‘Quiero matar a mi jefe 2’: La idiotez del emprendedor

La figura del emprendedor –entrepreneur, en inglés– es una de las figuras más valoradas de la cultura estadounidense. La reducción más simplista del sueño americano dice que con un dólar, ganas y una mirada a la Estatua de la Libertad es posible hacerse millonario del otro lado del Río Bravo. Es una imagen necesaria para mantener a la sociedad deseando, con el ánimo a tope, pensando que el próximo multimillonario pueden ser ellos, aunque la realidad diste mucho de su ilusión. Lo más probable es que terminen sin nada después de la aventura.

Esa es la idea con la que juega Quiero matar a mi jefe 2 (Horrible Bosses 2, 2014). Si en la primera entrega nuestros tres idiotas pero bien intencionados protagonistas –Nick (Jason Bateman), Kurt (Jason Sudeikis) y Dale (Charlie Day)– con un trabajo decente que odiaban por culpa de su respectivo jefe, aquí los vemos tomando el siguiente paso: convertirse en los dueños de su propia compañía. Sin embargo, como es de suponerse con un trío de imbéciles, sus esfuerzos resultan vanos y son estafados por un magnate de los negocios (Christoph Waltz monótono); es momento de recuperar su patrimonio y vengarse de los tiburones millonarios.

La cinta de 2011 llegó con la ola de comedias clasificación R que desató el éxito de ¿Qué pasó ayer? (The Hangover, 2009), aunque carecía de la frescura y locura mostrada por dicha cinta, que lograba ser bastante efectiva, y los actores involucrados parecían estar pasando un buen rato. En especial Jennifer Aniston y Collin Farrell, rompiendo con sus papeles usuales. Para el segundo round, todos y cada uno de los involucrados parecen haber aparecido para cobrar su cheque y nada más, al mismo tiempo que el equipo de guionistas –John Morris y el director Sean Anders–, se limita a repetir secuencias y chistes que funcionaron antes, sin intentar ir más allá.

Asimismo, le quitan al trío principal toda empatía posible. Estamos ante tres hombres que deberían ganarse nuestro apoyo, mínimo nuestra lástima, en cambio terminan siendo repulsivos gracias a su torpeza. Estos personajes rayan en lo oligofrénico. Todo lo que les sucede –ser estafados, acosados por sus jefes– lo merecen. Hay cierta intención de Morris y Anders de crear en estos tres idiotas una dinámica similar a la de los hermanos Marx, donde el diálogo y la acción física empata para crear el efecto cómico, además de buscar adaptar en Nick, Kurt y Dale las características que definían de manera personal a Groucho, Harpo y Chico, pero los dos carecen de la habilidad necesaria para ejecutar el truco. No es de extrañarse; Sean Anders es el responsable de aquel patético absurdo titulado Ése es mi hijo (That´s My Boy, 2012), uno de los peores vehículos para el lucimiento personal de Adam Sandler… y eso ya es decir algo.

Es una lástima porque la cultura del emprendedor norteamericana merece una buena sátira, mínimo una comedia digna, un Éxito a cualquier precio (Glengarry Glen Ross, 1992) con risas o un Originalmente pirata (Be Kind Rewind, 2008) con mucha más ambición. Quiero matar a mi jefe 2 es el retrato de que en el mundo de los negocios ser idiota se paga caro; en el de la comedia, también.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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