Nuestros espíritus se encuentran
Dentro de 1000 años en Urano
Y me dices: vamos a desvelarnos
Y respondo: vamos a hacer el amor
Y tú dices: no, no vamos a hacer el amor
Vamos a hacernos preguntas
Gerardo Arana

Toda la luz que podemos ver (2020)
Dir. Pablo Escoto
Sección: Ahora México

A lo largo del tiempo se han buscado construir colectividades que transgredan las formas de hacer política, arte o economía. En la modernidad podemos encontrar la Comuna de París, el falansterio de Fourier o las poderosas y breves vanguardias como el dadaísmo o el surrealismo. En América, podemos pensar en los muralistas, en los infrarrealistas o la emergencia del EZLN en 1994. La fuerza de la colectividad permanece siempre en contrapunto de un individualismo exacerbado y la ilusión de la originalidad. Ríos de Nueva presenta Toda la luz que podemos ver, dirigida por Pablo Escoto y sostenida por una célula que coloca en los detalles toda su potencia.

Toda la luz que podemos ver es una película que revienta el tiempo buscando una puesta en escena de finales del siglo XIX mexicano y principios del XX. Pensar la historia es reinventarla y reconstruirla; pensar la historia es arrebatarle la categoría y colocarla en su origen: en la narración. Pablo Escoto, Cat de Almeida y Salvador Amores construyen una constelación de citas literarias, pictóricas y musicales que reinterpretan y se apropian para interpelar el canon, la pasividad y la hegemonía.

La película de Escoto abre con unos versos de Nezahualcóyotl: “Por fin lo comprende mi corazón:/ escucho un canto,/ contemplo una flor./ ¡Ojalá que no se marchiten!”, la poiesis como praxis creadora desde un suelo ético. Este epígrafe es la guía bajo la que se formularán las preguntas y las exploraciones visuales. Entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, –es decir, entre la memoria, entre la dualidad, entre los territorios– suceden dos situaciones: María (María Evoli) huye con El Toro (Iñigo Malvido) de un bandido (Gabino Rodríguez) con el que ella debe casarse y, por otro lado, Rosario (Margarita Chavarría) vela la tumba del general del que está enamorada y fue asesinado, mientras sostiene un diálogo con Arturo (Víctor Hernández), un campesino de avanzada edad.

Inmóviles en su tiempo, Rosario y Arturo (¿o eran María y el Toro?) evocan las memorias de Francisco Tario: “Pero vendrá un día la santa, bendita, prodigiosa revolución de las estatuas. ¡Y ay de aquel que para entonces no se haya petrificado!”; García Lorca: “Amarrado por ti, hecho con tus dos manos. A mí me pueden matar, pero no me pueden escupir. Y la plata, que brilla tanto, escupe algunas veces”; o Gabriela Mistral “y en cualquier país las tardes/ con sangre serán mis llagas”. Las geografías se confunden, sabemos que son las piedras volcánicas de Puebla, pero bien podrían ser las quechuas, la de Atacama o las de Mendoza. Es irrelevante, la aridez, el dolor, el deseo, la búsqueda y el fuego son universales.

La fotografía de Jesús Núñez bebe en su mayoría de la luz natural, sus encuadres buscan la paciencia y la textura del movimiento. Es curioso que las películas mexicanas con mayor personalidad plástica de los últimos años (Titixe, Tania Hernández Velasco, 2018; Sanctorum, Joshua Gil, 2019; o La paloma y el lobo, Carlos Lenin, 2019) estén atravesadas por una lectura crítica de la historia desde un suelo ético y una transgresión del género que pasa también por una transgresión narrativa. El pulso que comparten bien podría responder a una pregunta planteada en la misma Toda la luz que podemos ver: “¿En dónde está la planta del fuego futuro?”

Tezcatlipoca es el espejo negro, el espejo humeante; aquello que convoca lo junto y lo cerca; la dualidad en una imagen dialéctica. Este símbolo es otro de los pilares de la película: la constante presencia del reflejo|mímesis y diferenciación de lo orgánico|artificial, de lo humano y de la naturaleza, de la montaña de profundas raíces y un cielo siempre en movimiento, de las estatuas parlantes y el trío en escape y rastreo. Pero también la dualidad de la particularidad y la universalidad, de la identidad y la pluralidad: “Que la amnesia nunca nos bese la boca, que nunca nos bese. Soñábamos con utopías y nos despertamos gritando”. Bolaño

Cenizas Jaguar Terremoto Alma

El diseño sonoro profundiza en la sensorialidad de Toda la luz que podemos ver, los versos líquidos del río se traducen en las cavernas de la columna vertebral de Tezcatlipoca, de los ríos subterráneos. Los pájaros que no vemos deletrean la búsqueda constante de la luz, de las transparencias y del tacto. “Te has quedado ciego de tanto llorar”, “un río que nace del inframundo”, y las atmósferas que se conjugan con el sonido directo o con las secuencias de alientos y percusiones. El ruido de la piedra contra la piedra.

La blanca manta El rebozo rojo El arado La llanura Las geometrías impredecibles de los cerros

Es como si la palabra, la oralidad, activaran la imagen; su traducción. Como si recordáramos que antes de la imagen fue la palabra, ¿o fue al revés? Como si se hiciera un homenaje al primer lenguaje conjugando todos los lenguajes haciendo un último lenguaje. Es como si a través de una relectura de la historia se le diera cuerpo al presente. Toda la luz que podemos ver tiene tantas artistas como voces el guión; su fortaleza es el mapeo de su constelación, por ello se necesitó de disciplina para que no se desbocara en un querer abarcarlo todo. El colectivo lo tiene tan claro que nos colocan un recordatorio, un mantra: “domina tu pasión” en una secuencia de multiversos, ecos y caleidoscopios.

Pareciera que la película dirigida por Escoto se vuelve una travesía inacabable e insondable: cerros, tierra, aire, cielo y va de nuevo todo otra vez. Una vez y otra vez. Pero cada vez es siempre distinta, cada vez es siempre una nueva palabra, una nueva poiesis: “Nadie que haya existido en este mundo está tranquilo”. La condensación del tiempo y la bravura con la que lo revienta es tal que dialoga y reinventa a Gerardo Arana, uno de los últimos poetas jóvenes y valientes: ¿Cuántos desaparecidos puede tener un país?/ ¿Cuál es la estrella más joven del cielo?/ ¿De qué sirve reinar si en verdad estamos solos? Anarcosentimentalismo.

Y aquí acaba una película y comienza otra. Una que acelera el tiempo, lo suficiente, para percatarnos del cambio, del amanecer, de cómo la luz va sacando brillo a las piedras. En esta película la voz ha sido rebasada porque se pierde en lo intraducible. La narración carece de sentido porque se perdería en lo que prevalece y ha prevalecido. En esta película la poiesis se sienta para contemplar el origen: la naturaleza, el silencio, la apariencia del tiempo, el ritmo, el calor, la textura y la luz. Esta última película acaba con la noche y un llamado de caracol, que no es otra cosa sino otra forma de lenguaje.

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

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