‘Generación Spielberg’: Diatriba y crisis

El director Gibrán Bazán (Los rollos perdidos, 2012) asegura que la idea para Generación Spielberg (2013), su primer largometraje de ficción, nació durante una conversación con un grupo de amigos de su edad. En la velada la concurrencia descubrió, con cierto grado de sorpresa, que todos estaban viendo el mismo video musical antes de la réplica nocturna del temblor del 85. Así su trabajo propone una reflexión sobre la forma en que medios y sociedad nos/les han marcado, al grado de (de)formar su pensamiento más que los padres.

Es una idea central interesante, sobre todo en medio de un cine mexicano empecinado en reflexionar sobre la futilidad de la existencia en tomas largas o en la crudeza de la vida urbana. Sin embargo, la concepción y el resultado final no cuadran, al grado de parecer dos proyectos diferentes, gracias a cierto nivel de ira que inunda la película y a sus personajes.

Generación Spielberg está conformada por varios episodios que en ciertos puntos se entrelazan. Así una pareja decide hacer un pacto y no abandonar la cama por 24 horas. Un grupo de literatos famosos/mamones/especiales/alzados/escenozos espera una conferencia y se les pasan las copas mientras discuten de sus insatisfacciones. Una oficinista casada se empeda cuando su affaire lésbico colapsa. Una niña rica “estudiante” de pintura, un contador, un repartidor entran a un bar, digo, a un elevador y quedan atrapados en éste sin poder hacer nada para salir. Una psicóloga intenta suicidarse motivada por el fracaso de su matrimonio.

De esta forma la película pretende crear una narración coral, un crisol sobre el fracaso de la generación nacida a finales de los años setenta y cómo el bombardeo de información los llevó a crear ideas imposibles de satisfacer, incluyendo el trabajo, el espectáculo, la pareja y el ser. Aunque la meditación nunca llega porque los personajes no pasan de ser ideas, un esquema en el que Bazán vuelca frustraciones. Son sujetos antipáticos, azotados y planos como ese escritor que fuma pipa y captura impresionantes ideas filosóficas en su grabadora para convertirlas después en libros o la niña rica que le reclama al padre las tranzas y favores políticos que su despacho de abogados le hace a los dirigentes más corruptos del país. El que tiren netas cada dos minutos y las epifanías experimentadas por cada uno tengan grado de chaqueta mental tampoco ayuda.

Asimismo a la cinta le pesa, a ratos, su filmación estilo guerrilla, el mismo Bazán acepta haber rodado con amigos y cuando había un poco de presupuesto para seguir con la filmación a lo largo de un par de años. Uno imaginaría que con una producción de ese estilo, las secuencias estarían llenas de frescura y cierta improvisación, sin embargo brillan por su ausencia.

Son factores que terminan por nublar el discurso de Bazán. ¿Está enojado con las figuras de la infancia que terminaron por decepcionarlo –curioso que las quejas van más encaminadas a Lucas que a Spileberg–? ¿Consigo por dejarse decepcionar? ¿El país? ¿Será el tufo a lugar común del guión? ¿El poco apoyo de los institutos de cultura para hacer más cine de calidad, cualquier cosa que eso signifique? ¿Con la vida en general? ¿Es una crisis de la edad?

Generación Spielberg es un grito de furia, una gutural frustración nacida en las entrañas. Una expresión de rabia desaforada que se pierde en la atmósfera de una escandalosa indiferencia.

Por Rafael Paz (@pazespa)

 

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