‘El reencuentro’ y la reflexión femenina

La familia es el origen de las interacciones sociales y el fortalecimiento de las mismas representa un aspecto trascendente en una persona. El vínculo con la madre, sus acuerdos y contrariedades ha sido explorado en el cine de manera reiterada y necesaria como un factor determinante en un humano, como la interacción con la hija que planea casarse y ejercer una vida independiente en Magnolias de acero (Steel Magnolias, 1989) o incluso vislumbrando las aristas de la relación agridulce en La fuerza del cariño (Terms of Endearment, 1983).

No obstante, en numerosas ocasiones, la asignación de los roles de crianza no radica únicamente en compartir un lazo consanguíneo con los progenitores, sino en el impacto de la convivencia por parte de los participantes ajenos al núcleo familiar. El reencuentro (Sage Femme, 2017), además de enfatizar en la naturaleza de los lazos afectivos, hace énfasis en la ambivalencia del inicio de la vida y el ocaso de la inminencia de la muerte. Ejerciendo como partera desde joven en un hospital de maternidad y enfrentando la posibilidad de quedarse sin empleo por el cierre del mismo, Claire (Catherine Frot) se ve obligada, por las circunstancias, a reencontrarse con Béatrice (Catherine Deneuve), ex amante de su fallecido padre que se encuentra en delicadas condiciones de salud.

Acostumbrado a la intimidad de retratos íntimos sobre mujeres que llevan en su interior una turbulencia de emociones y complejidades existenciales, como el caso de la introspección a la tormentosa vida de la pintora francesa Séraphine Louis en Seraphine (2008), el realizador Martin Provost utiliza una narrativa sencilla que se asoma a las emociones de sus protagonistas sobre la nostalgia al pasado, la juventud, la imagen paterna y el amor, retomando los altibajos de la relación con imitación filial.

Guardando contrastantes personalidades y modos de vidas, ambas se ponen a prueba inadvertidamente. La rigidez de Claire y su ordenada rutina como partera choca con la desfachatez de Béatrice y la ligereza con que toma su gusto por beber, comer en exceso y como empedernida apostadora con suerte las llevan a alcanzar un punto de equilibrio en sus respectivos estilos de vida, la primera necesitando atisbes de gozo y la segunda de serenidad para aceptar su destino.

Provost resalta, con calidez y sin abusar ni del melodrama ni de instancias cómicas, guiños a una tecnología que en ocasiones enfría las relaciones individuales, al paralelismo que representar vivir a plenitud y la inevitabilidad de la muerte, con pinceladas del contexto romántico que sugiere en Claire una nueva oportunidad existencial con la presencia del despreocupado Paul (Olivier Gourmet) y una revisión a las memorias de Beatrice a su extinto romance y a las apariencias guardadas por su humilde origen. El padre de Claire funge como el nexo sutil que las invita a cerrar versículos personales para aceptar la siguiente etapa de sus existencias, con una trama que emana empatía por el paulatino fortalecimiento del vínculo, similar al de una madre y una hija a pesar de la ausencia de un parentesco, terminan por aprender una de la otra para adquirir el necesario aprecio por la vida y la aceptación de los achaques que muchas veces rige la vejez.

Si bien El reencuentro es predecible en su idea, oscila entre un elegante drama que guarda inesperados y los momentos de comedia, mantiene una estructura convencional y no logra eludir ciertos cabos sueltos ni descolocadas transiciones, se vale del talento histriónico de Catherine Frot y Catherine Deneuve para conmover y revalorizar sobre la importancia de los momentos vividos en el presente y en el pasado.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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