Sightseers, de Ben Weathley

El director británico Ben Weathley se ha forjado una base ferviente de admiradores a raíz de su truculenta Kill List que le valió polarización y reconocimiento internacional como uno de los nuevos auteurs a seguir de tierras isabelinas. Ahora nos trae a la mesa la historia de Chris y Tina, dos enamorados que se preparan para realizar un road trip en una Oxford Caravan de modo que Tina pueda apreciar diversos puntos de interés carretero, pero sus intenciones se ven truncadas por “extraños” obstáculos.

Esta cinta de un pretendido humor negro únicamente logra producir cantidades industriales de bilis ante lo insoportable y odioso de los personajes principales que, rebosantes de subdesarrollo creativo, se ven enfrascados en una serie de sketches que incluyen el secuestro de un perro, la muerte de un perro con agujas de coser o un involuntario atropellamiento. Weathley se encuentra sin un rumbo definido de hacia dónde quiere llevar su narrativa, apenas rozando la comedia y coqueteando con una mordaz violencia. Sightseers representa un fallido ejercicio de géneros, una incompleta fábula de corte misantrópico y una plana ejecución con algunos momentos de rescatable oficio cinematográfico. Se espera mucho más de su próxima cinta, A Field in England, para la cual desarrolló sus propios lentes y que es una especie de homenaje a la cinta Witchfinder General con Vincent Price.

The We and The I, de Michel Gondry

La cinta de Gondry, un ejercicio en la vena de cineastas norteamericanos como Richard Linklater (Slacker) y de un acentuado realismo social, parte de una premisa de psicología social y de masas (que se lee más como una ecuación físico-matemática) que reza que a mayor medida que exista el Nosotros en el espacio, menor será el espacio para el Yo. En un autobús un grupo de jóvenes de Brooklyn sale de la escuela, recoge sus celulares en la tiendita en la que son almacenados y comienza con un amplio Nosotros.

Gondry aborda cada historia y momento en el cerrado espacio, en el que hay una palpable tensión entre la sociedad del ghetto, toda la ansiedad juvenil y la vulnerabilidad individual es presa del Nosotros, conforme el autobús continúa en su ruta, se van perdiendo personajes, el desparpajo wannabe Vigo se convierte cada vez más en una exploración de miedos individuales, el Yo va ganando espacio sobre el reinado salvaje del Nosotros. Una cinta en la que se aprecia a Gondry como etnólogo y no como esteta del estambre y el papel. La atención al detalle es casi tan excepcional como en sus trabajos más gondry (La Science du Reve, 2006), en el que es capaz de demostrar que hay un cineasta versátil detrás del hipsterizado estilista. Gondry se encuentra más cerca del Yo honesto y sincero que del Nosotros diluido y ensombrecedor.

Antiviral, de Brandon Cronenberg

El culto a la celebridad puede llegar a niveles desquiciantemente grotescos, nuestras obsesiones y deseos más retorcidos siempre han encontrado refugio en el poliforme mundo de David Cronenberg, pero ahora se ha abierto un nicho más con el antiséptico mundo creado por Brandon Cronenberg, quien, como si portara un cordón umbilical al cuerpo artístico de su padre, muta y genera una clínica mirada de esas alucinaciones grupales que llamamos celebridades. Syd March (Caleb Landry Jones) es empleado en una clínica que vende inyecciones de virus vivos de celebridades enfermas a fans obsesos, saca de contrabando muestras para el mercado pirata (un catarrito de fayuca) y cuando se sabe que es portador del virus que atormenta a la celebérrima Hannah Geist (la musa de los Cronenberg, Sarah Gadon) se convierte en un raro ítem de colección.

Brandon Cronenberg para su debut (presente en Un Certain Regard el año pasado) es una cinta que porta el virus de otra gran celebridad, el perverso maestro David Cronenberg. De la misma manera, este virus es reconocible por su sepa, por sintomatología y por sus irreversibles daños a la integridad psíquica, sin embargo no existe una cura para este fanatismo neurótico del que hijo es víctima de su padre. Un trabajo que busca enorgullecer al padre y que es aplaudido por inercia, de la misma manera que un niño y su primer garabato, pero este garabato puede representar los pininos de un gran artista.

Lore, de Cate Shoreland

Uno de los peligros de la guerra recae en su transición de hecho a dato histórico. Esta transición maniquea convierte toda la realidad y complejidad humana en una radicalización de lo que es blanco o negro. Esta cinta en alemán de factura australiana busca llevar un poco de luz a la historia del pueblo vencido, el que la historia oficial rechaza y minimiza por antonomasia, aunque sean los monstruosos nazis. Lore, de la australiana Cate Shoreland, habla sobre una familia nazi que se fractura después de la caída de Hitler. Ahora bastardos abandonados, los hijos de una familia alemana deben buscar a sus padres atravesando peligrosas zonas dominadas por el ejército ruso, Lore (Saskia Rosendahl) lleva a sus hermanos a través de este peligroso territorio mientras experimenta el erótico candor adolescente que le despierta un joven de la resistencia.

La cinta, ganadora del premio de la audiencia en el Festival de Locarno, evita los vericuetos del drama lacrimógeno facilón y encuentra un delicado balance entre lo social y lo individual, la historia y la crisis personal en una línea que se mueve entre las crónicas femeninas de la guerra a la Marta Meszaros y el cine más lírico de Jane Campion. Shoreland entrega un cine inteligente que explora un tema sobadísimo desde una arista nueva, haciendo un vínculo sólido entre todo lo que implica una guerra. Haya perdido o ganado tu bando, Lore demuestra que en el drama humano no existen las fronteras políticas.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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