, nos dice Hegel –¿o tal vez es Marx leyendo a Hegel?–. Y si bien los asistentes al Harlem Cultural festival pensaban en la pobreza y en la falta de servicios públicos, allá arriba, en el escenario, Nina Simone, Mahalia Jackson y toda una tradición de sangre africana enhebraban un hilo de plata entre los cuerpos sudados y curtidos al sol de un Harlem desterrado. Un tejido tan fino que a veces no alcanzamos a ver cómo los cuerpos beben con el fuego ancestral de las ceremonias que retumbaban bajo el cielo de la memoria, con los pies que de-le-trea-ban el lenguaje universal de los tambores, con los truenos que partían las noches y ahora, hechas voces, hechas metales, se devoran con las gargantas que vociferan tormentas y escupen estrellas.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@Mariodelacerna)

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