‘El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos’: El amor mágico

El amor es una salida de las sombras, una oportunidad para vulnerar la superficie del otro y encontrar en su humanidad un espíritu universal. Pero la posibilidad de ese descubrimiento es un abandono del ego que la realidad atestigua sin mucha frecuencia. El maniqueísmo del aparato hollywoodense lo manifiesta como una posibilidad incesante que se captura con voluntad y deseo. Más parecido a la lujuria, el amor en Hollywood es una reducción de la lucha y la pérdida que implica amar. Cuando Tauriel (Evangeline Lilly) pregunta en El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos (The Hobbit: The Battle of the Five Armies, 2014) por qué le duele amar a Kili (Aidan Turner), Thranduil (Lee Pace) le responde: “Porque es real”. Peter Jackson da un asomo de profundidad, pero el vago tratamiento del tema lo convierte en una falacia. Estos personajes no rompen el coqueteo, la atracción, para hallarse mutuamente después del impulso.

De manera poco sorprendente y sobre todo redundante, el discurso de la última cinta de El Hobbit se basa en el amor que vence al mal y nos rescata del brillo cegador del oro. A pesar de algunas oportunidades para deshebrar sus temas, Jackson es incapaz de ahondar en las relaciones desgastadas desde El señor de los anillos: La comunidad del anillo (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring, 2001): el hombre y sus deseos, apagados por la amistad y una comunión que obedece más a la costumbre de convivir que al descubrimiento de los otros. El amor y la corrupción, en las cintas de Jackson, constituyen un hechizo como el que ata a los protagonistas al anillo del poder sin mayor razón que la magia, o como el enamoramiento entre Aragorn (Viggo Mortensen) y Eowyn (Miranda Otto), que deriva en un burdo consuelo cuando se interpone Arwen (Liv Tyler): la relación entre Eowyn y Faramir (David Wenham). De la atracción al desencanto, y del desencanto a la felicidad universal, las relaciones de estos personajes no resumen un enlace erótico, sino romántico. No son lo que son sino lo que aspiramos que sean.

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La superficialidad se reitera en imágenes donde el amor conquista el mal, como la colaboración entre Bardo (Luke Evans) y su hijo para matar a Smaug (Bennedict Cumberbatch), o en los aforismos de los enanos más conscientes, que ven a su líder, Thorin (Richard Armitage), enloquecer por las riquezas de la montaña. Ante la pobreza de ideas y de anécdota —Rafael Paz leyó El hobbit y me asegura que el libro termina antes que esta última película—, a Jackson sólo le queda el espectáculo. Pero el énfasis en una batalla protagonizada por Legolas (Orlando Bloom), cuya supervivencia es obvia para los espectadores que hayan visto la primera trilogía, es absurdo. Si ya conocemos el resultado, la tensión es nula. Para compensar, Jackson crea escenas de acción imposibles y rescates sorpresivos que provoquen una conmoción forzada. Muy distintas a la menos previsible —no impredecible— y horrenda muerte de Boromir (Sean Bean) en La comunidad del anillo. Sólo su caída bajo el hechizo del anillo nos advierte de la primera flecha que se hunde en su cuerpo. Entre las repeticiones, los lugares comunes y las extendidas secuencias de violencia que carecen de diálogo e ideas, pareciera que el director y coguionista no escribió una película; sólo la filmó.

La complacencia es la fórmula de Jackson, quien ha perdido las cualidades grotescas que caracterizaron su cine anterior a las adaptaciones de Tolkien y todavía se presentó en algunas escenas de La comunidad del anillo. La taberna del Poni pisador, con su iluminación tan cercana a los maestros holandeses y sus rostros casi deformes, evocadores de los del Bosco y los de Sergio Leone, era un intento de representar un ambiente medieval más cercano a la repulsiva imaginería de Alexei German en Duro ser un dios (Trudno byt bogom, 2013), que a la limpidez con que concluyen los filmes sobre la Tierra Media en La batalla de los cinco ejércitos. La iluminación melodramática y las tomas deslizantes son parte de una estética de grandeza y narración límpida, en tono con el romanticismo fantástico de Tolkien, pero la promesa de un director como Jackson es la crudeza de un bardo aguardentoso. La batalla de los cinco ejércitos es una respuesta a lo que el estudio cree que el público desea ver; un abandono de la realidad en lo fantástico que diluye la experiencia de nuestro mundo en un largo e irrelevante sueño.

Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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