Uno de los grandes temas del western, sobre todo en su etapa tardía, es el sinsentido de la violencia. Pistoleros se enfrentan sólo para descubrir que su vida, llena de muertes, carece de una verdadera razón de ser o, cuando intentan escapar, la estela de sus actos los engulle como la marea alta a la playa. No hay forma de salir de la espiral creada por la violencia; sobrevivir para ser forajidos de leyenda no es una opción cuando la crueldad de la vida te envuelve. Basta recordar como ejemplos a los personajes protagónicos de Tiempo de morir (1965), de Arturo Ripstein; La pandilla salvaje (The Wild Bunch, 1969), de Sam Peckinpah, o Los imperdonables (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood.

El cineasta mexicano Ismael Rodríguez, mejor conocido por sus dramas de arrabal con Pedro Infante (Ustedes, los ricos; Nosotros, los pobres; Pepe el Toro), dirigió en 1961 Los hermanos Del Hierro, un western cuyo tema central es, al igual que los ejemplos citados arriba, la inutilidad de la violencia y sus consecuencias. Como en muchas otras cintas del género, el punto de partida será la venganza y los daños que ésta puede desencadenar a lo largo de varias generaciones.

Reynaldo (Antonio Aguilar, en una de sus mejores actuaciones) y Martín Del Hierro (Julio Alemán) son medios hermanos: el primero perdió a su padre cuando era muy pequeño y encontró en el progenitor del segundo una figura paterna. Cuando un ajuste de cuentas termina en la muerte del nuevo marido de mamá, ésta jura preparar a sus hijos para vengar la injusticia perpetrada contra su familia. Esa será la cruz de los hermanos Del Hierro, un peso del que no podrán separarse, como si su genética estuviera marcada.

El esquema usado por Rodríguez para explorar el tema central de la película es bastante sencillo y por eso funciona tan bien. Como en sus mejores trabajos, el trasfondo es un melodrama donde las emociones pocas veces se contienen, aunque este western nunca toca las cimas tremendistas de algo como Nosotros, los pobres.

Cada uno de los hermanos representa una visión diferente de la misma realidad. Reynaldo, aun cuando prestó juramento de venganza, intenta mantener un sendero recto, buscar salir del fatídico destino manifiesto en que su apellido parece encontrarse. Frente a él, Martín es la encarnación del impulso, de la impredicibilidad de un hombre con una misión confusa y un dedo en el gatillo. Además, extrañas jaquecas aumentan su azaroso comportamiento.

De esta manera, las dos facetas están en incesante choque, como dos corrientes de aire esperando encontrarse para desatar un vendaval. No hay forma de evitar su fatal encuentro. Cuando Reynaldo encuentra un trabajo estable del cual vivir, Martín se encargará de echar por el caño esa tranquilidad. Cuando el primero se enamora y decide quién será su compañera de vida, él otro termina con la esperanza. Cada acción bienintencionada es sepultada por el destino, no hay escape posible de dicha situación.

Ismael Rodríguez sabe cuál es su juego y lo ejecuta sin fallas. Incluso dándose tiempo de demostrar su capacidad como cineasta, siendo sutil y profundo al unísono. Como en esa escena donde Reynaldo y su cuñada, Jacinta (Patricia Conde) —la mujer de su vida—, ordeñan juntos una vaca, tomando ambos con tierno tacto la ubre del animal. Sin necesidad de caer en lo explícito o lo vulgar, Rodríguez crea una de las imágenes más sexuales de la historia del cine mexicano. Haya o no contacto genital es irrelevante, la atracción entre estos dos seres, condenados a la fatalidad, es magnética. Su amor imposible sólo hace más agrio el relato.

El anónimo pistolero (Ignacio López Tarso) define muy bien todo. Él es quien enseña a los niños a disparar y defenderse “como hombres”, a pedido de su madre, y se convierte en el testigo de su destino, incapaz de cambiarlo. Es uno de los pocos gatilleros en ese agreste paisaje que logra llegar a viejo, ¿pero tiene sentido el lograrlo? No hay retiro tranquilo para quien tiene las manos llenas de sangre. Un malentendido, un balazo, una afrenta cualquiera, incia una bola de nieve que no descansa hasta atraparte, cerrar el callejón del cuál no hay salida.

Por Rafael Paz (@pazespa)

    Related Posts

    ‘La mula’ y la redención del crimen
    Mandela vs el muro: 10 películas para entender el apartheid
    ‘Sully: hazaña en el Hudson’: El amanecer del ocaso
    ‘La calle de la amargura’ y la falta de matices
    ‘La calle de la amargura’ y el espejo del espejo
    Michael Moore está de vuelta con ‘Where To Invade Next’