Black Canvas | Una reseña sobre Concrete Valley, de Antoine Bourges

Déjame decirte cómo ganar cien batallas:
No seas codicioso, ese es el mejor plan.

Hanshan

No es fuera de lo común encontrar entre la programación de festivales de cine contemporáneos (en especial aquellos nutridos por cierta visión eurocentrista) películas dedicadas al tema de la migración, en las que los personajes deben enfrentar mil y un obstáculos –entre más cruentos, mejor– mientras intentan llegar a su destino. Muchas de estas historias, por supuesto, se nutren de los hechos y los encabezados emanados de los medios de comunicación, no es que mientan sino que reducen la experiencia migrante a su faceta más escandalosa y cruel –La jaula de oro (2013)–. Sus imágenes más que empatía, buscan generar culpa o sacudir al público ajeno a esta experiencia o, en el mejor de los casos, utilizar el material para suscitar un sentimiento edificante –Una vida mejor (A Better Life, 2011); Guten Tag, Ramón (2013). En el peor de los casos, el cineasta pide comprensión ante las tribulaciones provocadas por su estatus como inmigrante privilegiado –Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022)–.

Concrete Valley (2022), el nuevo largometraje del francocanadiense Antoine Bourges, comparte tema pero su elaboración dista de los ejemplos arriba mencionados. La historia se centra en el matrimonio conformado por Rashid (Hussam Douhna) y Farah (Amani Ibrahim), quienes cinco años atrás se mudaron a Toronto acompañados por su hijo Ammar (Abdullah Nadaf) debido a la guerra provocada por las potencias mundiales en su país.

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La vida de los protagonistas parece, en primera instancia, como cualquier otra; cada uno tiene ocupaciones, trabajo, conocidos y un hogar en el cual dormir por las noches. Si el espectador espera que las acciones devengan en pornomiseria y sufrimiento, se debe a la costumbre y no a la propuesta contenida en las imágenes de Bourges –ni a su guión, desarrollado por el director y la realizadora Teyama Alkamli, quien emigró a Canadá después de pasar su niñez en Aleppo y Dubai–. Siguiendo el estilo presentado en East Hastings Pharmacy (2012) y Fail to Appear (2017), dos de los trabajos anteriores de Bourges, la cámara tiene poco interés en darnos una lección por el sufrimiento de los retratados.

La mirada se coloca en sus acciones a la manera de Robert Bresson o Aki Kaurismaki –aunque sin el humor negro de este último–, acompañándolos en sus tareas diarias: ir a la clase de idiomas del gobierno canadiense, intentando arreglar una avería en el calentador de su hogar, con los niños jugando en el patio, en los malentendidos del trabajo, en un paseo por el bosque, etcétera. Hay en ese acompañamiento una empatía que crece poco a poco y una sutileza inusual para acercar al público los problemas de la familia, porque el matrimonio no consigue evadir las dificultades provocadas al trasplantar tu vida a otro país, sólo se nos presentan con mayor perspicacia y desde un punto de partida casi mundano, aunque no por eso menos espiritual.

Rashid, por ejemplo, era doctor en su natal Siria y una parte de sí extraña los deberes de su vocación, lo suficiente como para entablar una relación con una de sus vecinas, quien sufre por una lesión en la pierna, a pesar de los señalamientos subrepticiamente racistas de otros habitantes del lugar –“No te ves cómo un doctor / ¿Cómo se ve un doctor? / No como tú”–. Mientras que Farah intenta encontrar una ocupación tan satisfactoria como su antigua carrera actoral, cada vez más distante como su país de origen, una búsqueda que desconcierta a su compañera de trabajo. Además, la estancia en su país adoptivo ha creado un distanciamiento en la pareja. En la vida de Rashid y los suyos existen barreras invisibles, difíciles de sortear mediante buenas intenciones porque se han erigido sobre las diferencias impuestas por el hombre –el idioma, las costumbres–.

Gracias a dicha naturalidad y la contemplación minuciosa que desarrolla Antoine Bourges, Concrete Valley consigue su resonancia emocional. Su final, un último juego de expectativas, no es sino un llamado al optimismo, un gesto que hace eco del final de Ordet (1955) y que podría pasar desapercibido entre las tribulaciones –pequeñas o grandes– de la vida migrante.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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