Juana de Arco: La derrota divina

La Fe es una esposa fiel.
La Caridad es una Madre.
La Esperanza es una niña de nada.
Pero esa niñita de nada atravesará los mundos.
Esa niñita de nada.
Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos concluidos.
Charles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud

Después de haberse adentrado en los territorios más sardónicos, irónicos y en ocasiones grotescos de su filmografía, Bruno Dumont no hace un “triunfal retorno” a la sobriedad y rigor de sus películas anteriores a El pequeño Quinquin (P’tit Quinquin, 2014), sino que parece integrar ciertos modos de ellas para la adaptación de las últimas dos partes de la pieza teatral del poeta, dramaturgo y escritor Charles Péguy basada en la vida de Juana de Arco. La primera parte se adaptó en Jeannette, la infancia de Juana de Arco (Jeanette: L’ enfance de Jeanne d’Arc, 2017), un musical death metal con música de Igorrr y un brío tan audaz como bufonesco, como si Dumont quisiese hacer del choque entre el paroxismo afectivo de Carl T. Dreyer y la sobriedad de Robert Bresson una constante percusión a lo largo de la película.

Esa disonancia no desaparece pero se transforma en una noble melodía en Juana de Arco (Jeanne, 2019), película en la que Dumont retoma la pieza de Péguy para presentar el fracaso, el juicio y la condena de la aún joven Juana de Arco, interpretada por Lisa Leplat Proudhomme, la actriz que también encarnó a la heroína en la primera parte y cuya mirada se ha vuelto tan intensa como la hoguera que la devorará al final. La madurez de una película como Jeanne se aprecia mejor cuando se parte de la beligerancia de Jeanette, por ello Dumont pasa de la estridencia goth del músico Igorrr, a la serena y peculiar beatitud que transmite la voz del cantante septuagenario Christophe, quien incluso aparece en un momento climático de la película para recordarnos que la gracia y el absurdo comparten más similitudes de las que se está dispuesto a reconocer.

Si en Jeannette la música era prosaica, en Jeanne únicamente aparece en los momentos de epifanía. Si la película tiene menos música no por ello es menos rítmica en su montaje y composiciones, como los siete minutos de la extraordinaria secuencia de la Ceremonia de la Guardia de Honor o el juicio entero de Juana en la Basilisque Cathedrale de Notre Dame d’ Amiens, un lugar ideal para un juicio y que filmado por Dumont en tomas generales y picadas se transforma en un espacio donde el eco de las voces se hace visible en cada una de sus imponentes columnas góticas.

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La majestuosidad del espacio, acentuada por la forma en la que lo filma Dumont, parece disolver la Pasión de Juana de Arco, convirtiéndola en un asunto burocrático, de forma que la Iglesia, como se afirma en la película, juzgue pero no derrame sangre. La Pasión de Juana Arco deja de ser una eminentemente física o espiritual para convertirse en un acto verbal.

La película está estructurada en capítulos que establecen el lugar y la fecha de los eventos en los cuales se sigue el trayecto de Juana de Arco, iniciando con su participación en la guerra contra Francia, rodeada de hombres con rostros tan distintivos como sus palabras, recitadas con un aire amateur que parece reflejar la zozobra que el gesto adusto de Lisa Leplat se niega a conceder. La joven actriz tiene una presencia tan notable que en momentos llega a opacar cualquier otro elemento presente en la toma, incluso al cineasta mismo, de hecho, podría parecer que Dumont no clama la autoría de esta Juana de Arco, sino que la concede totalmente a Péguy.

Por momentos podría pensarse que es la voz del dramaturgo la que guía a Juana más que la de Dios, pero el temple y fortísima presencia de Leplat es tal que a disuelve a los hombres en su cercanía y resalta sus cualidades bufonescas, su aire deliberadamente histriónico –como el de las autoridades eclesiásticas que presiden su juicio– o perplejo –como el de los jóvenes guardias de Juana previo a su quema en la hoguera–. La convicción que Leplat proyecta parece ser compartida por Dumont, quien ve en la “derrota” de Juana de Arco una peculiar virtud.

Jeanne es una película que pone la oración y el sacrificio sobre la victoria y la sangre, yendo en contra de los códigos de la milicia y el clero que enjuician más que una mujer, una virtud: la de la esperanza. En su obra El pórtico del misterio de la segunda virtud, un poema en forma de monologo, Charles Péguy hace que Dios hable de la esperanza a través de las palabras de una madre de familia. La esperanza es caracterizada como una niña, quizá muy similar a Lisa Leplat en Jeanne, que atraviesa los juicios y el castigo del hombre esperando encontrar, después de ellos, su propia misa. Después de todo, el cristianismo se ancla en la historia de un épico fracaso.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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