Dibujos contra las balas: Alicia Calderón, retratista

A veces, crear es un modo de salvación. Avanzada su obra, Sigmund Freud evidenció cómo la sublimación era una respuesta psíquica al dolor. Aunque no siempre y no sólo así, la sublimación permite tramitar aquello insoportable que ataca la vida anímica y paraliza el cuerpo. Que haya creación es signo de que algo anda: si pulsa es porque vive. La sublimación no es explicación sino destino, un destino de la pulsión. El arte, en esa lógica, es retrato que articula un porvenir, lo posibilita.

En el arte plástico hacer un retrato no es nada más registrar la realidad sino intervenirla. Si en un inicio a los retratos se les despreció fue por su aparente choque con la realidad: no eran idénticos, siempre parecían insuficientes. No obstante, lo radical del retrato es la convergencia de dos almas y cómo, quien pinta, captura y muestra. El retrato es evidencia de quien mira y por ello es una realidad multiplicada.

Dibujos contra las balas (2019) sigue la apuesta política comunitaria de tres mujeres en Ciudad Juárez cuyas respectivas formaciones les permiten crear espacios en colonias asediadas por la violencia derivada de la guerra entre cárteles y el ejército nacional. Violencia que se acrecentó en el sexenio de Felipe Calderón pero que data de décadas antes. Ciudad Juárez es el epicentro de la ola de feminicidios en el país y Lourdes Portillo lo retrató de manera feroz en Señorita extraviada (2001). No cuentan lo mismo empero su cartografía del mal es convergente: el gobierno está al tanto, es responsable. Alicia Calderón muestra algunos espacios de creación en barrios de la ciudad que son también un refugio de la violencia: recintos para inventar esperanza. En voz de dos niños, Gael y Bryan, y una niña, Diana, Calderón retrata el estado de cosas que asola la ciudad. Es, dice una leyenda al inicio del documental, “(una) historia sobre una ciudad herida y sus mujeres que intentan sanarla”. Un retrato para posibilitar un porvenir.

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Retratos de una búsqueda (2014), debut en largometraje de Alicia Calderón, seguía también a tres mujeres en contra de la invisibilización del dolor, efecto felipecalderonista ante personas que buscaban a sus familiares desaparecidos en la guerra que él mismo declaró. En este primer largometraje, Calderón es cruda, en Dibujos contra las balas atenúa. Es en ese afán de atenuar en donde algo de su voz estilística se diluye. Uno de los instantes más descarnados en Retratos… lo protagoniza Margarita López quien inicia una huelga de hambre en 2012 frente a la Secretaría de Gobernación por el secuestro de su hija Yahaira, en su domicilio, por un comando de hombres; hombres uniformados, hombres de la Ley. Con el cuerpo debilitado por la falta de alimento, Margarita no deja de gritar su nombre: Yahaira Guadalupe López Baena. Su grito es el de muchas, su cuerpo una metáfora de lucha. Alicia Calderón, lo mismo que Tatiana Huezo en Tempestad (2016), retrata las heridas de un país que está siempre lindando la desmemoria.

Hannah Arendt escribió La condición humana para responderse preguntas sobre la existencia que, distinto a Heidegger, no son a partir de la muerte sino desde y para la vida. Ahí establece una característica humana: muda es sólo la violencia. El silencio, se corea en marchas y se escribe en pancartas, es cómplice. Tres son los pilares, que no los conceptos, del libro: labor, trabajo y acción. Es la acción la que está ligada a la vida. La acción, sostenida por un discurso, crean una resignificación en la vida pública que altera el estatus quo y en consecuencia deviene resignificación y acto político. El dolor, como la rabia, se colectivizan para hacer frente, para construir memoria, para retratar la injusticia y no permitirla más. “La Casita”, “La escuelita” y “El centrito del parque” son lugares, muestra Alicia Calderón, para el cobijo y las alternancias. Cada espacio tiene una misma motivación desde distintos saberes. En “La Casita”, Tania orienta y acompaña a los y las niñas y jóvenes a través de artes plásticas o juegos en su ejercicio como trabajadora social. En el documental la vemos renunciar por, entre otras cosas, su deseo de ser madre. Una decisión que Calderón filma con tristeza y que, de manera errática, decide musicalizar. Este gesto, la música que explica emociones, es un pleonasmo en el documental.

Emilia, profesora jubilada, sostiene en “La Casita” una enseñanza que abarca no nada más la disciplina sino también la reflexión. Alicia Calderón atestigua un momento mágico. En un aula improvisada, con paredes viejas y desvencijadas y telas colgando, Emilia les enseña lenguaje incluyente. En el pizarrón, que no vemos, está escrita una “@” como signo de que las y los jóvenes deberán transformar la letra de una canción de Roberto Carlos en verso que les implique. “Yo quiero tener un millón de amig@s”. Amigas y amigos, así corean aquel signo. La lengua está viva cuando se la muestra como es: móvil, maleable, acogedora. Emilia también les plantea una pregunta vital: ¿qué les da miedo? Y con ello, Alicia Calderón decide hibridar su documental: esos dibujos que son respuesta al miedo se animan (Alejandro Magallanes, interviene) para asimilarlos. El arte, de nuevo, como sublimación. El uso de la cámara que hace Calderón, apoyándose de Octavio Arauz, está siempre móvil, acompaña y, como pintora de retratos, refleja una realidad empero con la música pretende ensanchar sus dimensiones y, distinto a Retratos…, la empequeñece porque la dulcifica. Por eso, el final del documental tiende al melodrama.

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Mana, artista urbana de rap y también de Ciudad Juárez, hace en “El centrito del parque” juego con palabras y las manos. Enfocada en su propio arte, el rap, no se limita a motivarles a que usen las palabras si no también a que puedan explorar otras vías para su arte. Un joven sigue su guía y trata de convertirse en rapero. Mana protagoniza, junto con algunas jóvenes a su lado, una escena post créditos que revitaliza la esperanza. Rapea para posicionarse, rapea para sobrevivir. Entre las cuatro, Tania, Emilia, Mana y Alicia, hay un retrato de mujeres que hacen comunidad para hacerle frente a una realidad que se ensaña con las juventudes y que les quiere arrebatar, también a ellas, los sueños.

Dos instantes más hacen que Dibujos contra las balas sea un documental edificante. Diana, una joven que atestiguó cómo asesinaban a su padre, pasa gran parte del documental escribiendo en su teléfono las respuestas a lo que Alicia Calderón le pregunta. “El susurro del silencio, el dolor, estaba ahí. No pude llorar más. Sonrisas por fuera, batallas por dentro.” Escribe Diana en esos mensajes que, con tintes de cineasta debutante, decide insertar como diálogos de texto en la pantalla. En contrapeso, Calderón registra una respuesta de Diana frente a cámara. ¿Por qué escribes? le pregunta. Al comenzar a escribir dejé de cortarme. Su respuesta la dice en lágrimas, pero es una conclusión que da testimonio de lo que la salvó y también lo que le permite hacer de la vida algo digno. Un retrato que pulsa porque vive.

Segundo instante. A mitad del documental, llevan a un grupo de jóvenes a una estación de radio. El locutor les hace preguntas que van, repentinamente, de lo banal (la música que escuchan) a lo doloroso: ¿alguien ha perdido a un familiar o persona cercana? Gael y Bryan intervienen. Bryan recuerda el asesinato de su vecino de catorce años y Gael, por su parte, cuenta cómo a su tío, chofer de un colectivo, lo asesinaron en su unidad de trabajo. Entre ambos se abre un silencio momentáneo y lágrimas. El dolor está vivo, pero ahora, y eso retrata Alicia Calderón, se puede poner en palabras o dibujos que son un modo de salvación.

Por JJ Flores Hernández (@JJFloresHdz)
Menchaca I, Querétaro, Qro.
Diez de septiembre de dos mil veinte.

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