‘De tal padre, tal hijo’: Las limitaciones de la sangre

La figura del padre es siempre esencial para el desarrollo emocional de un niño, su primer contacto con la masculinidad, la complicidad, un juego rudo de implícita ternura. En diferentes culturas existe una amplia variedad de  concepciones de lo que implica la paternidad, tropezando constantemente con el mismo dilema: naturaleza contra crianza. Éste es el dilema que alimenta la nueva cinta del cineasta neohumanista japonés Hirokazu Kore-eda, De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni naru, 2013) merecedora del Premio del Jurado en la pasada edición del Festival de Cannes. Fue una de las preferidas del presidente del Jurado, Steven Spielberg, quien recientemente adquirió los derechos del filme para hacer una versión rebosante en azúcar, no apta para diabéticos.

A lo largo de su obra, Kore-eda, quién originalmente tenía la intención de convertirse en novelista, se ha dado a la tarea de explorar la tenue línea que separa la ficción de la realidad, siempre explotando una vena humanista afincada en la escuela de los grandes maestros japoneses que encontraron lo universal en lo más particular: Mikio Naruse y Yasujiro Ozu. Adoptando esta escuela y añadiendo unos toques del finado maestro taiwanés Edward Yang (Yi-Yi, 2001), Kore-eda comienza a navegar en temas que fácilmente se hubieran prestado al sentimentalismo más burdo y chantajista de “artistas” con miras a hacer “cine con mucha luz”, Kore-eda evade con majestuosa gracia las trampas tendidas por su propia historia.

Una vez más cubriendo las intricadas dinámicas sistémicas de la familia, Kore-eda presenta la historia de Ryota Nonomiya (dolorosamente gélido Masaharu Fukuyama), un exitoso ingeniero que asciende con velocidad en el esquema corporativo, tiene un hijo de 6 años al que busca inculcar la misma cultura despersonalizante, rígida y corporativista de la cultura japonesa, mientras su esposa se convierte en un mero ítem de consumo lúdico. Un día reciben una llamada del hospital para decirles que su hijo, debido a un error, fue intercambiado desde el nacimiento y que su hijo biológico está con una familia de clase trabajadora, en la que el padre esta desempleado. Ryota ahora debe encarar la frustración de su deficiente y voraz paternidad.

Empleando encuadres abiertos la mayor parte del tiempo, Kore-eda expone un filme de naturaleza coral en el que la interacción familiar es clave, donde los cambios en el espacio se hacen patentes en digresiones sutiles, los arquetipos y caracterización responden a un profundo y bien delineado perfil, donde diferentes aristas se encuentran para formar un intricado pero simple mapa emocional, donde se encuentran vigentes los temas ya tocados por Ozu en Ohayo! (1959) o por Naruse en Nasanunaka (1932), la confrontación entre la tecnología y el contacto entre la abuela y Keita Nonomiya jugando Wii, los estilos de crianza contrastados enfrascados en una lucha entre laxo y tenso. Kore-eda, un alquimista emocional de alto calibre, encuentra un punto de balance sólido entre estos opuestos desdoblando las entrañas de lo que representa la paternidad, eliminando las lágrimas y atacando el alma con un tiro demoledor.

La simpleza de la cronología es la que mantiene la cohesión en Soshite chichi ni naru, los meses se deslizan rápidamente, y el tiempo, para los niños, es todo. No hay cantidad de dinero o estabilidad financiera que pueda capitalizar el apego. La emoción del niño, afortunadamente es algo que continua fuera de la voraz expansión del capital. En este bosque hecho por el hombre, donde los niños juegan a asesinar a sus padres y tocan el piano de manera mediocre como protesta: la paternidad no la define la dictadura de sangre, sino la paciencia del tiempo.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)
Ésta es una reedición de nuestra cobertura de la 55 Muestra.

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