‘Cinco tumbas al Cairo’: La comezón de los cínicos

El gran crítico Manny Farber describió a Billy Wilder y a su coguionista Charles Brackett como “observadores cínicos más que artistas”. Quizá Wilder era un artista profundamente cínico, o un cínico con inclinaciones artísticas, al que le interesaba hablar de personajes iguales a él: cínicos definidos por su arribismo pero reivindicados por un peculiar sentido de nobleza. Para personajes así, la guerra es un campo tremendamente fértil.

Definida como una “película menor” en la filmografía de Wilder, Cinco tumbas al Cairo (Five Graves to Cairo1943) su segundo largometraje, demuestra que ninguna película sobre la guerra puede ser considerada menor. Funcionando como una suerte de sinécdoque del cine bélico, la película de Wilder cuenta con todos los elementos que definirían dicho género durante varias décadas: villanía nazi, intriga, espías, romance, un bellamente delineado dilema ético y moral alrededor de lo que mueve a un soldado y a un civil en un contexto de guerra y un romance condenado a la tragedia.

Franchot Tone interpreta a un soldado británico que, después de un ataque a su tropa, llega a un hotel atendido por el ansioso Farid (Akim Tamiroff) y la bella mucama francesa Mouche (Anne Baxter). El lugar pronto se convertirá en el cuartel del famoso E. Rommel (Erich Von Stroheim). El campo de batalla se traslada a un destartalado hotel, espacio en el que se puede vivir la misma tensión y zozobra y que además no es muy diferente de Hollywood, cuando menos a los ojos de un inmigrante como Wilder, en el que la hipocresía y el engaño se convierten en poderosas armas.

En este mundo, la nobleza se castiga por su ingenuidad. Después de todo, algo había de razón cuando Farber describía a Wilder como un director “malvado con ojos telescópicos”. La guerra la gana quien mienta mejor y quizá ningún personaje sea tan hábil y escurridizo como la dupla de Billy Wilder y Charles Brackett como guionistas de la película, por muy encantador que resulte Tamiroff o lo intimidante que pueda resultar el gran Stroheim.

Tanto la construcción como el texto de la película son de una contundencia letal que prescinde de toda violencia a cuadro, incluso en la confrontación de nuestro protagonista contra el sargento nazi que ha descubierto su engaño, Wilder los hace pelear en la oscuridad. La luz de una lámpara que cae al piso y el sonido del forcejeo y un par de disparos esclarecen la situación. Un momento puramente cinematográfico en la abstracción de luz y sonido.

En Cinco tumbas al Cairo, el oportunismo puede convertirse en el camino al virtuosismo si se tiene un ideal, que es aquí mas bien un ideario vigente para cualquier tiempo de guerra: preservar una vida, es preservar todas, algo muy humano para un cineasta supuestamente cínico.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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