56 Muestra | ‘Qué extraño llamarse Federico’: La caricatura afectuosa

La caricatura expande. Los rasgos crecen, se desenvuelven de la hechura de la realidad hacia dimensiones grotescas e irónicamente enaltecedoras. Las narices finas se afilan como espadas, los pechos grandes se inflan en templos sensuales; el cuerpo se convierte en lenguaje del ser. Como La Saraghina, la simpática iniciadora sexual de (1962), o la caderona Gradisca, obsesión del Rimini de Federico Fellini en Amarcord (1973), la parodia en papel no representa, sino magnifica la presencia de su objeto, y deja que los rasgos agrandados hablen de una sensualidad o de una coquetería, de una melancolía o de una dicha; de un carácter que, en la burla, encuentra el reconocimiento. No cualquiera merece una caricatura. Fellini, a quien Ettore Scola se refiere a como El Maestro durante Qué extraño llamarse Federico (Che strano chiamarsi Federico, 2013), sí.

Llamar a esta obra un documental sería malentenderla y acaso deformarla, pues no es un intento por narrar con precisión la vida y obra del gran director italiano ni por aprehender y exhibir su identidad. Scola, como lo sugiere la primera imagen, nos ofrece una caricatura. Un dibujo suyo de Fellini, en su silla de director, con su característica bufanda y sombrero, se diluye en la toma de un actor que lo representa. Inmediatamente comienza una audición frente a un mar evidentemente falso, como le gustaba a Fellini que se vieran sus escenarios, donde desfilan la domadora, el mago y el pequeño Guido de . En su primera escena, Scola nos muestra una visión afectuosa, imaginaria y universal del Maestro, en busca no de comprenderlo, sino de celebrarlo.

La banda sonora, circense y conmovedora, oscilante entre el trabajo de Nino Rota para Fellini y las notas nostálgicas de Ennio Morricone, confirma la vocación de la cinta y da la bienvenida a fanáticos y forasteros al vasto mundo imaginario del Maestro. Scola recrea, pero no se roba el estilo de Fellini, sino que lo usa a manera de homenaje. Desde la fotografía en blanco y negro con que Scola narra los años de Fellini en la publicación satírica Marc’Aurelio, hasta los coloridos intentos por curar el insomnio conduciendo por las calles de Roma, las imágenes evocan una filmografía que pasó de un naturalismo cómico a una grotesca, sin embargo tierna explosión de las formas, sobre todo femeninas.

Más que un testigo o amistad, Scola es un admirador. Sus citas a la obra de Fellini, desde El jeque blanco (Lo sceicco bianco, 1952) hasta La voz de la luna (La voce della luna, 1990), muestran erudición y, sobre todo, amor. La emoción de Scola por su amigo es inmensa, lo suficiente para negarnos un solo ataque, pero también para invitarnos a las conversaciones nocturnas en los cafés romanos; a subir al auto para recoger prostitutas y artistas callejeros; sentarse frente al mar, para contemplarlo en silencio con Fellini y Marcello Masstroianni. Scola endurece el tiempo que vivió con Fellini y nos lo ofrece en rebanadas, si deformes, deliciosas. El cariño llena el filme, pero no lo agobia, y en un intento por eternizar a su amigo, Scola hasta lo ayuda a escapar de la muerte. Esta imagen final del pícaro superior a su cuerpo, el personaje que trasciende al hombre, culmina un retrato conmovedor no con sollozo ni pérdida, sino con una sonrisa y la satisfacción de un encuentro. Más que agradecimiento por haber conocido a Fellini, Scola siente devoción por una presencia magnífica, a la que intenta preservar mediante la exaltación.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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