‘Deadpool’: Lo mismo pero no es igual

En la época dominada por las franquicias basadas en superhéroes de cómics, una película como Deadpool (2016) es tan inevitable como necesaria. Por momentos bien se podría pensar como una especie de La cabaña del terror (Cabin in the Woods, 2012) para el género de los superhéroes: esa obra que conoce perfectamente todos los clichés y se burla de ellos. También es como si ese hilarante momento en el clímax de Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014), donde uno de los héroes se pone a cantar de la nada para distraer al rival (desafiando las convenciones del género), se repitiera una y otra vez, durante casi la duración total del film.

En esencia, este spin-off de los X-Men es la misma película acerca del origen del superhéroe que hemos visto una y otra vez. Sin embargo, desde la elocuente secuencia de créditos iniciales, donde —entre otras cosas— se nos advierte sobre los clichés que veremos a continuación (gracias al equipo liderado por Tim “la herramienta sobrevaluada” Miller), entendemos la variante que presenta. Aunado a esto tenemos elementos prácticamente inéditos en las cintas de Marvel: un juego con los tiempos, el rompimiento de la cuarta pared y una alta dosis de violencia visceral (cabezas ruedan sin ningún tipo de concesión).

La regla más importante en Deadpool es, simplemente, no tomar nada en serio. Esto aplicó también para los propios creadores, incluso hay un momento donde el protagonista/productor Ryan Reynolds indica que llegó a Hollywood sólo por su atractivo físico. La noción general es la lucha entre la inmadurez/locura/diversión o convertir a Deadpool en un héroe verdadero, perfecto para una cinta mucho más convencional. La trama sigue esta línea, con Deadpool en una misión personal de venganza, al mismo tiempo que dos superhéroes de los X-Men lo tratan de convencer para que sea uno de ellos. En ese sentido, el film no tiene sorpresa alguna y, al menos hasta ahora, Deadpool permanece lejos de ser un modelo a seguir.

Por ende, la irreverencia de Deadpool se torna predecible pronto, aunque no quiere decir que se deje de disfrutar. Los gags son afortunados, sobre todo cuando las “víctimas” son los mismos responsables del apogeo del cine de superhéroes, entre ellos el estudio Fox, Hugh Jackman y sus X-Men, o cuando se logra dar un comentario acertado y divertido sobre algún tema polémico actual (i.e. la delgada línea entre ser sexista o no en el cine). Acusaciones a su propio estudio de ser codos y no pagar por la presencia de otros personajes de los X-Men van de la mano con referencias más tradicionales o para otros nichos (de 127 horas a Liam Neeson, pasando por Alien, El señor de los anillos y Matrix).

Deadpool asume las obviedades del género. Es decir, nunca deja de ser una cinta de superhéroes que reúne al protagonista “héroe”, al gran villano y el romanticismo. Pero sorpresivamente también logra ir más allá de los simples pasajes genéricos llenos de acción. Si bien la cuestión romántica con nuestro héroe enamorándose gradualmente de una prostituta (Vanessa Carlysle) es parte del tono absurdo, el origen del superhéroe se torna más brutal que en otras entregas del género. No es la enfermedad de Wade Wilson sino su eventual exposición a una constante tortura, cuyas consecuencias recuerdan esa versión del superhéroe muy cercana a la monstruosa/grotesca que presentaron Lloyd Kaufman y Troma en The Toxic Avenger (1984). Nada mal para un película del mainstream.

Eric Ortiz García (@ElMachoBionico)

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