‘Avengers: Infinity War’ y el juego genocida

“He muerto antes. Era aburrido, así que me levanté”.
Warren Ellis, Moon Knight Vol. 1: From the Dead

Lo más reconfortante de un apocalipsis imaginario es saber que eventualmente las cosas retornarán a su estado original, o incluso a un estado ideal. Como cuando una bomba de chicle se infla hasta el punto de estallar, no basta más que con volver a mascar unas cuantas veces para poder crear una nueva.

Los grandes hitos culturales contemporáneos han creado escenarios apocalípticos para sus personajes desde el desolador final de El imperio contraataca (1980), de Kershner; hasta la escena de la fundidora de basura en Toy Story 3 (2010) y, claro, la más reciente entrega del Marvelato: Avengers: Infinity War se suma a la lista con una entrega pletórica de clímax que, incluso en su sentido de destrucción, no abandona su estrategia de negocios: construir más expectativa.

En un universo en el que la muerte definitiva esta bajo jugosos contratos y la resurrección es negociable, el sentido de finitud es una ilusión con la que se juega, la muerte como un artefacto de esperanza y cuya desolación es meramente efímera. Los Hermanos Russo, quienes entregaran las mejores versiones de una película de Marvel en Civil War (2016) y en Winter Soldier (2014), juegan hábilmente con esta noción en Infinity War y confeccionan una película cuyos frenéticos picos dramáticos pueden llegar a fatigar al perpetuo escéptico de Marvel, pero que a cuyos devotos fascina por la placentera ansiedad que les provoca.

En términos meramente visuales no se vislumbra absolutamente novedad alguna e incluso, tratar de distinguir algún cambio a nivel formal desde el renacimiento de Iron Man hace ya 10 años a la fecha, resulta fútil y hasta ocioso. El montaje de los Russo permite que las líneas temporales sean digeribles y que el ritmo sea el adecuado para los períodos de atención, breves y lábiles de un espectador promedio, puedan resistir, algo que Marvel ha estudiado minuciosamente de sus audiencias de la misma forma que sus audiencias analizan y estudian minuciosamente cada una de las películas.

La clave del modelo de negocios de Marvel queda resumida en una escena: en un flashback a la infancia de Gamora (Zoe Saldaña), cuyo planeta está siendo destruido mientras su madre busca protegerla, se encuentra con el temible Thanos, quien, conmovido por la audacia de la niña, la acoge y le muestra una navaja doble que maneja con maestría, indicándole que el equilibrio es una fuerza vital para el universo y es esa la fuerza que los Russo hacen evidente a lo largo de casi tres horas de duración, evitando la sensación de saturación.

Lo que resulta novedoso es el tratamiento del gran antagonista interpretado finamente por Josh Brolin. Thanos es un personaje que justifica el genocidio bajo una lógica de exterminismo radical –deben morir muchos para que muchos puedan vivir– y la ambición que lo empuja no es únicamente la destrucción en sí misma, sino la preservación de la vida en un universo híper militarizado. Thanos es un villano realista por que su ideología –y sacrificios– son afines al más perverso pragmatismo político. ¿Humanitario o maníatico?

El último cuadro de la película es uno de rara belleza plástica dentro de las imágenes usualmente funcionales del Universo Marvel. Musicalizado con música sinfónica y mostrando las virtudes del paisajismo intergaláctico, la escena es la consumación de una utopía tétrica, su paz es ilusoria y sus implicaciones dolorosas para una legión de fanáticos, como si de un borrón desapareciera la mitad del santoral para un fiel católico. Pero la pérdida es reparable, el duelo es efímero y el exterminio, solo un dispositivo dramático, un juego que siempre puede volver a comenzar.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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