34 Foro | ‘El pasado’: La tragedia y la decepción

La cualidad más irritante de Asghar Farhadi es su dispersión, similar a la de un narrador infantil que esparce su relato hasta giros imposibles donde monstruos y criaturas del espacio irrumpen en historias de policías y ladrones. Claro, Farhadi no tiene esa explosividad posmoderna que caracteriza por ejemplo a Alex Cox, cuya forma de filmar Repo Man (1984) es más apegada a la condición pueril: entre la libre asociación de ideas del niño y la del drogadicto la diferencia es la edad. Farhadi no escapa de la realidad de manera tan evidente. Su método consiste en una exposición realista de temas socioculturales de gran relevancia, como la inestabilidad en Irán que motiva la migración, en Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011) o la recomposición de la familia moderna en El pasado (Le passé, 2013), que sin prisa y con un tono que desafía la convicción melodramática que posee al resto de la acción, en el primer acto desenvuelve los caracteres y los conflictos de manera promisoria. Lo que promete es la tragedia. Sin embargo, conforme la anécdota pierde interés en los individuos, se vuelca sobre sí misma y comienza a amarrar y desanudar situaciones mediante revelaciones graduales y continuas de culpabilidad ajena. Lo que comienza pareciendo una tragedia entre dos termina en un fenómeno de participación colectiva, ya democrático, donde la causalidad se comienza a parecer a la teoría del caos y la premisa se pierde en un tropel de errores más parecido al teléfono descompuesto que al desenvolvimiento trágico.

En El pasado, como en Una separación, Farhadi propone Philip Roth y nos termina entregando Juan Osorio. Si evaluáramos solamente la técnica cinematográfica, no notaríamos esta decadencia porque sus fallas como dramaturgo Farhadi las compensa con un estilo palpablemente rico en significación y artesanía. Sus símbolos son discretos, elocuentes y sobre todo muy hermosos. Mediante instantes de interrupción comunican la presencia del pasado entre la ex pareja que forman Ahmad (Ali Mosaffa) y Marie (Bérénice Bejo). Cuando se reencuentran por primera vez en la película, Marie intenta llamar la atención de Ahmad a través de un vidrio pero él no la ve hasta que alguien lo hace notarla. Cuando intentan hablar, ninguno escucha al otro, y a pesar de la obviedad en el signo Farhadi crea una escena orgánica; pareciera que recoge la imagen y le imprime la sustancia que nos revela inmediatamente la historia entre ambos.

La identidad de divorciados es un estigma que cargan los dos personajes. Marie, en particular, da evidencias constantes de su facilidad para bañar a la gente cercana con su flama interna, tan violenta como frágil, pues necesita un hombre como Ahmad que la mantenga encendida. Su próximo esposo, Samir (Tahar Rahim), es para ella una extensión de Ahmad, un sustituto y un títere que ella usa para demostrarle su enojo y su resentimiento a su ex marido. En su planteamiento, Farhadi contempla con agudeza y sensibilidad las vidas de estas personas, pero desmorona todo su esfuerzo cuando cede a la necesidad de añadir capas al relato. Para la conclusión, Farhadi se ha distraído completamente de este núcleo y nos hace pensar que mejor debió basar su cinta en los últimos personajes en pantalla, que no son ni Marie ni Ahmad. La toma final, desde la composición, anuncia una predecible lágrima que después de una tortuosa maraña de obstáculos para llegar este punto conmueve al espectador manipulado y emocionado, pero a nadie más.

El pasado, como Una separación, resulta decepcionante porque Farhadi encamina toda su exposición hacia el juicio del capricho, pero él mismo la abate. Querer como acto de deseo y no de amor es expresado al comienzo de ambas cintas como la invocación de la ruptura. Los personajes de Farhadi desean, sobre todo sus mujeres, pero no entregan; quitan. Sin embargo, conforme las anécdotas transfiguran el misterio de los individuos y se lo entregan a la emoción pura de develar los misterios, las exploraciones de Farhadi se desvanecen. Sus descubrimientos se funden en la insignificancia ante la imperdonable excitación de hacernos preguntar: ¿Si no fueron él o ella, quién? La caída del pensamiento es tan reprochable como inevitable en el estilo de un director ya satisfecho con el éxito de su fórmula.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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