‘El lugar donde todo termina’: Intimo circo

Un joven de brazos tatuados y aspecto rudo camina mientras nosotros lo seguimos a través de una feria. Entramos con él a una carpa donde una pequeña multitud lo comienza a aclamar, se pone una chamarra de cuero, se sube a una motocicleta y entra en una pequeña jaula circular junto a otros motociclistas. Su silencio es un sinónimo de profunda introspección y diálogo interno, constante y duro. Acto seguido descubrimos a una mujer latina a la que hace un tiempo le estuvo quitando las tunas del nopal, quien ahora tiene un hijo por el cual genera un abnegado sentido de responsabilidad. Este encuentro será el verdadero acto de riesgo, lo lleva a robar bancos para dar un sustento a su hijo, lo de las motos era vulgar entretenimiento.

Derek Cianfrance regresa a las marquesinas después de deshacer el mito del amor romántico con la áspera franqueza de Blue Valentine (2010), de la mano de la apabullante Michelle Williams (a la postre nominada a un pelón de oro), y del lado más vulnerable y crudo del stud canadiense Ryan Gosling. Una vez más, Cianfrance hace pareja con Gosling para hacer una especie de culebrón cinematográfico, en el que el foco central del protagonista cambia en tres ocasiones. La primera parte siendo dominada por el motociclista de feria (Ryan Gosling), la segunda por el policía ambicioso que atrapa al motociclista (Bradley Cooper) y la tercera por los hijos de ambos. Cianfrance mete a su jaula a sus tres motociclistas, esperando que el espectáculo sea del agrado del respetable, expuestos y vulnerables en este íntimo circo.

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La primera parte de la cinta tiene como protagonista el ahora recurrente, personaje silente cool que se ha convertido en el estilo preferido de Gosling a la fecha, sin embargo resulta memorable y empático su nueva motivación para continuar, la relación con un hijo del cual no sabía, enciende una entrañable conexión con este rudo haragán, quien busca establecerse con la madre del niño (sólida Eva Mendes), pero ella ya vive con un señor afroamericano y la infaltable matrona latina (oye, papi, ¿pue cómo no?). Cianfrance comienza con fuerza su relato, con vertiginosas escenas que se aderezan con esa brutalidad doméstica que aunque efectiva, no alcanza los niveles de erosión que vimos en Blue Valentine.

Para su siguiente parte (recordemos que estamos ante una larga, pero ágil, cinta de 140 minutos), Cianfrance continua la retahíla de adrenalina emocional con un policía que termina persiguiendo al personaje de Gosling en una naturalista, pero no por ello menos trepidante, persecución.

A raíz de su valioso servicio el joven policía comienza una ambiciosa carrera que se verá amenazada por la profunda corrupción policiaca a manos de otros policías, a la larga ya través de chantajes, termina siendo ascendido a la cúspide de la escoria policial. Cooper se desempeña con solvencia pero su innegable carisma no opaca a Gosling, quien rápidamente se hace echar de menos. La aparición de Rose Byrne, el siempre confiable Bruce Greenwood y Ray Liotta otorgan un considerable peso a la parte central de la cinta, pero se diluyen ante una premisa un poco débil y que cae en una sustanciosa cantidad de convenciones del género policiaco. Un motociclista se desconcentra y afecta el bárbaro desempeño del primero.

Para cerrar, ahora los hijos de ambos personajes se encuentran en el siempre desagradable ámbito escolar, donde entablan una amistad que será irremediablemente frenada por el padre. Al tiempo que el hijo del motociclista descubrirá quién fue su padre, lo que hizo por él, y qué pitos toca el ahora importante político en el destino de todos los personajes.

Cianfrance borda con cuidado toda esta trama que en manos con menor pericia se hubiera convertido en el final de dos horas de una mediocre telenovela, optando por dejar la historia fluir y converger en un cauce natural, dejando que ahora los hijos repitan los errores de sus padres de manera intempestiva. El tercer motociclista de esta peligrosa atracción apenas logra sortear los desafíos que impone esta pequeña jaula.

La mano de cineastas consagrados como Cassavettes, los Dardenne y una larga lista de cineastas verité conforman las rejas de esta compacta jaula donde Cianfrance pone a hacer malabares emocionales a cada uno de sus personajes, por momentos el espectáculo intimista construido por Cianfrance realiza faenas increíbles, por momentos nos decepciona ligeramente por jugarle a lo seguro y después de ciertos problemas logra entregarnos un espectáculo irregular que ciertamente nos entretiene como una buena novela, pero no nos lleva a los derroteros dolorosos de su trabajo anterior.

Hay vida después del espectáculo, sólo habrá que dejar las constricciones del género dramático y abrazar la magnitud y enigma de una carretera abierta, más allá de los límites de una prometedora pero convencional jaula.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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