GIFF | El secreto del Doctor Grinberg y el secuestro de Prometeo

Levantar y sostener el rezo. El rezo, como experiencia, como palabra que convoca, que comparte, que sana, que muestra, que enfrenta, que enseña y que narra. El rezo como práctica ancestral que corresponde a la multiplicidad de colectividades, como fuente epistémica y de realidad: el rezo que los wixárikas, la palabra purépecha, la caminata de los tarahumaras, los tambores de los cheroquis, el conocimiento de los kiowa, la disciplina budista, la danza sufí, el misterio de la cábala, los cantos cristianos o la magia del caos. El conocimiento y la práctica en el mundo que resiste –incluso después de las colonizaciones– y sostiene las memorias, los corazones y el fuego.

El secreto del Doctor Grinberg (2019) es el debut documental de Ida Cuéllar como director y forma parte del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF, por sus siglas en inglés). El prólogo se arriesga con una animación con voz en off de uno de los trabajos narrativos de Grinberg (La fuerza vital del cielo anterior, INPEC, México, 1991); una llave en la que pronto reconoceremos las múltiples voces del neurofisiólogo y sus encuentros, pareciera, con los oráculos que por momentos tienen rostros de laboratorios, investigaciones, publicaciones y, por otros, experiencias místicas desdobladas en otros nombres y otros ojos.

El documental mapea con oficio, primero la relevancia del Dr. Jacobo Grinberg-Zylberbaum en el ámbito científico y, después, como un detective –el comandante Padilla–, las pistas que se pueden rastrear hasta su desaparición el 8 de diciembre de 1994. La ignorancia es cabrona y más en el ámbito científico, porque no fue sino hasta que aparece material de archivo de Grinberg en entrevistas en programas de divulgación cultural, que mi atención se lo tomó en serio; la falacia de autoridad tan bien aprendida en la Universidad.

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Los nombres comienzan a aparecer: Sperry Andrews, colega de Grinberg y fundador del Human Connection Institute y de la Conscious Intelligence Institute Foundation; Tony Karam, director de la Casa Tíbet México; el Dr. E. Roy John, científico pionero en neurometría y jefe de laboratorio en donde Grinberg obtuvo su doctorado; Ruth Cerezo, ayudante en el laboratorio de Grinberg en la UNAM y Carlos Castañeda, escritor y antropólogo; puras credenciales cabronas que calmaron mi mezquindad que tomó el nombre de falacia de autoridad. Con tanto nombre pesado y con tantas lagunas epistémicas, sólo queda ponerse a estudiar para que se le quite a uno lo pendejo. La teoría sintética y la teoría del potencial transferido son las dos principales investigaciones en las que Grinberg trataba de establecer que existe un continuo espacio de energía que nuestros cerebros codifican para construir la realidad. Si podemos acceder a este espacio, entonces podríamos ingresar a otras capas de realidad en la que se podrían comunicar dos cerebros en espacios aislados o hacer operaciones como las que hacía Panchita, una mujer de conocimiento que estudió Grinberg.

No es necesario que Cuéllar se coloque la gabardina de detective porque el comandante Padilla ya había hecho una investigación desde 1994, encargada por Ernesto Zedillo –ex presidente de México–, pero Ida sí se coloca las herramientas de su oficio y va construyendo caminos que son aristas y espejos que se encontrarán constantemente en callejones sucios y grasientos; el cochambre y la pestilencia vive en todos lados: en los trajes con corbatas negras, en las ventanas bruñidas de los institutos de investigación, en las fachadas de los hogares y en la buena-ondes-de-los-hipis-ingenuos. En el escenario de El secreto del Doctor Grinberg se encuentra la mujer del vestido rojo que toma el nombre de Teresa –esposa del neurofisiólogo también desaparecida–; está presente la CIA y el secreto a voces del espionaje y explotación de investigaciones en las principales universidades del mundo –¿La UNAM está rankeada en las mejores del mundo?–, investigaciones que siempre abonarán a la tecnología militar; y, por supuesto, la siempre etérea, indescifrable y oscura esfera mística.

1994 fue un año complejo en donde México se vuelve a definir como una nueva manifestación del colonialismo –TLCAN– y, también el año en que la resistencia de la selva apunta a mundo en donde quepan todos los mundos. El secreto del Doctor Grinberg nos coloca la gabardina y el sombrero para arrojarnos a las teorías que queramos perseguir, que cada espectador se haga responsable de sus pesquisas, de los pies pies mojados en la lluvia y del estómago vacío. Veintiséis años han pasado desde que Jacobo desapareció y en el que su hija lo extraña y lo busca, igual que sus hermanxs, colaboradorxs y amigxs. Compartir el fuego es peligroso, no porque no estemos preparados para ver la verdad, sino porque al romper los cánones científicos y tratar de compartir el conocimiento –porque el conocimiento no le pertenece a nadie–, nos damos cuenta que todos estamos interrelacionados, tal vez por el pensamiento, por una energía, por el corazón o por un suelo ético. Cualquiera que sea la respuesta, es una respuesta peligrosa porque atenta contra la hegemonía, contra la mezquindad, contra el odio, contra la vileza, contra la riqueza, contra el acaparamiento, contra el monopolio y contra el control, que es, una vez más, otra expresión de la conquista del otro.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@mariodelacerna)

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