‘El juicio de Viviane Amsalem’: El juicio del deseo

La tradición muchas veces es rebasada por los ideales modernos de individualidad y libre albedrío, el yugo del tiempo y la restauración de la conducta perpetua nos hacen elevar creencias a la categoría de dogma inapelable. Hay aún muchas partes del mundo donde la guía ética se basa en estos dogmas y que impiden obtener una cierta “libertad”. Este es el tirante dilema en la asfixiante piece de chambre israelí Gett: El juicio de Viviane Amsalem (Gett, 2014), en la que Viviane desea separarse de su esposo Elisha (Simon Abkarian), quien se niega a otorgarle el divorcio. En la ortodoxia hebrea sólo se concede cuando el esposo lo acepta, contando con aun más poder que los rabinos.

El filme, dirigido con austero rigor por Shlomi Elkabitz y Ronit Elkabetz —quien también interpreta a Viviane—, es de una brillante complejidad que sortea con apasionante solemnidad todo maniqueísmo y que expone en toda su profundidad un juicio de divorcio y una reelaboración oral de una tormentosa relación conyugal aprisionada por un tribunal judío. Los Elkabitz usan de manera astuta el espacio para sublimar a la audiencia la frustración y agobio del prolongado juicio, que se extiende a lo largo de cinco años, y montado a base de saltos progresivos en el tiempo.

La sobriedad y precisión de los encuadres remiten a la fina psicología del sueco Ingmar Bergman en Escenas de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, 1973) y al íntimo trascendentalismo del gran maestro francés Robert Bresson en Pickpocket (1959), realzando el magnifico guión a niveles formales insospechados para un filme de este tipo. Asimismo, la sutileza en el vestuario, como ese vestido y calzado provocador  portado por Viviane en un momento del filme, contribuyen a conformar un trabajo de sofisticada agudeza y abrumador cansancio.

Sin embargo, lo que resulta esencial para el desarrollo del filme recae en el impecable desempeño histriónico. Los actores no recaen en obviedad moral y recurren a la turbiedad para exponer el carácter de sus personajes. Nada es “objetivo” porque estamos simplemente escuchando distintos ángulos, sin conocer a ninguna de las partes. Asimismo, no resulta sencillo generar una empatía inevitable con alguna de las partes, pero el filme nos pone en el mismo lugar que a los rabinos del juicio, impávidos ante la carencia de “causales” de divorcio. El esposo, Elisha, interpretado con frágil temple por Simon Abkarian, es un esposo ejemplar y un hombre noble y bueno, pero no la pareja adecuada para Viviane, interpretada con pasión y arrojo por Ronin Elkabitz, quien desea su libertad al no sentirse feliz con Elisha.

La insatisfacción de Viviane cimbra las convicciones dogmáticas del falocentrismo hebreo y pone en jaque todas las convicciones asociadas al matrimonio, incluso permeando a otras parejas, como el devastador interrogatorio a su vecina Donna Aboukasis (Donna Berger). La ley del dios y la ley del hombre se ven así incapaces de lidiar con algo que no pueden ver más allá de sus “inamovibles” pilares: el deseo femenino.

JJ Negrete (@jjnegretec)

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