‘Aliados’ y la trampa de las apariencias

Uno de los temas más poderosos (y escabrosos) que presentaba Perdida (Gone Girl, 2014), de David Fincher, era la imposibilidad de conocer por completo a la pareja. El personaje de Ben Affleck se enamoraba de una idea, de un imposible, no porque ella no exisitiera sino porque nunca podría terminar de conocerla. El terror procedía de compartir el lecho todos los días con la misma persona sin saber quién es.

Robert Zemeckis (Forrest Gump, Volver al futuro) toma esa idea para poner en movimiento la acción de su nuevo trabajo: Aliados (Allied, 2017). En la cinta, Max Vatan (Brad Pitt) es un agente de la inteligencia británica que es enviado a Marruecos para asesinar a un embajador alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Su conecte en el lugar es una atractiva agente, la francesa Marianne Beauséjour (la cautivante Marion Cotillard), de quien se enamora y desposa al terminar la misión. La felicidad matrimonial se verá interrumpida por los servicios de inteligencia británicos: ¿sabe Vatan con quién se casó?

Al igual que el ficticio matrimonio que forman Pitt y Cotillard en la película, Aliados juega continuamente a las apariencias. Su primera parte recuerda al cine clásico fabricado por Hollywood, sobre todo a Casablanca (1942), y, la segunda, propone un viraje que se aleja de dichos elementos para acercar el convoy a los thrillers hitchcockianos (Notorious, Suspicion). En ambos segmentos el director y su guionista, Steven Knight, introducen elementos que parecieran romper con dichos modelos para introducir algo de modernidad a sus fórmulas. Por eso vemos cómo la violencia explota de manera lacerante y gráfica en medio del romance o imágenes de soldados usando cocaína en medio de una fiesta previa a un bombardeo.

Las intenciones de actualización convierten a Aliados en un producto a medias. No es una revisión del cine producido en los años 40 y 50 por los grandes estudios de Hollywood, tampoco es una puesta al día del género o una confección posmodernista a la Quentin Tarantino. Es un poco de todo y por eso no termina por mover la aguja lo suficiente, la timidez reduce los hallazgos estéticos y narrativos a meras anécdotas (esa escena de parto en medio de un bombardeo alemán, por ejemplo).

El peligro de jugar con máscaras es quedar atrapado en las apariencias, no en hechos concretos. Las posibilidades se esconden porque nunca podrán ser, nuestras ideas apenas pueden construir sobre ellas y quedarse a medio camino.  ¿Qué acabo de ver? Un espejismo con olor a cine clásico. Un thriller, tal vez. Nada, seguramente.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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