Hacer cine en México es difícil, ahora imagínense hacer cine fantástico. Intentarlo se convierte en una epopeya de dimensiones bíblicas. O como diría Boromir (Sean Bean) en El Señor de los Anillos: “uno no simplemente camina hacía el cine fantástico” –bueno, él decía Mordor, pero entienden lo que quiero decir –.

Ángel caído (Arturo Anaya, 2010) nos cuenta la historia de Liutprando (Emiliano Zurita/Sebastián Zurita), un huérfano que vive en un orfelinato en Italia. Su vida transcurre entre abusos de sus compañeros y de las monjas que dirigen el lugar. Un buen día después de un castigo un demonio lo ataca y su ángel guardián lo protege y lo lleva a Grecia, donde el hermano Angus (José Alonso) le revela que es un céfiro y que su destino es definir la lucha entre el Cielo y el Infierno.

Es atípico que un director mexicano decida iniciar su carrera con una película de fantasía, género que en el Nuevo Cine Mexicano está prácticamente olvidado y que tiene a su máximo exponente en Guillermo del Toro, quien mejor se fue a otras latitudes ante las pocas oportunidades de desarrollo en territorio nacional.

Ángel Caído está basada en la novela escrita por el mismo Anaya de nombre Ángel Caído: Sephyro Segundo Canto, y al menos a mí queda sin quedarme claro qué fue primero: la planeación de la película o el desarrollo de la novela.

Al ver el filme se hace latente la educación católica que recibió Anaya en su infancia, lo cual él mismo admite y presume, significando uno de los mayores problemas con su guión. La mirada maniquea que aplica la Iglesia fundada por San Pedro en todo aquello que juzga permea la película y la conduce. Hasta en el corte de cabello del joven Zurita influyen, digno de Jesucristo Superestrella  (Jesus Christ Superstar, 1973).

No es necesariamente malo que tu catolicismo influya. Ejemplos de metáforas católicas en el cine sobran: la saga de Mad Max, Star Wars, Las Crónica de Narnia –empezando por los libros en que están basadas–, Terminator y la lista sigue sin que abordemos las miles de adaptaciones bíblicas que existen. El conflicto está en evitar que la doctrina católica tome el control, porque si no la cosa se vuelve proselitismo, un panfleto.

Así los malos son malísimos (son demonios y lo más vil que se les ocurre es secuestrar a alguien) y los buenos son un dechado de virtudes, incluyendo a Sebastián Zurita que luce inmaculado como si de un comercial de detergente se tratara.

Esta visión también provoca que los prejuicios de la iglesia se dejen ver. Escuchar metal, llevar tatuajes y perforaciones es cosa de endemoniados y gente infame. Obvio también hay que guardarse virgen hasta el matrimonio como la buena de Perséfone, interpretada por Laisha Wilkins con pose de virgen de estampita,  porque sólo las mujeres impúdicas y aliadas del demonio son las que disfrutan de su sexualidad. Añadan ciertas situaciones inexplicables, como las habilidades de pelea de Sebastián Zurita homólogas a las de Bruce Lee, y tenemos un libreto escueto y sin sustancia.

El guión también se ve afectado con diálogos que hacen ver a Serafín: La Película (René Cardona III, 2001) como una obra de Miguel de Cervantes. Un libreto aderezado por un coro de actores que recita sus líneas como si de un ensayo escolar se tratara. Lástima de José Alonso y Humberto Zurita, su hijo está a años luz de alcanzarlo.

Y así hay miles de ejemplos en la película, es una pena también para los niveles de producción que manejan, que sin duda son lo más rescatable, demostrando que el cine mexicano puede lograr cosas excelentes con poco.

Hay que juzgar los efectos especiales como un logro de la industria nacional. Si esperan que se vean como si de Avatar (James Cameron, 2009) o cualquier película veraniega de superhéroes se tratara, olvídenlo y mejor pidan que les regresen su dinero, sus exigencias son demasiado altas. Por otra parte el filtro con que fue fotografiado el largometraje me recuerda a Equinox (1970) –ahora lo entiendo todo, esto era lo que pasaba después del signo de interrogación–.

En 1998 Adam Sandler protagonizó La mejor de mis bodas (The Wedding Singer) donde interpretaba a  Robbie Hart, en esa película Sandler cantó una melodía titulada Please somebody kill me. Es una lástima que ese sea el sentimiento que me abordaba mientras contemplaba la cinta, años de esfuerzo echados a la basura por una visión del mundo digna de los años 40. “Oh somebody kill me please”.

Por Rafael Paz (@pazespa)

Publicado en Render Magazine

 

 

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