‘Cazafantasmas’: La viscosidad espectral

El blockbuster se ha perpetuado con un riguroso código que ha limitado y drenado todo atisbo de creatividad que pudiera surgir de los decadentes estudios de Hollywood, dominados por una ciega confianza en lo probado y un agudo recelo de cualquier riesgo. Cuando los estudios deciden “arriesgarse”, tienden una red de seguridad, muchas veces más lacerante que reconfortante. En uno de estos riesgos calculados, Sony decidió regresar del inframundo nostálgico a los emblemáticos Cazafantasmas de Ivan Reitman pero de la mano del capaz Paul Feig (Bridesmaids, 2011) y un equipo de increíblemente talentosas comediantes, lo que resulta en un refrescante aunque atropellado giro.

En esta ocasión, Feig nos presenta a las investigadoras paranormales Erin (Kristen Wiig) y Abby (Melissa McCarthy) que junto con la lascivamente carismática ingeniera nuclear Jillian Holtzman (Kate McKinnon) y la apabullante trabajadora del metro Patty Tolan (Leslie Jones) -la única que no es científica y es afroamericana- forman un equipo para detener… otra amenaza de un villano desabrido que solo quiere ver el mundo destruido. Es justo aquí donde comienza una serie de problemas con la película, en la que por un lado se busca desafiar convenciones de género fílmico y género sexual pero termina cayendo en las eternas deficiencias narrativas, y ya también técnicas, de los blockbusters actuales.

Sin duda el atractivo de tener a cuatro mujeres como protagonistas, con indudables dotes cómicas, resulta un “desafío” a las férreas políticas de género en Hollywood, que de manera gradual, han disuelto ciertas fronteras con disfraz libertario sin perder ese espectral ancestro conservador. Cazafantasmas presenta a mujeres con conocimientos y habilidades específicos, con una dinámica de interacción orgánica, camaradería y abrasivo carisma en el que destaca Kate McKinnon (alumna de Saturday Night Live), e incluso hace escarnio de la objetificación del sexo opuesto en la figura del irresistiblemente idiota Kevin (insuperable Chris Hemsworth), un inepto aspirante a actor que es peor recepcionista que un burócrata, pero que es contratado por su masculino garbo.

Sin embargo, las buenas intenciones de deshacen cual viscoso ectoplasma por un guion resuelto de manera precipitada, grumos de efectos especiales incisivamente feos, el desperdicio de Matt Walsh y Michael Kenneth Williams en papeles secundarios, pero especialmente el fracaso al creer que los problemas de una industria creativa se resuelven con un simple cambio de roles, ese es simplemente el primer y zozobrante paso para poder atrapar al  titánico fantasma que realmente aqueja a Hollywood -no, no es el Hombre Malvavisco– sino la febril y patológica obsesión por el pasado.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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