‘Las voces’ y el humor-plástico

La esquizofrenia es  la falta de percepción de la realidad, alteraciones en la percepción o en la expresión de la alteración de la misma. Una patología que comenzó a investigarse de manera formal en las primeras décadas del siglo veinte. El tercer largometraje de Marjane Satrapi (Persépolis, 2007) narra la historia de Jerry (forzado Ryan Reynolds), un amable y educado cargador que necesita medicarse para dejar de escuchar voces.

Satrapi nos muestra la fábrica donde trabaja Jerry como un  lugar de encuentro artificial y obligado (el pic-nic anual que nadie quiere organizar) acentuado por la simetría de las cajas y la paleta de colores pastel sumamente cuidada (que nos recuerda a una ultrasimétrico Wes Anderson). Ingenuo y desesperado Jerry busca el agrado de Fiona (voluptuosa Gemma Arterton), la chica sensual del área de ventas. Rechazado y enamorado asesina accidentalmente al ángel del escote pronunciado; la distinción entre el bien y el mal es expuesta por sus mascotas: el noble perro Bosco y el malicioso Mr. Whiskers, un gato despreocupado e instintivo. Bosco defiende el accidente, pero del subconsciente nada sabemos; Mr Whiskers hace notar que en la acción-sensación de asesinar la vida adquiere sentido (Mr Whiskers, in Tyler we trust). La violencia, la sumisión y el poder en un acto que dura escasos segundos. El autoengaño y el convencimiento son elementos fundamentales para la creación de un mundo paralelo, posible y lógicamente consistente. El mundo no puede, no debe perder su brillo, su textura, su limpieza; si comienza a ingerir las drogas recetadas por su psiquiatra, dejará de percibir esa profundidad. ¿Para qué quitar la poca poesía que habita las cosas?, y lo que realmente asusta: la soledad; sin la tranquilizante voz de Bosco y el punzante razonamiento del gato, sólo habitaría él y su insoportable eco.

El filme de Satrapi nos lleva por el difícil camino de la comedia, tan bien condensada en Persépolis, pero momentos forzados quedan en el montaje, el guión, el ritmo y en un Reynolds contenido que sólo puede a convencer a Lisa (una Anna Kendrick que mantiene a flote la narración) de su torpeza. Evitar la oscura polifonía que desemboca de una mente patológica (Through a Glass Darkly, Bergman, 1961) o una obsesión recalcitrante (Black Swan, Aranofsky, 2010) a través del humor y el diálogo antagónico que da cuerpo a la consciencia es un buen planteamiento: el Bosco-Jerry gana la partida, se asume como un peligro; Mr Whiskers-Jerry queda relegado cuando la consciencia despierta (In Tyler we don´t trust), pero el baño sangriento, el cercenamiento de piernas y cabezas, el empaquetado de carne y la dicotomía entre la necesidad y la civilidad quedan supeditadas a un falso contraste, a un musical en una nada hipotética de plástica kitsch, que sintetiza la poca cohesión de un humor artificial.

Por Icnitl Y García (@Mariodelacerna)

Hablar de un estilo específico en la obra cinematográfica de Marjane Satrapi sería prematuro. Podemos hablar de ciertos intereses que se trasminan en su trabajo como novelista gráfica, elementos que traslada en su opera prima, la aclamada Persépolis. Uno de ellos, quizá el más importante, es el manejo del humor. Un humor inteligente que se construye a partir del motivo narrativo que atraviesa sus obras. Una tragedia que no se toma en serio.

Cuando se anunció que Satrapi dirigiría una película sobre un asesino serial que hablaba con sus mascotas, nadie lo esperaba. Uno suponía que repetiría la fórmula lograda en su primera película, pero de manera sorpresiva –y se agradece a pesar de todo– dio un giro al complejo mundo de las comedias de horror.

The Voices es una cinta que desde el inicio expone sus reglas y los hilos que la mueven. Satrapi busca trastocar un género que tradicionalmente se aborda desde la hiperviolencia y el morbo que produce ser testigo de la vida intima de un psicópata y la recubre de una vestimenta absurda y que formalmente se alinea con uno de los tópicos más importantes de la historia: el manejo de la esquizofrenia. Uno de los elementos que producen esta sensación de extrañeza es el manejo del color y la fotografía saturada y repleta de colores como el rosa, por ejemplo, que parecen ajenos al mundo de los asesinos seriales. Otra decisión esquizofrénica es la elección de Ryan Reynolds como el protagonista. Reynolds se ha distinguido por sus limitaciones actorales, sin embargo, en The Voices ofrece una actuación más sólida, quizá la mejor de su carrera hasta ahora. Y es que da vida a un asesino serial “adorable” en palabras de la misma directora. Alguien que provoca ternura mientras platica con las cabezas de sus víctimas decapitadas y que realmente oscila entre el desconcierto, la perturbación y lo risible.

Finalmente y de manera explícita la esquizofrenia se manifiesta de manera maniquea en la polifonía de sus mascotas, seres que encarnan sus dos personalidades. El gato representa su lado violento, instintivo, obsesivo, brutal, casi sociópata y el perro su faceta adorable, indefenso e ingenuo. Y así casi como aquellas caricaturas que tenían un ángel y un demonio hablándoles en los hombros con las dos posibilidades binarias de actuación, así, este personaje, enfermo de esquizofrenia tiene a sus dos mascotas mostrándole dos caminos y el personaje de manera cómica siempre toma de decisión más ridícula y absurda.

Por Davo Valdés de la Campa (@Davovaldes)

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