‘Corazones de hierro’: El regreso innecesario

La Segunda Guerra Mundial es el trauma en que se funda el Occidente contemporáneo. Cisma de la humanidad entera, aquel conflicto probó la incandescencia de las ideas, que quemaron naciones enteras. En la posteridad también provocó ideas, pero sobre todo romances. La leyenda de “La más grande generación” es el inevitable símbolo del triunfo aliado y la más dolorosa mentira para los vencidos y los “liberados”. Ni nobles ni heroicos, los sobrevivientes viven con la culpa de lo que perdieron en la batalla y de lo que esa pérdida le quitó a otros: la dignidad. Existen vislumbres de la enfermedad de matar en Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998) y Band of Brothers (2001), las grandes épicas americanas de Steven Spielberg. En la primera, durante el Día D, un par de soldados estadounidenses se burla de los prisioneros alemanes que acaban de ejecutar. Más adelante, el capitán Miller (Tom Hanks) lamenta: “Con cada hombre que mato, me siento más lejos de casa”. En la serie sobre la división 101, un americano borracho mata a una pareja de inocentes y hiere a un hermano en armas. A pesar de la admiración que le provocan estos hombres a Spielberg, no es capaz de ignorar un hecho terrible: sobrevivan a la guerra o no, están muertos.

En Corazones de hierro, cuyo nombre original, Fury (2014), expone de manera más precisa su esencia, no vemos a las almas violentas, perdidas, de T.S. Eliot y de Spielberg, sino a un escuadrón de monstruos en busca de su humanidad. Al director David Ayer, consagrado al brutal cine de acción, la intención de Spielberg le parece ingenua, y se propone crear un retrato del hombre en conflicto más cercano al de Stanley Kubrick en Cara de guerra (Full Metal Jacket, 1987), pero también a la defectuosa Pelotón (Platoon, 1986), de Oliver Stone. Dividido entre los temas del placer de destruir y la educación sentimental en un contexto bélico, Ayer, sorprendentemente, no se pierde ni se confunde, pero exagera. En el grotesco imaginario de Kubrick la máquina de muerte que alguna vez fue hombre es natural y lógica, pero Ayer aspira a un realismo similar al de Spielberg, arruinado por la monstruosidad de sus personajes y la música de Steven Price. La brutalidad de Wardaddy (Brad Pitt) y sus hombres es continuamente exaltada por coros heroicos, mientras la sola marcha del ejército alemán conjura armonías siniestras. Ayer no está criticando la imagen del héroe; está reubicándola. Para Ayer el héroe no es tal por ser un guerrero noble; lo es por liberar su sinrazón.

Fury 2

Es por este motivo que el encuentro con un par de alemanas se convierte en una escena a la vez soberbia e incongruente. Wardaddy y su novato discípulo, Norman (Logan Lerman), irrumpen en la casa de una mujer, Irma (Anamaria Marinca), donde se esconde su bella prima, Emma (Alicia von Rittberg). Al principio, los dos entran como lobos hambrientos, a la caza de algún oficial de la SS; al final, Norman y Emma comparten un tiempo a solas en un tímido instante de erotismo. Después, el resto del escuadrón de Wardaddy entra como una jauría de imbéciles. El encuentro genera el ritmo en la escalada de la tensión y, dadas las atrocidades a las que nos ha expuesto Ayer, nos hace esperar lo peor. Pero nunca pasa. En la confesión, las bestias vomitan sus almas. El momento es hermoso y se sitúa en la realidad de los hombres, a diferencia de la extrema pesadilla de la que vienen y a la que regresan.

Por otro lado, aunque Ayer se empeña en mostrar la guerra como horrenda, su imaginería resulta limpia en comparación con el repulsivo tanque de Líbano (2009), de Samuel Maoz. En aquel filme, la tripulación de un tanque era dura, no infrahumana; el horror, cotidiano también, pero la estética era superior. El interior del tanque sumaba la podredumbre de la humanidad, mientras que el de Ayer, a pesar de darle nombre al filme, no es un personaje; es una locación. Fury también es menor a su enemiga, Rescatando al soldado Ryan, porque sus ideas son prehistóricas, mientras que las de Spielberg son complejas aunque en ocasiones se contradigan en nombre del homenaje. La última escena expone la fragilidad intelectual de Ayer, pues mientras su líder, Wardaddy, es exaltado por llevar a sus hombres a una misión suicida, el de Spielberg sufre el remordimiento de provocar una muerte en una maniobra necia.

Fury, entonces, es justo lo que su título promete: furia. Es un filme que se arriesga a exaltar la brutalidad en vez de lamentarla. Durante buena parte del metraje, Ayer carece de la sensibilidad que exhibe en la escena entre los soldados y las alemanas y crea una obra desigual, incongruente  y sobre todo anacrónica. Al no lograr una crítica del héroe americano, Ayer revive un periodo moribundo en la memoria histórica sin cumplir un solo propósito de manera contundente. Ni examen serio de la barbarie ni entretenimiento puro, Fury es un fracaso y, en cierta medida, una prolongación de la cultura del videojuego. Si Rescatando al soldado Ryan nos enseñó el horror de la guerra para quienes la vivieron, Call of Duty nos enseñó a disfrutar de su sacrificio. Fury no llega tan lejos, pero tampoco se acerca al humanismo.

Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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